Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Polvo enamorado. (Relato).

27 de septiembre de 2017

Polvo enamorado. (Relato).

Segunda parte o veinte años después

Cristóbal remueve el yogur para darle una textura cremosa. El postre será lo mejor del almuerzo. Carmen no se había lucido en la preparación de la comida: la tortilla, cruda por dentro; el potaje de lentejas, quemado; aunque ella lo cambiaría de caldero, conservaba el regusto amargo de cuando se pega en el fondo. A él también le había ocurrido en ocasiones anteriores. Una mínima distracción, unos minutos para acabar de ver un programa, buscar unas anotaciones urgentes o contestar una llamada, y potaje a la basura.
Vino cansado del trabajo, muerto de hambre, tras conducir durante dos horas, y aquellas bazofias no le causaron una alegría especial, pero a ella no le reprocharía la mala comida. Ni se le ocurre. También llegaría agotada, a las tantas de la noche, y se iba a conformar con cualquier cena que él preparase. Con lo poco que se ven, no es asunto de montar una pelea por nimiedades, piensa, además, lo bueno de los turnos dispares (él trabaja por la mañana en una sucursal bancaria, donde el diablo recuperó su honra, y ella de tarde en un centro de salud cercano), es que apenas se discute, ni siquiera los fines de semanas.
Cristóbal lava la loza, se sirve el café y lo lleva a sala. La cafeína nunca le ha impedido la siesta; sin embargo, esta tarde se nota inquieto. Desde hace días algo le ronda como un pájaro de mal agüero; la testa llena de presentimientos igual al de las brujas que intuyen el negro futuro.
Conecta el ordenador y abre sesión en Facebook. Sin entretenerse en nadie, busca el perfil de ella, Mara Castro. En un círculo pequeño, a la izquierda, se encuentra el rostro en penumbra. Y en grande, apaisada, la foto de una terraza que da a un palmeral; al fondo, el mar: ambos desenfocados. En un primer plano, una mesa, y sobre ella una jaula cuya puerta permanece abierta en dirección al extremo contrario, a la derecha. Le gusta la imagen, aunque sea un poco tópica. En la del perfil malamente entrevé el rostro ovalado; los ojos, ya no tan grandes, un poco más separados de lo normal; la nariz recta y la cabeza cubierta con un pañuelo. 
Nunca le ha pedido amistad. ¿Para qué, si todos los contenidos aparecen en abierto? Alguna vez estuvo tentado de advertirle: “Muchacha, ¿qué necesidad hay de que la gente se entere de tu vida, de tus intereses, de tus ideas; de tu enfermedad? Pero dado que intervenir de ese modo supondría ponerse en evidencia, darse a reconocer, se quedó callado, vigilándola a la zorruna, por lo menos una vez cada semana. 
Ella, quizá, le hubiera respondido que no era por exhibicionismo que lo mostraba todo, sino que estaba tan poco puesta en tecnología, o se fijaba tan poco, que no se manejaba bien entre tanta pestaña. O que le daba igual puesto que no habría de qué avergonzarse.
En la red no aparece con el nombre por el que la llamaba todo el mundo, por lo menos en aquel entonces de hace veinte años, cuando él la conoció. Como no le gustaba el real, Margarita Hernández Castro, desde niña forzaba el Margara. Para él, sin embargo, siempre fue Mara. Se confundió de nombre al conocerla, lo oiría mal, y de ese modo la llamó durante un mes. Ella no lo desmintió; no supo en realidad cuál era el nombre verdadero hasta que un compañero afirmó, sorprendido, que allí no trabajaba ninguna Mara. Pero ya no dio marcha atrás; así se quedó para los dos.
Comprueba ahora que lleva días sin conectarse, o, si lo hace, no ha publicado nada. La última entrada se remonta a dos semanas antes: “Queridos amigos, muchas gracias por el aprecio que me muestran. La última quimio, mañana: ¡Saldré de esta, como ya ocurrió hace seis años, sin duda! “.  Debajo de estas letras, un amanecer en las montañas cántabras, su tierra, y, en los comentarios, innumerables muestras de apoyo. 
En realidad, no le choca que comparta la enfermedad. Una vez Mara le aseguró, nada más conocerla, y cuando las únicas redes sociales se generaban por los cortados en el bar o los chismorreos en la trastienda, que todo lo de ella era contable; no se lamentaba de nada, y si se llegase a ocurrir algo que la avergonzara, debería ponerle remedio de inmediato.
Qué curioso que en aquel momento le vengan esas frases a la memoria. No había reflexionado sobre ellas en estos años. Sí se ha acordado, en cambio, de escenas en las que oía su charla sobre los clientes o las cuentas de las que se encargaba; escenas, las más añoradas, en las que aún olía y saboreaba la piel blanda y húmeda, con un regusto alimonado, sabrosa; en las que veía el cuerpo pletórico de pecas, pequeño, trabado al de él; en las que lo acariciaba como si fuera el último (y el único) cuerpo que pudiera paladear. Como si no existiese Carmen. Estas escenas, de tan repetidas, las recordaba al margen de un contexto propio; puede que se hubieran producido en Lanzarote, o en los asientos traseros del coche, o en plazoletas, o en rincones escondidos de alguna playa, o en el baño de la oficina. 
Con el cursor retrocede a las primeras publicaciones de la mujer. Tarda un rato: en veinticuatro meses se acumula mucho. En el retroceso se pierde de vez en cuando; se queda embobado con las fotos del viaje que ella realizó a Nueva Zelanda mientras lee los comentarios de alabanza de los amigos. Son fotos turísticas, hechas con el móvil, especificaba. A todos les respondía con amabilidad, sin embargo, ella, en la vida real, por lo menos en la real de aquellos años, a veces era impaciente y brusca. En estas respuestas no se nota o ha perdido esa impulsividad por el camino. 
Hace dos años no le resultó fácil reencontrarla en Internet. Primero, porque permaneció más de una década sin acordarse de ella como alguien real, actual, vivo. De hecho, solo se le presentó su imagen de nuevo cuando en la tele anunciaron que habría diferentes actos de conmemoración por el aniversario del nacimiento de Quevedo.  Segundo, porque detestaba las redes sociales; hasta del wasap echaba pestes. Tercero, porque una vez despertada la intriga por saber qué sería en la actualidad de aquella mujer, la buscaba con el nombre equivocado, es decir, el auténtico. Un día, después del rastreo en Twitter, Instagram, Facebook (a ellas se apuntó en su papel de sabueso una tarde ociosa), se le ilumino la mente e ideó otras combinaciones posibles. ¡Mara Castro! El nombre de los dos y el apellido del que ella se lamentaba no poseer en primer lugar. 
Había unas cuantas y revisó uno a uno los perfiles; en algunos destacaban jovencitas en mil y una poses; en otros, el nombre y una imagen en blanco. Una tarde encontró una espalda huesuda sobre la que caía una cabellera pelirroja, ensortijada. Supo que era ella. Se abalanzó sobre la foto como un niño sobre un pastel de gominolas, hasta que se aprendió de memoria la colocación de aquellos huesos en la imagen. 
Más tarde hubo otros cambios de perfiles; en ninguno mostraba el rostro bien iluminado. En la información, solo “contable impaciente”. Cuando la encontró, el pelo lo llevaba alborotado, de rizos menudos; más tarde, corto, encima de la nuca; hace pocos meses, un pequeño sombrero cubría la cabeza; por último, un pañuelo. 
Se lleva el café, ya frío, a los labios. Apura la taza y luego la apoya en la mesa al lado del portátil. Si sigue en esa postura, con la espada inclinada, no habrá quién la aguante luego, se dice. Acomoda los cojines, se echa en el sofá y estira las piernas con el ordenador encima. La tele permanece encendida sin que nadie le preste atención. Sigue retrocediendo por las publicaciones hasta que tropieza con unas recetas de comida tailandesa, acompañadas de fotos que muestran unos platos apetitosos. Le viene a la memoria el interés de Mara por la comida exótica. Solía llevar consigo un librito que mandó a encuadernar ella misma, en cuyas páginas apuntaba con una letra pulcra e inclinada cuantas recetas caían en sus manos. Era su entretenimiento preferido. Se admira de cómo se le pudo haber escapado esa entrada y de que la mujer no hubiera perdido la afición. La fecha se remonta a muchos meses antes; sería cuando se fue de vacaciones con Carmen y dejó de entrar a Facebook con tanta asiduidad. Por regla general, vigila lo que sube a la red; porque son señales que ella le envía, supone. Si no, ¿a cuenta de qué adoptó el nombre de Mara? Seguro que fue una llamada para que, si la añora y busca, sepa que ella también lo echa de menos, está convencido.
No obstante, si bien esas señales sirvieron de cierto enganche, Cristóbal se ha asombrado de comprobar que la etapa obsesiva en la que buscaba el rostro y el olor de la piel de la mujer en cada rincón, y en cada persona, terminó definitivamente. En realidad, la nostalgia y el hambre de ella, tras la ruptura hacía más de dos décadas, le duró menos de lo que creyó en un principio. Está seguro de que el dolor fue más leve gracias a la marcha de la mujer de Canarias; y, lo más decisivo, al nacimiento del nuevo hijo, quien lo absorbió por completo, al igual que los problemas que contrajo Carmen después del parto. Ambos requerían de su plena atención. Él se la concedió muy a gusto, muy culpable, también.
En esta etapa más bien le produce curiosidad, incluso vanidad, saber que ella aún lo tiene en mente. 
Sigue más atrás con el cursor. ¡Aquí está! En la quinta entrada, el poema que ambos declararon que representaba el amor de ellos, como dos amantes cursis, se dijeron entre risas esa vez. Mara lo buscó durante días en enciclopedias y, el fin de semana que acudieron a un congreso en Lanzarote, se lo mostró jubilosa. Él se quedó el papel; y, escondido, entre las páginas de algún libro debe estar aún. Qué ridículos son los amantes enamorados, piensa mientras relee los versos en la pantalla. Ni la edad los inmuniza contra la estupidez. Sin embargo, el poema de Quevedo no es cursi; a él, que nada le interesa la poesía, es de los pocos que le gustan; y se vio en la habitación del hotel, ambos casi con lágrimas en los ojos, tras haber ingerido una botella de vino y follado como nunca, leyéndolo una y otra vez. Lo que le parece ridículo, pasado el tiempo, fue la pretensión de que un poema simbolizara el amor eterno. Qué gilipollez. Encima del poema, a modo de presentación, esta frase de Mara: "Para ti, para nosotros, para la eternidad"

….


El presentimiento con el que inició la tarde, de que no habría de Mara ninguna publicación más, se le convirtió en certeza andando las semanas.
Sin embargo, no la lloró. Ese día el dolor en ciernes se le distrajo cuando Carmen lo avisó de la consulta que fuera a buscarla con urgencia. Se cayó por las escaleras con una bandeja de medicamentos y el tobillo hinchado le impedía caminar. La trajo a casa, la colocó en el sofá, lo cubrió de cojines para que mantuviera el pie en alto y se dedicó a mimarla con esmero. Carmen se reía al ver que no se apartaba de su lado excepto para alcanzarle el mínimo capricho que solicitaba.  Era el único que podía cuidarla, le respondía él; los hijos, universitarios ya, habían levantado el vuelo hacia la península unos cuantos años antes.
A Mara no la lloró ese día ni más tarde, ni siquiera cuando se dio cuenta de que nunca más habría nada nuevo de la mujer. Al igual que le ocurrió la otra vez, comprobó con estupor a los meses (esta vez le duró menos la nostalgia), y al final de un sábado, que en toda la jornada no se había acordado de ella. Con el tiempo se le convirtió en un vago recuerdo que añoraba de tarde en tarde, sobre todo si oía en televisión alguna mención a Quevedo. Aquellos versos, y el evocador cementerio de Facebook, le servían de oportunidad para recordar de vez en cuando, en tardes desocupadas, un polvo enamorado, si bien en un sentido diferente al que le dio el poeta.

Primera parte 

—Seguro que me olvidarás. En la nueva sucursal te sentirás encandilada por cualquier cantamañanas y, con el tiempo, no recordarás cómo se llamaba aquel con quien compartiste una aventura en el pasado.
—Bien, has sido una aventura. ¿Qué te crees, que voy de trabajo en trabajo, viviendo amoríos?
—He sido un amorío.
—Dejémoslo, anda. No hay quien pueda hablar hoy contigo.
Guardaron silencio durante un rato. Ella contemplaba la avenida tras los cristales; poco había que ver: el vaivén de las hojas de las palmeras y los escasos paseantes que a aquellas horas la recorrían de un lado a otro. Ni siquiera el mar resultaba atractivo; la marea se había retirado hasta su límite más bajo y no destacaba por el color limpio ni por las piedras que había dejado en la retaguardia; no obstante, simulaba concentración, como si lo que ocurriera en el exterior de la cafetería fuese de gran interés. Adivinaba que él la miraba con fijeza, pero no quiso darse por aludida tan pronto. 
Sin embargo, no podía prescindir de los ojos atentos que, enfrente, seguían sus movimientos. Le causaban nerviosismo esos ojos; incluso en esas circunstancias, nada halagüeñas, la coquetería no la abandonó. Dulcificó los rasgos para aquellas miradas finales que él le echaría esa tarde. Porque iban a ser las últimas; nunca más, después de esta ocasión, volverían a verse. Poseía la certeza de que luego, andando los años solo contarían los recuerdos. Esperaba, por lo menos, convertirse en imágenes que se añoren con nostalgia. 
—¿Entonces te vas dentro de tres días? —Lo oyó preguntar— ¿No podemos vernos la mañana o la tarde antes, para despedirnos bien, para darte un beso por última vez?
Vaya, cómo si no supiera sus deseos, pensó, y un beso es lo menos que le interesa. Desvió la cara hacia él y lo enfrentó en tono ácido:
—No, estaré preparando la maleta. Por la noche sí puedo, ¿nos vemos a las diez en mi casa?
Fue él ahora quien bajó la vista. Cogió la cucharilla y volvió a remover el cortado, mientras le decía:
—Sabes que por la noche no puedo, no dispongo de excusas para salir a esa hora. Por la mañana o por la tarde sí podría escaparme. Has dicho lo de la noche, adrede. Quieres forzar la situación. ¿Y tu madre, qué? ¿No está?
Ella se pasó la mano por el pelo, como si con ello pudiera controlar el aspecto enmarañado que tendría. No hubo dinamismo en el gesto, sí cansancio.
—No quiero forzar nada. Comprendo todo, pero a veces me harto. Cuánto deseo poner tierra, en este caso mar y unos miles de kilómetros, entre los dos. Hemos prolongado la situación demasiado y me encuentro agotada.
—Has sido tú la que has tomado todas las decisiones. Ya sabes que yo te seguiría. Si me lo pides lo dejo todo, a mi mujer, mi casa, lo que sea, con tal de estar contigo. A mi hijo mayor no lo perderé, y no es la primera vez que una mujer embarazada se separa. Eso sí, no podríamos irnos a tu tierra ya. Debo acompañarla en el parto, esperar unos meses, arreglar los papeles. Hay que hacer las cosas bien. Tampoco quiero comportarme como un cerdo.
Otro suspiro de cansancio. A veces pensaba si eso sería cierto, si Cristóbal se atrevería a dejar a su mujer, embarazada hasta los topes y sin oficio en el que refugiarse. Aunque no habría ningún trabajo que sirviera de consuelo si te abandonan porque “me he enamorado de otra; lo siento mucho, siempre te querré, te ayudaré en lo que pueda, pero amo a una compañera, sucedió sin proponérmelo” En este caso, todavía la esposa preparaba oposiciones; sin ocupación remunerada, con un hijo de tres años y otro en camino. Bonitas eran las palabras de él, que si dejaría a su mujer por ella, que si era su auténtico amor, etc.; no eran nuevas, no obstante, pese a que le sonaban a música celestial, en el fondo le chirriaban.
 Ni Mara se creía, cuando reflexionada con sosiego sobre el asunto y después de venir de andar junto a él, saciada y rebosante de generosidad por ser la primera en sus afectos, que el enamoramiento fuera motivo suficiente para romper un matrimonio. El hecho hipotético de que él pudiera dejar a su mujer por ella le generaba emociones contradictorias. Por un lado, el honor y el orgullo de, al ser puesta en la balanza, ver como esta se inclinaba a su favor; además, una íntima alegría debido a que el amor de él fuera capaz de salvar el mayor de los obstáculos; pero en tercero, cuarto, quinto, y siguientes lugares, desconfianza, inseguridad, miedo, prevención, escepticismo,…
—No te vas a comportar como ningún cerdo. Ya me lo has propuesto alguna vez, y siempre te he contestado igual. 
Había una idea que se le cruzaba insidiosa, y era la peor que llevaba: a ella podría hacerle lo mismo en el futuro. Y deseaba considerarlo un hombre honesto, incapaz de abandonar a una mujer a su suerte bajo ninguna circunstancia. Esa imagen de hombre de una sola pieza, para las duras y las maduras, como sentencia el dicho, le daba tranquilidad y la reenamoraba en cada reflexión.
Él pareció adivinar su pensamiento: 
—Parece mentira que aún no te creas mi amor por ti. Nunca nadie me ha dado tan fuerte, y dudo que esto se me vaya algún día. Deberías saber que soy capaz de abandonarlo todo por seguir contigo. ¿O temes que llegue a ocurrir lo mismo? ¿Que te deje también? 
—Me has dicho que has estado diez años con tu mujer en total, desde la adolescencia, y que nunca te habías fijado en otra. No creo que seas un picaflor.
  Que se hubiera enamorado de ella no lo veía Mara como una traición cualquiera de Cristóbal a su mujer ni desconfiaba de él por eso. Pensaba que aquel amor no fue buscado adrede, como un solaz en un tedioso matrimonio. Cierto que este pasaría por horas bajas y que el embarazo de Carmen, de alto riesgo por problemas de diabetes sobrevenida, la llevó a obsesionarse demasiado con la gestación. Pero ni siquiera sospechaba que esa obsesión fuera el desencadenante de la relación que ambos mantenían. Mara pensaba que el amor de él surgió por ella de modo inevitable, como una fatalidad que los cogió desprevenidos y por ninguna circunstancia exterior. Creer lo contrario la hubiera colocado en un papel de suplente, de refugio, que desechaba.  De otra no se hubiera enamorado, imaginaba, sino solo de Mara Castro por ser esta cómo era. Curiosamente esta idea de amor absoluto de él hacia ella convivía sin complejos con la de transitoriedad de ese mismo amor: 
—Creo que me quieres de verdad. Ahora. —Continuó mirándolo—. ¿Sabes una cosa? Los amores infieles son como las burbujas de champán. Saben bien en Navidad, fin de año, aunque si tuviéramos que tomarlas cada día se harían incómodas. Dan gases y hartan si se abusan. Son amores del presente, ligados a la pasión que generan; esta es la chispa, su burbuja, maravillosa en las fiestas, pero cansina y desagradable un día cualquiera. Esos amores, tan fatuos ellos, se olvidan de que esa chispa solo se mantiene si hay inconvenientes; y son amores que, aunque tarden en convertirse en cotidianos, rutinarios, también les llegará la hora, como a todos. ¿Estás conmigo? 
Cristóbal la escuchaba con atención. Cuando ella acabó se hizo el silencio. Al rato, le cogió las manos sin importarle quién pudiera verlos. El bar se hallaba vacío en el interior y los dos camareros hablaban entre sí cerca de la máquina del café.
—No quiero perderte —articuló Cristóbal con esfuerzo, en tono más grave de lo habitual. Ni siquiera se molestó en disimular la humedad de los ojos. Tras una pausa leve, siguió —: supongo que habrá mucha verdad en lo que dices. Aunque no creo que lo nuestro llegue a ser rutinario; no me imagino llevando contigo la misma vida aburrida que llevo ahora. Sé que nunca me he sentido tan bien, tan a gusto como contigo. A veces solo necesito expresar una idea a medias, que tú la completas, porque me adivinas, me entiendes; es como si mirásemos ambos en la misma dirección. Contigo será diferente, eso es indudable; si pensara lo contrario no estaría dispuesto a irme donde tú quieras, en tu compañía. Solos tú y yo.
Mara sonrió. Miró hacia fuera y vio que en la terraza solo había una mesa ocupada por dos señoras mayores, quienes, entretenidas, se mostraban fotos en un móvil. Incluso en la vejez arrasa la tecnología, pensó antes de responderle al amante: 
—Será diferente al principio. Luego, como los demás. Este amor nuestro viene lastrado desde su nacimiento por todo lo que devastaría a su paso; más claro, imposible: tu mujer embarazada, tus hijos, el que ya tienes y el que vendrá, tu familia, una vida estable. Créeme, no compensa tanto sacrificio; seguro que conviviría contigo con la sensación de que te debo algo. Si la vida con tu mujer fuera un infierno, que no es el caso, aún se justificaría. Nos pasará lo que le ocurrió a mi madre. Ya te lo he contado y no dejo de pensar en su historia y compararla con la nuestra. Ella se atrevió a dejar a mi padre por otro y no aguantaron juntos ni seis meses. La magia les duró lo que tardaron en buscar una vivienda para comprarla entre los dos. He meditado este paso hasta la saciedad; un día opino de un modo y al siguiente del otro. No creas que para mí ha sido fácil; a una hora, estoy muy convencida y a la otra me tiro de los pelos. Pero ya está, los acontecimientos han decidido por mí. En un arrebato, hace un mes, tras la peor pelea que hemos tenido en estos meses (¿te acuerdas de cómo perdimos los estribos ambos?) pedí traslado: me vi agobiada y pensé que lo nuestro no valía un céntimo; con todo,  dudaba de que me lo concedieran. La primera sorprendida de que aceptasen tan pronto fui yo; y no hay vuelta atrás. A llorar a Cantabria me voy.
—Entonces, la decisión es firme. Me quedaré partido en trozos —la humedad de los ojos era ya bien visible.
—Mi madre se marchó el martes. Se llevó lo que pudo y se fue a adecentar la casa de allí. Además, mi padre está enfermo, muy grave. Le debo algunos cuidados y es hora de que arrime el hombro.
—¿Estás sola, por tanto? 
—Sí, liada empaquetando para enviar por correo las cosas imprescindibles. Se acumula mucho con los años.
—Voy a verte mañana. Me escapo con cualquier excusa y nos despediremos bien, como debemos. Me da igual arriesgarme. ¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Nunca te olvidaré, ya pasarán mil años que te llevaré dentro toda mi vida. Quizá algún día me presente donde vivas y ya verás como no te me escapas más. Te daré una sorpresa. 
Mara volvió a sonreír y luego se dejó abrazar, antes de emprender el camino hacia la salida.
Él, como otras veces, se quedó allí unos minutos. Para que nadie los viera salir juntos, y para recuperar la mirada sin lágrimas. 
Al día siguiente también le repetiría incontables veces que nunca nunca la olvidaría, que aquellos siete meses habían sido suficientes para considerarla el gran amor de su vida y que ninguna circunstancia haría que dejara de añorarla cada hora del resto de sus días, incluso en la última y eterna morada, como expresaba Quevedo en aquel poema.





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(c) -
AngelesImpíos

33 comentarios:

  1. hola ángeles! maravilloso relato, excepcional, te felicitamos!!!!!orgullosamente llevado al muro, abrazosbuhos.

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    1. Muchas gracias, Buhos, muy amables, como siempre.

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  2. ¿Realismo nostálgico? Ya echaba de menos un relato tuyo, por más que tus fotos me parecen estupendas. Y si, una vez más me he podido identificar con el personaje en algunos pasajes (¿quién no ha buscado en Facebook el perfil de algún antiguo amor y ha recordado sensaciones que ya creía olvidadas?). Es casi como encontrarse a uno mismo. Me encanta.

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    1. Bueno, me alegro de que haya partes del relato que sirvan para identificarte con él. Muchas gracias, Manuel, me alegro de que te guste. Besos.

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  3. Según te leía me vino a la mente el estribillo de una canción de Sabina que dice "Con ella descubrí que hay amores eternos, que duran lo que dura un corto invierno"
    Describes muy bien las situaciones cotidianas, el día a día de una pareja, y al mismo tiempo el porqué de sus actitudes. Sin juzgar, sin buenos ni malos, lo reflejas y ya está. Me encanta.
    Un besote grande, Ángeles.

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    1. Creo que has dado en el clavo con ese estribillo de Sabina; lo comparto plenamente. No quiero juzgar, solo mostrar un trozo de realidad (real o ficticia, seguro que se ha dado) y que cada uno enriquezca (o no) su visión del mundo. Muchas gracias, Kirke. Un beso.

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  4. Precios relato Ángeles. Casualmente, a mí me pasa como a Cristobal; no soy muy aficionada a la poesía, pero ese soneto de Quevedo se encuentra entre mis favoritas, puede que sea la favorita. Me llamó la atención el título de la entrada y finalmente, ahí aparece mencionado el poema más bonito que se ha escrito al amor y, desde luego, nada cursi. Aunque a Cristobal no lo veo muy enamorado, puede que Mara, por fin, se haya convertido en polvo enamorado, en ceniza con sentido. Se me ponen los pelos de punta sólo de recordar tan bellas palabras.
    Un beso.

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    1. Ese soneto de Quevedo también me conmovió mucho hace años. Recuerdo leérselo a mi marido, muy emocionada, y ambos terminamos encantados con él. Logré transmitirle ese día mi entusiasmo. En general, me interesa poco o nada la poesía, me falta esa sensibilidad, como a Cristóbal.
      Me alegra que te guste, Rosa. Muchas gracias.

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  5. Muy acertado el título,Ángeles.El poema le va de maravilla al relato( entienda cada uno como quiera lo de el polvo enamorado . Por cierto, bien recitado es una maravilla escucharlo( ayer mismo se lo oi recitar a José Luis Gómez, actor y académico , lo recomiendo ).
    Las miradas que nos dejas ( y son muchas ya ) sobre todo que atañe a las relaciones personales,hoy tienen una mirada especial por la manera que has ligada la historia al Facebook.
    Sabiendo las reticencias que tienes sobre ese medio, es bueno que nos cuentas las cosas que no te gustan . Tienes muchísima razón sobre la exposición tan gratuita que dejan o dejamos en algún momento en las redes sociales. Pero a veces la exposición es inevitable,¿Quién no la hecho).No es el mirar la gracia de ese medio ,precisamente?
    Lo que más me choca de tu relato es la cantidad de preguntas que quedan el aire una vez leído. ¿La infidelidad, es una cuestión de género ? Lo infantil( en mi opinión),de uno de los personajes ¿ es también una cuestión de género? ¿ Tienen culpa las redes sociales sobre ese tema ,tanto como dicen?...
    De todo lo que he leído, me quedo con la metáfora sobre la infidelidad. Lo clavas,hija mía. Y termino, diciéndote, que si veo algo muy original en tus relatos( y no es nada fácil hacerlo ), es que lo que sientes y expresas lo haces de una manera muy sencilla, de hay mi admiración.
    Un gustazo,como siempre, el comentarte,amiga.

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    1. Hola,Miguel, no creo que la infidelidad sea una cuestión de género. Tanto hombres como mujeres lo son, quizá los hombres de manera más eventual, y más relacionado con el sexo, y las mujeres detrás del amor "verdadero e imposible". Pero ambos también se pueden sentir sacudidos por pasiones "eternas" que luego son más efímeras que la mecha de una vela. Tampoco creo que lo infantil sea una cuestión de género. En este caso, los personajes se mostraron así. La infidelidad existía antes de las redes sociales; no sé si con estas se abre un mundo más amplio de posibilidades; pero si no hay necesidad de ser infiel, no se es, por mucha red social que exista.
      Intento escribir con sencillez, con honestidad, sin fardar echando mano de lenguajes pedantes. No quiero aparentar que sé más de lo que no sé, incluso a veces, si se me viene a la mente una palabra rebuscada la sustituyo por otra más habitual, para que sea más cercana al lector. No escribo para presumir de culta, no tengo necesidad, por eso quizá te parezca sencillo. Me alegro.
      Muchísimas gracias por leerme, por tu amplio comentario y por dedicarme tu tiempo.
      Un fuerte abrazo.

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  6. Ana linares luis29/9/17 10:51

    Hola,me alegra leerte de nuevo.Hermoso relato,me gustó mucho,como siempre escrito con nitidez,claridad y que atrapa.Bien narrado,historias cercanas y cotidianas las de tus relatos,me gustan por eso.Enhorabuena,las fotos preciosassssss.Un beso fuerte.😘

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    1. Me alegra, querida amiga, que te haya gustado y entretenido. Un fuerte y cálido abrazo.

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  7. En este tipo de historias se entremezclan sentimientos complejos y que en apariencia poco tienen que ver, como la nostalgia y la vanidad e incluso son contradictorios. Hay momentos decisivos en nuestra vida que aunque acaban sepultados por el paso del tiempo, no se borran, sino que se apartan. Me gustan ciertas ambiguedades, porque ¿de verdad Mara está lanzando señales a su antiguo amante, en un código morse que solo ellos entienden? ¿Y para qué? ¿Le busca en su enfermedad o es mera elucubración obsesiva de Cristóbal, que aunque hizo lo moralmente correcto en el fondo cree que se equivocó? Un relato muy trabajado. Leí hace poco que los sentimientos son como un pozo donde por mucho que miremos no logramos ver el fondo. Los seres humanos vivimos, en lo emocional, muy desorientados.
    Saludos.

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    1. Creo que los sentimientos se dan en una coctelera, en proporciones variables según los días; lo mismo conviven todos en ocasiones como predominan unos en diferentes momentos. Las ambigüedades están ahí. Tiendo a ellas en primera instancia, luego, cuando le doy a leer el relato a mis primeros lectores, como veo que no han entendido lo que quería decir, aclaro algunas, pero con todo mi pesar. Me molesta ser muy explícita y lo estoy siendo más de lo que desearía por los lectores del blog y para no leer muchas interpretaciones peregrinas. Sé que a veces, aunque yo pretenda escribir con claridad, se genera confusión, por lo debería imponerse un lectura calmada; pero, reconozco que, entre que escribo relatos no diseñados para blogger (son largos), y sí con vistas a lograr calidad o profundidad literaria, y las prisas y profusión de entradas en este mundo bloguero, es difícil esa lectura tranquila. Ni me salva que solo publique un relato cada dos meses.
      Coincido contigo en que vivimos muy desorientados; creo que no solo en lo emocional.
      Un abrazo, Gerardo.

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  8. Una historia llena de matices muy bien reflejados, Ángeles; por eso mismo cercana, creíble, auténtica... y también algo cruda.
    El amor efervescente se disipa, se gasta. Si todo va bien se transforma en algo más profundo y más auténtico aunque quizás con menos burbujas. Si no, se acaba y punto. No hay forma de saber lo que pasará y en algunos casos apostar por ese amor es un gran riesgo. No me gustaría verme en el lugar de tu protagonista y tener que tomar la decisión a la que ella se enfrentó...

    Buen relato, ha sido un gusto leerte después de tanto tiempo.

    ¡Un beso!

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    1. Yo dudo siempre de en dónde se encuentra la autenticidad del amor. Hay parejas estables de toda la vida, que se llevan bien, pero igual nunca se han amado de veras. En este relato, pudiera o no haber autenticidad, ya venía marcado desde su origen. Tampoco me gustaría verme en el lugar de los protagonistas. Sería muy duro.
      Me alegra mucho que te haya parecido un buen relato. Muchas gracias por comentarme, Julia. Un abrazo.

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  9. Ese cementerio que es facebook, me has hecho pensar Ángeles con ese olvido que tanto cuesta borrar de esa red social, de esas personas que han desaparecido y siguen sonriendo en su red social. Incluso en algún caso sigue habiendo movimiento por parte de algún familiar que no se resiste a perderlo. Duro, muy duro.
    Tu relato tierno y duro, ese amor que pasados los años se recuerda desde la curiosidad por saber del otro y esa enfermedad que no da tregua y que acaba llevándose a la persona que se amó.
    Me gustó mucho Mara, una mujer fuerte que sabía lo qué quería, la hiciste muy auténtica.
    Besos

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    1. Es verdad lo que dices, entre mis amigos de Facebook hay algunos que han muerto y permanece su perfil abierto y siguen habiendo publicaciones de la gente que se acuerda y etiqueta al que ya desapareció para siempre.
      Muchas gracias por tu comentario, Conxita, y me alegro de que te haya gustado la descripción de unos de los personajes principales. Un beso grande.

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  10. Hermoso, real. Como la vida misma. Besos.

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    1. Muchas gracias, Carlos, encantada de verte por aquí. Un beso.

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  11. Ana Chafer30/9/17 15:03

    Impecable el estilo, tiene eso tan dificil:sencillez y autenticidad.La historia, preciosa y muy cotidiana, vista sin sentimentalismo pero muy desde dentro. La tormenta debió pasarte cerca. O no.

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    1. Muchas gracias por tus palabras que se me aparecen tan gratas a la vista. No, la tormenta no me pasó de ninguna manera, la historia es ficción, inventada por completo, pero hay sentimientos, sensaciones, que podrían extrapolarse, sacarlas del contexto en que se produjo e imaginarlas en otros diferentes y ajenos de infidelidad. Hay sentimientos que son comunes. Un abrazo, Ana, y encantada de que me comentes.

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  12. Qué placer leer al final de este día tenso, este relato lleno de humanidad!!! Me reconcilia con el ser humano. Escrito impecable y refleja una realidad que se da más veces de las que creemos. Me ha encantado.

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    1. Muchas gracias, queridísima amiga, qué bueno que te resulte un placer leer este relato. Me alegra mucho que te haya gustado y que me comentes. Un gran abrazo.

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  13. Gracias por darme a conocer, a través de tu excelente relato, esos versos de Quevedo que me recuerdan una conversación que tuve ayer en la que me preguntaban "¿es lo mismo "para siempre" que "para la eternidad"?, hablándome de una particular escena de la película "Bailando con Lobos".
    Pero gracias también por la profunda reflexión que encierra tu relato: ¿el enamoramiento termina con la convivencia? ¿qué hacer para que las "burbujas" sean duraderas, para siempre, eternas...?
    Yo creo que Cristóbal se enamoró más que Mara y, como leí hace poco, que uno "quiera" más que otro es lo que hace todo más difícil.
    Mara fue cerebral tomando la decisión de alejarse, pero me queda la duda de si, de no hacerlo, Cristóbal hubiera sido tan valiente como para asumir el riesgo de dejar a su mujer...y su rutina.

    Te felicito, Ángeles, por este post tan perfectamente escrito y con tanta profundidad en los mensajes que encierra.

    Un abrazo

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    1. ¡Hola, Chelo, bienvenida! Bueno, yo creo que es imposible que las burbujas y el enamoramiento duren eternamente, entendido este último como la explosión química que se produce en el cerebro durante unos años. No habría ser humano que pudiera aguantar décadas y décadas ese cóctel de locura amorosa; desde el punto de vista cerebral seríaimposible porque este no reacciona igual cuandoel estímulo es nuevo que cuando es viejo.
      Bueno, no tendría tan claro quién se enamoró más. El demostrarlo con más insistencia en un momento dado, echando mano de la palabrería, no quiere decir que se ame más. Esa duda que nombras, la de qué haría Cristóbal, si dejaría al final a su mujer o no, es un misterio. Quizá fuera otra manera de ganar tiempo.
      Me alegro de que te parezca este relato o cuento bien escrito y profundo.
      Un beso grande,Chelo.

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  14. Bueno sólo puedo decir que me ha encantado! No sólo me ha parecido original la estructura, empezando por la segunda parte para acabar con la primera, también la historia en sí. Reconozco que lo he leído del tirón y he vuelto a leer la segunda parte. Me ha parecido precioso, por la melancolía que transmite.
    Para empezar, creo que cuando alguien es infiel es porque bien del todo no está, aunque también hay casos de personas infieles por naturaleza. El caso es que Cristobal sí ofrecía a Mara más que una simple aventura, y ella no se lo tomó tan en serio, o pensó que todos los amores se consumen. No creo que deba de ser así, pero ella está condicionada por experiencias pasadas.La segunda parte es muy nostálgica. Yo también creo que no se debe mostrar tanta vida privada en facebook tan libremente, pero bueno, cada uno es libre de hacer lo que crea y apetezca. Me ha parecido muy dulce que después de tantos años la busque. Creo que cuando dejamos de tener contacto con alguien seguimos imaginándolo tal como lo dejamos, y nos olvidamos entre medio ocurren cosas, como Mara que ha sufrido cáncer.
    En fin, ya ves con mi extenso comentario que me ha encantado!
    Un besito guapa!

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    1. Muchas gracias a ti, por leerlo y comentarme. Lo bueno de los relatos es que el retrato de unos hechos admite múltiples interpretaciones; eso es lo estupendo de la literatura, que a cada uno llega de manera propia. Quizá Mara tuvo un prurito de honradez o sentido común y no quiso fastidiarle la vida a nadie. No sé quién querría más, a veces las manifestaciones externas podrían ser engañosas.
      Un beso grande, María.

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  15. El día a día, lo cotidiano,... llegan a cubrir, como una gruesa capa de polvo, cualquier relación hasta, en muchos casos, ahogarla. Estupendo relato!

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    1. No sé qué te llamó la atención del relato pero, de cualquier modo, gracias por tu comentario.

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    2. No sé porqué tiene que llamarme la atención algo de tu relato. Simplemente hice una reflexión sobre lo que me ha sugerido su lectura. De cualquier modo gracias por tu respuesta.

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    3. Siempre por educación contesto. Lo decía porque no sé en qué parte del relato se nota el desgaste de la relación. No escribí sobre ninguna relación ahogada, por eso me sorprendió lo de "el día a día, lo cotiano..." Y pensé que algo te habría llamado la atención (es un decir) para hacer ese comentario. Saludos.

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    4. A cada lector le llama más la atención un elemento que otro y me intriga saber en dónde ponemos la lupa las personas cuando leemos algo. Hay relaciones en el relato pero no me centré en retratar el desgaste, por eso sentí intriga.

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