Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: Situaciones de aprendizaje. (Relato)

30 de junio de 2017

Situaciones de aprendizaje. (Relato)



Lunes, 19 de abril, a las 13:18

Evidente: este hombre no servía para aquello. Desde mi pupitre de guardia lo oía desgañitarse en ese momento, y en todas las ocasiones que me tocaba vigilar el edificio de la ESO. Imaginaba que el griterío de la clase, y los chillidos exasperados del profesor, se escapaban en forma de humo denso y grisáceo por debajo de la puerta, por los goznes que la unían a la pared y  por las ventanas que daban al aparcamiento de atrás; suponía que alcanzarían a los alumnos que practicaban ejercicios en la cancha; a los profesores que, aprovechando unos minutos de la hora complementaria, se tomaban el café para reponer fuerzas; al personal laboral de conserjería y a la mujer de la limpieza, quien, sobresaltada, seguro que emitía un respingo y se le caía el palo de la fregona. Hasta a los visitantes ocasionales que iban a recoger su título de bachiller les rodearían los decibelios desmesurados; quizá tuvieran que pedir un corrector para rectificar el fallo que cometieron al rellenar el formulario, por distraerse.
Mucho ruido y pocas nueces; perro ladrador, poco mordedor.
Yo intentaba, desde el cambio de hora, concentrarme en la corrección de los exámenes; resultaba imposible. Ya había suspendido a dos alumnos que eran buenos estudiantes. Tuve que dar marcha atrás y volver a leer los ejercicios. 
Se oían ruidos de mesas y sillas movidas con violencia. Hasta me pareció escuchar a alguien que imitaba los sonidos de un animal, un perro o un cerdo.
Me levanté y me acerqué al aula. “Debo ofrecerme a ayudar, por algo cumplo la guardia”, me dije; pero antes de tocar en la puerta, a lo loco, debía meditarlo.  Puede que le molestara mi intromisión, era una manera de avisarle que no servía para llevar la disciplina de una clase y que, si esta le fallaba, a ver cómo impartía contenidos. 
Sonreí al decirme esta frase. La educación ha llegado a cotas tan inverosímiles que mencionar contenidos y disciplina en el mismo párrafo causa alarma en algunas mentes; los primeros, porque ahora solo se obtienen destrezas, habilidades, capacidades, competencias, … De este modo, se aprobará conque el diestro estudiante ponga un cordón a una lata de sardinas: habrá adquirido la competencia científica tras averiguar que los objetos se desplazan. El largo tiempo empleado para buscar el cordón y limar la lata es indiferente. Y la segunda, uf, tamaña palabra esa: cuánto apesta.
Perdida por los cerros del Teide no tuve tiempo de tocar en la puerta. Esta se abrió con un estruendo mientras una alumna salía en estampida desperdigando palabras a su alrededor:
—¡¿Cómo que no puedo ir al váter?! ¡¿Qué quieres tú, que me deje “mear” aquí! —No sé si se lo gritaba al profesor o al móvil que portaba en la mano. 
—¡Ithaisa, que fuiste al baño al principio de la clase! —Se lo gritaba al profesor. Este, en la puerta, vio como la alumna se escabullía por el pasillo. Dentro del aula las onomatopeyas de animales se mezclaban con las carcajadas. El hombre miró hacia los pupitres, arrugó el entrecejo y luego sus ojos se cruzaron con los míos. Por quedar bien, pregunté: 
—¿Necesitas ayuda, Miguel? ¿Quieres sacar a algún alumno? ¿Voy a buscar un parte para esa chica que salió sin permiso?
No contestó al instante. Se colocó bien las gafas, se atusó el pelo y me enfocó mejor. 
—Ya les he puesto partes, a ella y a varios más. ¿Han servido de algo? No, al contrario, se han vuelto contra mí: me han aconsejado que no lo haga por cualquier bobería. Para mí son cosas serias, pero la directiva no piensa lo mismo. Los he castigado sin recreo (me he castigado yo con ellos) y el escándalo, los malos modos, hasta los insultos, vuelven loco a cualquiera. 
Y sin embargo era alto, muy alto, tanto que iba doblado hacia adelante; por su altura, algunos puntos de respeto deberían de ir incorporados. Pues no. Quizá lo delgado, el acento extraño (una mezcla de ceceo y dificultad con la r) y ese bigote ridículo, con exceso de patilla, no jugaba a su favor. 
Los ruidos en el interior de la clase se habían recrudecido. No sé qué más iba a decir, porque salió una alumna alarmada y nos interrumpió:
—¡Profe, Zebenzui e Iserce se están pegando! ¡Vamos, rápido!
El hombre entró, yo me asomé desde la puerta y vi a un corro de zangalotes jaleando. No divisé a los que se peleaban, pero decidí que a mi sueldo le faltaba el plus de peligrosidad. Desde que lo percibiera, junto con la coraza, entraría.  Mientras, fui a buscar efectivos de defensa; a Marta, la jefa de estudios y, por el camino, a algún profesor fortachón, quizá al “vice” musculoso.

Martes, 20 de abril, a las 7:45

Cuando llegué a la sala de profesores, más temprano de lo normal, me extrañó ver a la jefa de estudios y a Julia, la directora, en conciliábulo en una esquina. Solían celebrarlos en sus despachos. La cara de la primera era un poema trágico.
Mi actitud resistente, cultivada desde pequeña hacia quienes ejercen el poder, me llevó a saludarlas con reservas,  mientras colocaba el paraguas en la papelera de la entrada. Luego, me acerqué a firmar en la hoja de asistencia, depositada sobre la mesa al lado de mil cosas más: papeles, libros de textos y folletos de los sindicatos; pronto, se les uniría los bolsos y maletas de los profesores en un desorden que acongojaba (y, a veces, cabreaba). Vi que ellas se miraban entre sí antes de que, al unísono, anunciaran:
—Miguel González, el de Historia, ayer sufrió un infarto. Falleció en dirección al hospital. Estamos consternadas.
—¡¿Cómo?! —Oí la exclamación de otro profesor detrás de mí, que entraba en aquel momento.
Yo me había quedado sin palabras, con la boca abierta, y consciente del escalofrío que me recorrió de arriba abajo. Si ayer hablé con él, yo, que apenas hablaba con casi nadie; si fui de las últimas personas en verlo y, sobre todo, escucharlo.
—¿Cuándo sucedió? —Preguntó de nuevo el recién llegado. Era un Centro con una plantilla numerosa, por lo que aún no me había aprendido su nombre. Ni el de él ni el de muchos otros; sin embargo, el de Miguel sí, y ya de poco serviría ese conocimiento. Mi excusa para no forzar la memoria, el escaso tiempo que llevaba en el instituto.
—Fue al poco de salir de aquí. Su mujer dijo que cuando llegó a casa ya venía mal. Llamó a la ambulancia, pero por el camino dejó de respirar —era la directora quien daba las explicaciones. Marta, la jefa de estudios, parecía sumida en un sopor, como si el muerto fuera su mejor amigo o el familiar más íntimo. Nos cruzamos la mirada y, antes de que ella bajara la vista, adiviné por qué en su rostro se concentraba toda la angustia del mundo. 
Ya eran más los compañeros que habían entrado; se había extendido por la sala una algarabía tensa, luctuosa, que congeniaba con el aire gris de la mañana. Alguien abrió las ventanas porque Maite, de esta sí conocía el nombre y sabía, además, que daba inglés, había sufrido una bajada de presión. Estaba sentada en el sillón y, a su alrededor, se congregó una pequeña parte del personal. El que abrió la ventana, para que se ventilase la sala, tuvo que cerrarla al ver que la lluvia, a bidones llenos, amenazaba con inundar el cuarto. 
Otra profesora, siempre hay una más diligente que nadie, y menos mal, se ofreció a buscar agua con azúcar. El resto, y el personal que iba llegando, formó un corro en torno a la directora y a la jefa de estudios. Yo alternaba entre uno y otro, pesarosa. 
—¿Padecía alguna enfermedad? ¿Colesterol, hipertensión, …? —Preguntó otro recién llegado.
—Parece que un poco de todo, aunque no en niveles alarmantes.  Alguna vez le llegó a subir la tensión, sobre todo, si se ponía muy nervioso, nos contó su mujer ayer —respondió Julia. 
Una profesora especuló sobre cómo se lo anunciarían al alumnado y cuándo; otro, que si se podrían anular las clases en señal de duelo. 
—No, por supuesto que no —contestó la directora—. Ya han llegado los chicos del transporte público y los padres sufrirían un patatús si tuvieran que recoger a sus hijos a estas horas. Además, con esta lluvia, impensable esa medida. Ahora nos vamos cada uno a nuestras clases y las impartimos con normalidad. Lo mejor sería esperar unos días para anunciar la noticia. No quiero que nadie se alarme o se sienta responsable de lo que pasó. Ya se sabe cómo son los chiquillos de impresionables; pobrecillos, no tienen culpa de nada.
—Dentro de cuatro días, en la celebración del libro, le haremos un sentido homenaje. Sin duda, se merece el mejor. Hoy mismo comenzamos a trabajar para ajustar la programación de ese día y dedicarle un espacio a él—apostilló el vicedirector.
—Esta tarde será el entierro. Sería bueno que le demostremos todo nuestro apoyo a su mujer y que sepa del afecto que sentíamos por Miguel. Aunque llevaba poco entre nosotros es como si formara parte de nuestra plantilla desde hace años. Ya lo hemos hablado y el centro colaborará con una corona en nombre de toda la comunidad educativa; si queremos otra de parte de los compañeros debemos comenzar a recaudar dinero ya — por fin oímos a la jefa de estudios. Habló en tono monocorde, muy diferente al animado con que solía dar instrucciones. Mostraba un aspecto distinto al habitual, como si no hubiera dormido la víspera. Era delgada, pequeña y de tez morena, de ese color de piel cetrino que acumula ojeras muy oscuras debajo de los ojos. Ahora estas estaban más negras y hundidas que de costumbre. Hasta su ropa, otras veces en tonos vivos y rematada con fulares brillantes, la llevaba apagada y sin adornos. Supuse que, tras enterarse de la muerte de Miguel, no pegó ojo en toda la noche. Normal.



Lunes, 19 de abril, a las 13:40

Cuando regresé al aula, después de avisar a Marta, a Julia, y a cuanto profesor me encontré por el camino, ya habían separado a los alumnos peleones. Mi acervo lingüístico carece de adjetivos para reflejar el alboroto de la clase. Mayúsculo, superlativo, … Se quedan cortos; e indescriptible, muy manido. Imagínense ustedes una sala pequeña donde veintimuchos estudiantes, de pie, forman grupitos repartidos por la estancia y de grupo en grupo se comunican con desparpajo, como si se encontraran en el patio de recreo. Entre ellos el imitador del perro y el del cerdo, quienes seguían con sus ensayos. Ni los empollones, si es que los había, permanecían sentados. Por supuesto, algunos se enseñaban los móviles con los que, supuse, habían grabado la pelea.  
 A Miguel lo acompañaba el de matemáticas y otro grueso, ya mayor, del que ignoraba qué impartía; creo que era de FP.  Entre los tres habían logrado separar a los contendientes; no obstante, aún se insultaban y hacían amago de volver a pegarse, sobre todo uno, el más robusto y colorado. No sé si sería Zebenzui o Iserce. No gozaba de la suerte de darles clase a esas prendas, sin embargo, el nombre de ambos sonaba cada semana por el instituto. 
El aspecto de Miguel daba muestras de la batalla: camisa con unos botones más desabrochados de lo normal, frente y cuellos sudorosos y cabello despeinado. Los otros dos profesores no ofrecían mejor apariencia. Uno de ellos hablaba en una esquina con uno de los alumnos belicosos y con una chica que gesticulaba y movía las manos en dirección al otro peleón.
La jefa de estudios y la directora llegaron acaloradas. Quien primero rompió a hablar fue Marta. 
—¡¡Vamos, a sentarse todo el mundo‼ ¡Se acabó la fiesta! —La mujer poseía una voz grave y punzante a la vez, como un latigazo, y su aspecto pequeño no le mermaba autoridad. Quizá el quid de ésta residiera en su piel morena y en su entrecejo fruncido de modo perpetuo, como si nunca estuviera relajada o nunca bajara la guardia.  Daba la sensación de que llevaba una agenda para apuntar el mínimo detalle y que, lo más complicado, se acordaba de consultarla. Yo le sacaba una cabeza, pero, evidente, ella imponía más. La prueba fue el silencio que se extendió por el aula, al hilo de su voz; incluso los conflictivos bajaron la cabeza y se sentaron de inmediato. 
La directora entendió que su figura no podría ser meramente burocrática ni achicarse ante la sombra agrandada de Marta e intervino con aspereza:
—Zebenzui, Iserce, vengan conmigo a mi despacho. —Y dirigiéndose a la jefa de estudios —: Mientras hablas con Miguel, les voy a aclarar un par de cosas a estos sujetos y a ver qué sucedió en realidad. En nuestro centro a los folloneros hay que pararle las patas. —Habló más bien para la galería, entretanto se los llevaba.
Marta me miró y entendí que debía hacerme cargo de la clase. Los otros dos profesores, los socorristas, se fueron con discreción. 
¡Oh, no!, una guardia a última hora en segundo de la ESO, si no son tus alumnos habituales, es una experiencia tan placentera como ejercer de diana ante veinticinco clientes furibundos a los que les ha fallado todo el sistema eléctrico de sus casas, les han escamoteado los ahorros por una recomendación dudosa de su inversor o perdido el avión por sobreventa de billetes. Son veinticinco personas -incluso en esa situación no dejan de serlo-, gritando y empujándose; o, los más calmados, sacándose fotos con el móvil, entre risotadas. 
¿Qué ocurre con la disciplina? Ese vocablo oloroso. Qué va, en esta escuela democrática nuestra ésta se desterró por sus reminiscencias dictatoriales. Ahora, como el aprendizaje es colaborativo, el profesor es el mejor amigo del hombre, digo, del alumno. Si te colocas por encima, ya alguien vendrá a ponerte en tu sitio, tal y como me sucedió el curso pasado con una madre: “¡A mi hija no me la va a “traumar” usted con sus exigencias!; ella necesita, ante todo, crecer como persona, ser feliz y que nadie me la acompleje, que es muy sensible. ¿Cómo voy a restringirle el móvil? ¿Y qué ocurre con su autonomía?” Eso sí, a final de curso me endilgó una reclamación por el suspenso de la niña. 
Consulté la hora, quedaban diez minutos, y respiré hondo. He de actuar, me dije, como una vez nos aconsejó un ponente en un curso de formación del profesorado: igual a las azafatas de las aerolíneas, quienes, imperturbables, y con una leve sonrisa, escuchan las quejas de los pasajeros a los que les han extraviado el equipaje; porque la cosa no va con ellas. ¿Tampoco esto conmigo? No sé para qué me formulo preguntas retóricas. 
Sin embargo, qué curioso, entre los estudiantes no se cruzaban ninguna palabra en aquella ocasión. Todas las pronunciaba Marta y, como la puerta se quedó abierta y ella estaba al lado, hablando con Miguel, el silencio en la clase era absoluto, para oír mejor, como el lobo de Caperucita:
—Miguel, ¿tú estás seguro de que quieres dedicarte a esto? Estás en prácticas y dudo si recomendar al final que no te las firmen o comunicarle a la inspección tu caso. Has tenido un montón de conflictos con el alumnado, hemos recibido quejas de los padres y así no podemos seguir. Primero, los chicos se aburren, les das unos contenidos muy teóricos y por eso la montan si tienen oportunidad; segundo, no sabes imponerte, hombre. 
No veía la cara de él, pero reconstruí su expresión, con el ceño más fruncido de lo normal, y más doblado hacia adelante para acercar su altura a la pequeña de Marta. No sé qué les pasa a muchos bajitos: lo que les falta de cuerpo les sobra de chulería. Y al revés con los altos. Qué bien estas generalizaciones; de un vistazo capto la ley general. Deformación de mi licenciatura en Biología; ya, si me equivoco, lo arreglo otro día.
—¿Se aburren? ¿Contenidos teóricos? ¿Y cómo doy la Edad Media, o el Renacimiento? Lo que sucede es que cada vez los chicos, por el uso del móvil indiscriminado, los PowerPoint, audiovisuales, se concentran menos.  Y lo de no saber imponerme, no sé… Cuando los he castigado tampoco recibí mucho apoyo y ya no sé qué hacer.
—¡¿Que no has recibido apoyo?! —El tono de Marta ahora se oyó más alto y acerado —Estoy harta de lidiar con los padres a cuenta de cómo das las clases, de los suspensos tan elevados y de lo que les mandas a estudiar. ¡Los chicos se aburren! ¿Me entiendes? ¡Se abuuurren! —Oí cómo arrastraba las sílabas —. Yo no soy quién para decirte lo que debes hacer, pero, por ejemplo, con dramatizaciones, obras de teatro, o juicios a personajes famosos seguro que aprenden más. ¿Para qué ese empeño en examinarlos a la manera tradicional? Si con trabajos en grupo, exposiciones, proyectos, puedes comprobar lo que han aprendido. Tú habrás hecho las situaciones de aprendizaje, sabes cómo trabajar.  Olvídate ya del aprendizaje memorístico. 
—¿E imparto Historia y Geografía mediante obras de teatro? No avanzaría nada. Y dudo que con trabajos en grupos se aprenda algo. La memoria es necesaria; no digo que memoricen sin entender. ¿Y qué será de estos chicos en el futuro? ¿Ignorantes toda la vida? ¿Y qué será de nosotros si la cultura va en retroceso?
Me imaginé que Marta, en este punto, se encogería de hombros. Observé a los alumnos, quienes seguían atentos a la conversación, muchos con una sonrisa en los labios y otros dándose codazos silenciosos, ¿de victoria? Debía cerrar la puerta: no lo hice. Luego me sentí culpable, al día siguiente.
—Miguel, la realidad se impone. Nuevo en esto no eres y ya debes saber que el aprendizaje ha de ser práctico. Has de innovar: la educación tradicional no sirve. “Obsoletaaaaa” —enfatizó Marta la palabra que yo detestaba—. Como te digo, has de adoptar nuevas medidas para ganarte a los chicos, porque, insisto, esta situación no puede repetirse. Ya lo hemos hablado Julia y yo, y estamos de acuerdo en que ninguna querría dar un informe negativo sobre tus prácticas.
No me enteré de la respuesta de Miguel ni lo vi más. Sonó el timbre de la salida e hízose de nuevo el escándalo, esta vez alborozado: nos íbamos.


Viernes, 23 de abril, a 12:30 horas

Estábamos en el salón de actos, celebrando el día del libro. Aunque no me importaría participar, no suelo implicarme gran cosa; siempre me coge liada esta fecha con la organización de otras actividades más relacionadas con el ámbito al que pertenezco, las naturales. De hecho, esa misma mañana había ido a plantar arbolitos a un jardín próximo al instituto con los chicos de mi tutoría. Me enorgulleció el entusiasmo que pusieron en adecentar aquel erial que no merecía el nombre de jardín.
El salón, abarrotado de alumnos y profesores, poseía una mala acústica y una disposición extraña. No sé en qué año se construiría, pero al arquitecto debieron de encerrarlo por causar daños irreversibles en diversas generaciones. Además de columnas en los laterales, lo que es lógico, se distribuían a capricho unas cuantas, por el pasillo central, con la única función de permitir que los agradecidos alumnos se ocultasen durante los exámenes. Unas sillas verdosas se alternaban con pupitres estrechos, cuya mesa basculante se daba la vuelta sola, porque la mayoría estaban rotas. Varios estudiantes habían sufrido caídas aparatosas.  Dos mínimas ventanas servían de ventilación, aunque las rejas dificultaban que se abrieran del todo. Se completaba el lugar con un escenario que improvisaban para la ocasión con una tela burdeos al fondo y dos enormes macetones a cada lado, para marcar el espacio, dado que se alzaba solo a treinta centímetros por encima del resto de la sala. Prodigos de las inversiones en la enseñanza pública.
Ya había acabado el desfile de los de primero de la ESO; portaban carteles que, en letra góticas, resaltaban el comienzo de obras famosas. Mientras ellos se movían por el escenario, una pareja de estudiantes, chico y chica, los leían en alto. Me encontraba sentada junto a Marcos, profesor de química con quien de vez en cuando compartía un café en el recreo. Me caía bien, no obstante, era muy dado a opinar de todo, y tan crítico (o amargado, nunca se sabe con este tipo de persona qué daño le ha propinado el mundo), que yo tardaba días en digerir esas opiniones; sin embargo, si andaba de tanto en tanto con él, sería porque yo bailaba la misma danza, supongo, que tampoco me voy a poner ahora de dulce ingenua. Conocedora de que era un amante de los libros le pregunté si había preparado algo con los alumnos para la ocasión.  
—No creo en estos actos.  Dudo mucho que, porque se lean cuatro poemas del Cervantes de turno, se engarcen frases encadenadas de la literatura universal, o intercambien libros los profesores (lo que muestra que leen poco, dado que no temen que les regalen uno malo o repetido) se estimule la lectura y hagan honor al libro. Esto solo sirve para el escaparate, querida Alicia. Claro, lo organiza el departamento de Lengua y se le supone amante de la lectura, pese a que me he encontrado entre sus miembros a poquísimos lectores apasionados. Saben menos de literatura universal que yo de la cría del cangrejo. No tienen tiempo.  
Su respuesta me dejó muda durante un rato y me sorprendió la generalización. Más audaz que las mías, guau. Y recordé: 
—Bueno, yo sí me he tropezado con ellos. Algunos forman parte de clubs de lecturas y hasta escriben. Ahora me acuerdo de una profesora…
—Chisss —. Mandaron a callar de la fila trasera. Iba a mirar quién, pero en ese momento se subieron al estrado la directora y la jefa de estudios. Se hizo, pues, el silencio.
—Buenos días, estimados alumnos y alumnas. Voy a ser breve, porque hemos venido aquí a disfrutar de una bonita velada literaria en la que queremos rendirle honores a un objeto muy apreciado en nuestras vidas y que tanto nos aporta: el libro. No obstante, estos días, un hecho ha entristecido el clima de nuestro instituto. Por desgracia, nos ha dejado Miguel, el profesor de Geografía e Historia. —Quien hablaba era Julia, la directora. Sus palabras se mezclaron con el principio de algún sollozo aislado que recorrió la sala. A estas alturas de la semana ya todo el mundo sabía del infarto del hombre; supe que entre los estudiantes de la última clase que impartió, la de segundo de la ESO A, varias chicas lloraron con desconsuelo en el momento en que se enteraban, a tercera hora del martes. Ya, en la hora del recreo, se habían recuperado y sus risas y codazos volvieron a ser manifiestos—. Hemos averiguado que él era una apasionada de los libros y de la música; por eso, pensamos que la mejor manera de homenajearle y recordar su entrañable figura es a través de la poesía de su cantautor favorito, Mirlo Tejeda. Antes, Marta, nuestra jefa de estudios, va a dedicarle unas sentidas palabras al querido Miguel, quien, dondequiera que esté, seguro que será en la mejor compañía porque un alma noble como la de él no se merece otra cosa. Ella es una de las profesoras que más ha lamentado la desaparición de nuestro compañero y se ha ofrecido de todo corazón a dedicarle un último homenaje.
—” Alma noble”; cuánta tristeza derrochan estas mujeres —oigo que me susurra al oído Marcos. Me sacudí de encima el pesar al que me condujo las frases de Julia y lo miré; no pude adivinar la intención que escondía. Me encogí de hombros y luego visualicé a la banda de cornetas y tambores de mi pueblo, todos vestidos iguales, camisa blanca, corbata y pantalón negros, circunspectos para la ocasión, dando un mandoble a modo de presentación. Sacudí la cabeza para alejar esas imágenes inoportunas.
—Muchas gracias, Julia. —Se hizo el silencio un instante y pareció que Marta intentaba inhalar aire para continuar. Suspiró, acercó el micrófono a su cara y continuó—: Para todos nosotros, y en especial para mí, ha supuesto una tremenda tristeza saber que Miguel ya no nos acompañará más. Llevaba poco entre nosotros, sin embargo, supo hacerse un hueco que nadie podrá ocupar del mismo modo, con su sencillez, honestidad y simpatía. Era la mejor persona que cualquiera desearía como compañero de trabajo, pues siempre se prestaba a colaborar en lo que le pidieras. A la vez, muy culto y con un gran saber en Historia, la especialidad que amaba. Era tan buen profesional que le movía unas enormes ganas de comunicarle todo ese saber al alumnado; precisamente, este lunes, última vez que lo vi, me expresó el deseo de que los estudiantes no cesaran de aprender nunca. Me dijo que el futuro es de ustedes y que es necesario la formación en esa andadura hacia adelante. Seguro que, donde se halle, nos estará viendo y deseándonos el mejor camino —De nuevo la banda de cornetas y tambores golpeó el mazo y emitió luego un toque largo de cornetín; esta vez no alejé la imagen: no pude. —Ahora acabamos este homenaje con una melodía de su cantautor favorito.  Su mujer nos dejó el disco y es una primicia, pues nadie conocía al cantante ni lo hemos oído antes. Primero, le dedicaremos un minuto de silencio en señal de respeto: Miguel, que en paz descanses allá donde estés; tu pérdida será irreparable. Pongámonos en pie, por favor. 
Otra vez al oído, y antes de enmudecer, me llegaron las palabras de Marcos: 
—Pobre hombre; la verdad es que fue un mazazo su muerte. No sabía yo que fuera tan apreciado entre el equipo directivo. Quién lo diría. 
No dije nada, estaba enfrascada oyendo en mi mente a la banda de cornetas y tambores. Me puse en pie, con todos, y disimulé el silencio un largo minuto. Nunca he entendido muy bien con qué objeto se practica este enmudecer y por qué se ha extendido tanto en los últimos tiempos. Quizá la canción que comenzó a sonar, qué casualidad, después del aplauso caluroso, ofreciera alguna clave: 


“Bien socializado, bien educado, bien integrado
Aplaude con todos, elogia a la vez,
Admira sin igual, homanejea
Públicamente. No pienses.

Mundo de celofán,
Sonrisas, palmadas y buenos deseos, disimulos.
Espectáculos del amor, amistad y admiración.
Perpetúa las apariencias.

Realidad de cáscara de nuez.
En silencio.

Vive en sociedad, sé adiestrada, sé educada
Continúa el espectáculo, las loas, los minutos de silencios.
Aplaude, aplaude. Aplaude, aplaude.
Públicamente. No pienses.

Teatros de homenajes, alabanzas e imposturas
Verdad disfrazada de loas,
Halagos y aplausos.
Premios, likes y exposiciones.

Realidad de cáscara de nuez.
En silencio

Hoy te admiro, soy espectador, hoy cumplo: halago colectivo.
Te homenajeo, aparento, soy todos.
Hoy soy social.

Mundo de celofán.
Sonrisas, aplausos y buenos deseos, disimulos.
Espectáculos del amor, amistad y admiración.
Públicamente. No pienses.

Realidad de cáscara de nuez
En silencio.”


Observación: este relato es ficticio; el parecido a cualquier persona es debido a que todo se parece, todo es mezcla de todo y, no obstante, cada cosa y persona tiene su propio detalle, imposible de imitar.

Más observaciones: las fotos no tienen nada que ver con el relato o sí. Apariencias.



Situaciones de aprendizaje. (Relato) -
(c) -
AngelesImpíos


44 comentarios:

  1. Ana linares1/7/17 9:06

    Me encanta leerte de nuevo,leer tus relatos bien definidos,con esa ironía,con la buenísima descripción de los personajes y las situaciones..Me gustó mucho,me parece buenísimo y como me ocurre con todos tus antetiores lo visualizo.En definitiva me encantó,bravo.Hasta pronto,un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, preciosa. Me alegro de que siempre visualices las escenas de mis relatos. Un beso.

      Eliminar
  2. Buen relato para reflexionar,Ángeles. Me da la impresión que nos has dejado tarea para este verano.
    Una exposición muy clara de la enseñanza secundaria y creo que también debe pasar en la Unversitaria.
    Es muy duro leer esto, y a pesar de que nos dices de lo ficticio de el. Eso sale de la realidad, como todo lo ficticio; por eso lo veo tan creíble.
    De todas las preguntas que se hace la narradora, me quedo con esta. ¿ Y que será de estos chicos en el futuro? Mi respuesta sería , que ya estamos construyendo hace mucho tiempo, una sociedad a su medida.; libre de dialogar y de razonar. Y así no va a ir.
    Se te agradece ese toque de humor ( como siempre ), para hacernos más fácil la digestión del relato.
    Aunque la letra de la canción nos de una pista por dónde va el relato. No quisiera dejar de tener algo de esperanza, sabiendo que existen, muchas Alicias, Marcos y Migueles. Se les ve su vocación, por hay creo que vienen parte de esos problemas. Y también, que hay alumnos que de vez en cuando ( aunque sea tarde ) se lo reconocen.Eso debe dar mucha fuerza para seguir peleando.
    Felices vacaciones,Angeles,y un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El tema de la educación se está convirtiendo en una cuestión peliaguda. En la actualidad cuenta el número de aprobados, no tanto la calidad de ellos. Por otro lado, se ha rechazado el esfuerzo, la superacion, los méritos y, como lo que cuenta al parecer es que apruebn la mayor cantidad de personas, se han ideado estrategias para que esto suceda.Debido a estas estrategias aprobamos (yo también) a alumnos que no saben ni escribir un párrafo con sentido ni pensar un frase con coherencia. Buscamos la nivelación por lo bajo. Esto ya no se levanta porque los portavoces de la educación hablan sin saber y su pasión por un aprendizaje «práctico», «competencial» ha contaminado la educación de simplezas y recetas «mágicas» absurdas.
      Un abrazo, Miguel. Muchísima Muchísimas gracias por tu comentario.

      Eliminar
  3. Relato duro por lo realista. Crítica más que acertada al sistema educativo y, al tiempo, a la dualidad de las personas, capaces de tratar a alguien poco menos que de inútil para ensalzar sus presuntas virtudes cuando ese alguien pasa a mejor vida. No me ha gustado, me ha encantado (el recurso de los saltos atrás y adelante en el tiempo está muy, pero que muy bien utilizado). Te felicito, eso es escribir.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias, Manuel, esa dualidad de las personas y esa falsedad que se demuestra de cara a la galería me supera en numerosas ocasiones. Vivimos en el afán por el homenaje y la celebración y esas muestras no son sino otra cara de la hipocresía. Y de la educación... Ay.
      Feliz día, y muchísimas gracias.

      Eliminar
  4. Tremendo relato. Por lo cerca que nos queda a los que convivimos a diario con esos chicos de la ESO, más tremendo aún.
    Tengo en mi centro profesores de los que siempre he pensado que deberían plantearse el buscar otra ocupación. Los gritos y ruidos que oigo en algunas clases, también me han tentado a ofrecer mi ayuda y también me he quedado sin caer en la tentación por no poner en evidencia al profesor de turno. Con lo mal que lo paso los cursos que tengo algún grupo difícil, no entiendo como lo soportan los que cada día y cada grupo les supone enfrentarse a algo con lo que no pueden o no saben lidiar. Afortunadamente, en mi centro suelen recibir bastante apoyo, pero eso no evita el mal trago que sufren cada hora de cada día.
    Muy realista el relato.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Rosa, se nota que te llamó más la atención la excusa (aunque es un gran problema) con la que inicio el relato, el del profesor que no sabe llevar una clase. Me hubiera gustado, como compañera de profesión que eres, saber tu opinión sobre los otros dos temas principales que nombro y si en tu comunidad y centro también se dan. Un abrazo y muchísimas gracias por leerme.

      Eliminar
    2. Sí, quizás me quedé en esa primera parte por no extenderme en exceso. Para mí, la lacra mayor a la que nos tenemos que enfrentar es a la poca educación que reciben algunos chicos en sus casas. Se nota que son los que mandan y que se les da demasiada bola.

      Eliminar
    3. En mi comunidad, la lacra mayor es el escaso nivel de exigencia que promueven las autoridades educativas. Cada año me viene el alumnado peor preparado. De hecho, cuando les mando una tarea les envío las instrucciones por correo electrónico e intento no escribir más de seis líneas, porque me dicen que no entienden lo que les escribo porque uso palabras ¡¡muy raras!! Desde hace años hay un exceso de actividades extraescolares y celebraciones varias. Ir a un Centro escolar de Bachillerato y ESO es similar, para muchos, como acudir al teleclub del pueblo. Y se viene premiando desde años al profesorado que más invierte en tiempo y en recursos en animar al instituto de actividades varias que, en realidad, en poco contribuyen para sacar al estudiante de su ignorancia.Lo que tú hagas en tu aula para que salgan de ella no importa y no se reconoce. El espectáculo, sí.

      Eliminar
    4. No quería meterme en ese jardín, pero ya que lo sacas tú, entraré. En los últimos tiempos he coincidido unas cuantas veces con gente que ha estado en Canarias dando clase (sucede lo mismo con Andalucía) y están asombrados de la diferencia de nivel y de exigencia con respecto a Cantabria (a mí me pasó lo mismo cuando llegué a Cantabria con respecto a León, siendo más alto en León). Está claro que hay mucha disparidad entre unos sitios y otros.
      Nosotros también hemos tenido que bajar el nivel de exigencia, pero, por lo que dice la gente que viene de ahí, mucho menos.
      No me suelen gustar este tipo de generalizaciones, pero algo debe de haber.
      Un beso.

      Eliminar
    5. Me parece interesante lo que apuntas. Es bueno saber que hay lugares en los que la situación no es tan deprimente. Incluso para pensar en acumular puntos y jubilarme por ahí. Un beso, Rosa.

      Eliminar
  5. He dado clase en secundaria y aunque fue ya hace mucho tiempo, he sentido sensaciones parecidas. Desgraciadamente la enseñanza en nuestro país requiere que le demos una vuelta, ¿no te parece? En todo caso me gustan tus relatos,... ese "tempo" que imprimes es muy tuyo y hace que la lectura fluya con una enorme sensación de serenidad, a pesar de las circunstancias que se estaban viviendo en ese instituto.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Requiere que le den la vuelta, pero que no sean los portavoces principales ni las autoridades educativas (que no se enteran de nada), ni los que dirigen las asociaciones de padres y madres (que se enteran mucho menos) ni los pedagogos americanos. Un beso, Norte.

      Eliminar
  6. Me ha gustado tu forma de relatar esos momentos tan dramáticos que aunque digas son ficticios todos sabemos que ocurre a diario por desgracia, la muerte de Miguel quizá sea una hipérbole que muestra la frustración de tantos enseñantes. Lo más penoso no es, desde mi punto de vista, la decepción del que con toda ilusión comienza una labor como es la docencia para muchas veces encontrarse lo que relatas, lo peor es el resultado a corto plazo en las personalidades de los alumnos. Muy dura realidad. Un saludo afectuoso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Maru, son ficticios en el sentido de que no retratan un centro concreto, a ningún profesor conocido o directiva específica. No tiene que ver con nadie en particular pero recoge el aire general que, desde mi perspectiva, me he encontrado en los institutos donde he dado clases. Veo dura la realidad y la auguro peor aunque las cifras de fracaso escolar mejoren.
      Un saludo cariñoso, y muchas gracias por tu comentario.

      Eliminar
    2. Es lo que hay. Cuanto más distraidos e ignorantes, mejor para el sistema.

      Eliminar
  7. Parece muy realista este relato aunque digas que no tiene que ver con la realidad. Estuve un tiempo entre profesores y estudiantes de EGB y COU y lo que percibía en las aulas y entre los profesores era algo parecido a esto. Los alumnos ya no eran tan disciplinados y los profesores no sabían como lidiar algunas clases. Algunos profesores estaba amenazados e incluso se encontraban rayados los coches. Alguna profesora con el tiempo me decía que cada año los alumnos venía peor preparados de la ESO. O sea que ahora con los recortes no se que puede pasar. Bueno me ha gustado tu relato. Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, María del Carmen, como le dije a Maru son ficticios en el sentido de que no retratan ninguna circunstancia concreta, pero recoge el aire general que me he encontrado en los institutos por donde he ido y tiene que ver más con las políticas educativas de nivelar por lo bajo. Esto me parece más grave que la disciplina.
      Un saludo afectuoso.

      Eliminar
  8. Madre mía que gran relato has escrito. Muy real aunque muy duro, y me ha encantado la manera de profundizar en los problemas que generan los adolescentes y sus padres, a veces pienso que la culpa es de ellos, porque ejercer de padres conlleva demasiado tiempo y es más rápido o fácil consentirlos para que estén contentos. Yo no he trabajado nunca en un instituto, pero recuerdo que cuando estudiaba alguno que otro cogió la baja por depresión. De eso hace unos 16 años, y ahora los jóvenes son bastante peor, así que no me quiero imaginar lo poco gratificante que resulta.
    Felicidades por tu relato, es de 10. Un beso guapa!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que lo que es peor es la preparación con la que vienen los alumnos; la disciplina, como he comentado más arriba, no me parece lo más grave. Por ahora.
      La peor lacra es el escaso nivel de exigencia al que nos conducen las autoridades educativas. Además, desde hace años hay un exceso de actividades extraescolares y celebraciones que no contribuyen a mejorar el nivel del alumnado, sino, en muchos casos, a perder el tiempo. Como dije, un Centro escolar de Bachillerato y ESO se parece en ocasiones a la asociación de vecinos del pueblo. Pero eso se promueve desde la Consejería: es premiado el profesorado que más invierte en tiempo y en recursos en animar al instituto en actividades mientras que las de enseñanza-aprendizaje del profesorado en su aula son indiferentes.
      Un besazo, María.

      Eliminar
  9. Un relato que me ha encantado (por lo bien escrito que está) y que me ha estremecido (por la realidad tan cruel que cuenta).
    Reflejas muy bien el terrible problema que tenemos con nuestros jóvenes-adolescentes, esa paranoia por que sean felices (¿desde cuándo la vida es felicidad y es fácil?) se traduce en dejarles hacer lo que quieran, o según algunos, dejarles que se desarrollen sin cortapisas.
    La disciplina, ese concepto tan denigrado, ya no es buena. Ante todo no hay que traumatizar a los niños, por eso hay que dejarles que hagan lo que les apetece y no pueden recibir un "no" por respuesta. Por lo visto, que esos niños se conviertan en auténticos zoquetes y que no sepan vivir en comunidad no es traumático. En fin, no me extiendo porque el tema daría para mucho.
    Desde aquí quiero manifestarte mi absoluto apoyo a todos los que os dedicáis a la educación de los adolescentes. Os admiro muchísimo. Yo también doy clase pero a alumnos universitarios y esos ya son algo más manejables, aun así lo llevo mal, no soporto la indolencia y el pasotismo que se da en algunos.
    Un abrazo y ánimo porque muchos padres sí creemos en la disciplina y en los exámenes como herramienta para evaluar conocimientos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La disciplina no es el peor problema, lo usé como excusa para arrancar el relato. Es un problema más, pero veo otros más graves. Como he comentado, es el escaso nivel de exigencia que defienden las autoridades educativas la peor lacra. Cada año viene el alumnado peor preparado y hay una sobreabundancia de actividades extraescolares que distraen, entretienen, hacen perder el tiempo, pero no forman gran cosa. Demasiadas alforjas para tan corto viaje.
      Quizá no puse el acento bien en el quid del problema y da la sensación de que crítico solo la disciplina. Es la mediocridad, la incultura, lo peor de nuestra sistema educativo porque es lo que se defiende en la política desde hace años. Porque esto viene de atrás: nivelación por lo bajo para aprobar a un gran número de personas.
      Un gran beso.

      Eliminar
  10. Buff tremendo Ángeles, el relato y la reflexión que sugiere.
    ¿Qué estamos haciendo con los chicos? ¿Y los límites? ¿Todo vale? Es evidente que nos estamos equivocando, que estamos perdiendo los papeles con la educación tanto en casa como en la escuela, no todo está permitido, no y poner límites no significa no querer sino educar y hace falta que en las familias, en la escuela y en la sociedad recuperemos el papel que se necesita para hacer de los chicos personas de calidad, no criaturas consentidas que se creen los mejores del mundo mundial (que no lo son) y que no saben qué significa el esfuerzo o la frustración, la curiosidad o las ganas.

    Es importante repensar el papel de la educación también en nuestras escuelas y que los políticos afronten de una vez que las escuelas necesitan medios y consenso entre todos los partidos y que no se puede ni cambiar ni usar la educación en función de los intereses de los que mandan.

    Un beso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Conxita, como apunté en los comentarios anteriores no crítico solo la disciplina. Los otros temas eran más mi prioridad pero puede que se hayan camuflado, aunque no fue esa mi intención.Quizá este arranque del relato es el que más ha llamado la atención (así veo en los comentarios que se han centrado en eso) pero, con ser preocupante, hay otros que quise resaltar más: la mediocridad, la incultura, que es lo que se fomenta en nuestro sistema educativo; se defiende en la política desde hace años. Le dan una mala solución al fracaso escolar: nivelación por lo bajo para aprobar a un gran número de personas. Quise destacar también la hipocresía de las celebraciones sociales y la de todos nosotros en el halago cansino y falso hacia el otro estando en público.
      Un abrazo, mi niña.

      Eliminar
  11. Pepe Arbelo3/7/17 11:49

    Hola Ángeles:soy Pepe Arbelo. Totalmente de acuerdo con el sentido crítico y la fina ironía que en ocasiones utilizas. En general el relato me ha gustado mucho de principio a fin y me identifico completamente con el punto de vista del narrador/ ora en este caso; me hubiese gustado leérselo a muchos excampañeros meapilas que sufrí. Solo me sobra algo la canción o poema final, lo veo muy prosaico o demasiado evidente con respecto a lo que se narra anteriormente.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jo......, será evidente, pero mira que todo el mundo lo pasa por alto en este relato. No sé, quizá tienes razón, pero me tiene hasta las narices tanto homenaje, celebración, halago etc, hipócrita y quería destacarlo y que, además, fuera la canción preferida del que se acababa de morir.
      Muchas gracias por tu comentario y me gusta que digas que te sobró. También me harta que no haya ninguna crítica entre la gente que me comenta, y que todo sean parabienes, en lo que escribo. Algo falla cuando todo el mundo elogia. Y este mundo bloggero es un continuo mar de halagos. Uf.
      Un abrazo.

      Eliminar
  12. hola angeles! ni que decirte que la situacion aqui en argentina es horrorosa, aprueban a todos porque los profesores tienen directivas de los inspectores, ya no se repite, se pasa igual y el nivel es terrible. llegan a la secundaria sin leer ni comprender, ni escribir respuestas de mas de un renglón, y en cuanto a nivel aula siempre están de fiestas , gritos o paseando, asusta y espanta ver lo que se construye o se destruye mejor dicho. que triste que en todas partes suceda lo mismo, la comodidad, apatía, desidia,etc. gracias y quedas compartida!del homenaje coincido con la hipocresia total, es mas a la semana ni se acordaron mas del pobre profesor.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Qué casualidad que la educación española vaya por misma deriva que en Argentina. Aquí también sucede que si un docente tiene muchos suspensos la desconfianza que genera a su alrededor es mayor que si tuviera a toda la clase aprobada. Si no haces nada en el curso, o muy poco para disimular, pero apruebas a todo el mundo, la cosa va bien, entonces. Al revés, no.
      Yo no entiendo mucho el por qué de los homenajes. Me huelen mal.
      Un beso, Buhos.

      Eliminar
  13. Vaya relato para empezar las vacaciones. Cualquier profe ha vivido situaciones parecidas y estos temas (la cultura del esfuerzo, el conflicto entre "lo nuevo" y "lo de antes", el ambiente de confrontación, la disciplina, la falta de vocación, etc.) salen a la palestra en cualquier conversación sobre la enseñanza en España (aparte de otro tema, universal, que es la hipocresía y que yo también he visto en tu relato).

    Ya decía José Antonio Marina que para educar a un niño hace falta una tribu entera y en España no hay concordia entre los diferentes miembros de la comunidad educativa. Los padres recelan e incluso están enfrentados a los profesores (en parte por sus propias experiencias escolares en tiempos en los que si había "disciplina", aparte de la envidia por las vacaciones); los profesores a menudo están picados entre ellos; los equipos directivos son a la vez profesores, sistema que detesto y es fuente de malentendidos, como poco; los alumnos ven al profesor como enemigo, al padre como enemigo o aliado, según les convenga y entre ellos tampoco que haya concordia a veces. Es una guerra de todos contra todos, como diría Hobbes y desde mi ingenuidad, creo que donde se consigue implicar y crear concordia entre los diferentes miembros de la comunidad educativa, las cosas van un poco mejor. Siempre me llama la atención que a mis alumnos les sorprenda verme haciendo cosas normales: tomando unas cañas, haciendo deporte o en un concierto (hasta si me corto el pelo o dejo barba). En cierto sentido, nos deshumanizan y eso no sirve para darnos autoridad, sino para romper cualquier empatía.

    Un tema muy interesante, Ángeles. Sobre libros, uno de mis favoritos es "Mal de escuela" de Daniel Pennac. Y claro, "La clase", de Francois Bégaudeau, no se si has visto la peli. Hace un par de años leí reseñas muy positivas de "La edad de la ira" de Fernando G. López, pero no lo he leído.

    Nada, a desconectar se ha dicho, jaja.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas

    1. Yo este año no he estado mal en mi Centro, por eso este relato va más allá de un instituto en concreto. Quiero denunciar lo que nombras al principio, la poca cultura del esfuerzo y las estrategias que se inventa la Consejería para combatir el fracaso escolar. Las cifras mejoran en paralelo a cómo empeora el nivel académico del alumnado. Has hecho tan buen resumen de todos los frentes de este problema que poco tendría qué añadir. Lo de la falta de empatía es cierto; yo también lo he pensado. Para muchos no somos esas personas que va a instruirles sino enemigos.
      No conozco esos libros. Muchas gracias por recomendármelos y los tendré en cuenta. Un beso. en Situaciones de aprendizaje. (Relato)

      Eliminar
  14. El desaliento, la hipocresía, el desinterés, la falta de respeto, y los verdaderos sentimientos, hay mucha tela para cortar acá.
    Tengo un conocido en España, que es profesor, y no la pasa nada bien últimamente. Dudo que se muera de un infarto, pero...
    Muy bien narrada la historia.
    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias, Raúl. Mucha tela, como tú dices. Un saludo.

      Eliminar
  15. ¡Hola Ángeles! ¡Bufff, me ha llegado mucho tu nuevo relato! Mi profesión durante 11 años ha sido la docencia y creo que reflejas a la perfección ciertas situaciones que, por desgracia, se producen frecuentemente en este ámbito. Una de las cosas que peor llevaba de mi trabajo era el tener que mantener la disciplina; me generaba una tensión indescriptible. El caso es que me encanta cómo has narrado la historia y la estructura que has escogido; que los días estén "desordenados" le confiere un punto de dramatismo muy sugerente. Y, bueno, creo que reflejas a la perfección ese dilema entre la enseñanza tradicional y las nuevas metodologías, que no es siempre fácil de conciliar. También me ha parecido acertadísimo cómo narras la relación entre los profesores y el equipo directivo; te juro que ha sido como recordar cualquiera de mis días en el colegio. ¡Enhorabuena, Ángeles, y mil gracias!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Genera tensión establecer el orden en una clase y, si esa tarea no la aplica todo el profesorado por igual, más tensión porque todo el peso recae en menos hombros. Es verdad que planteo el dilema entre ambos tipos de enseñanzas. Me alegro de que tus experiencias se vean reflejadas. Un abrazo, D.P.

      Eliminar
  16. El pan nuestro de cada día... Un beso.

    ResponderEliminar
  17. Pablo profe de Filosofía17/7/17 11:16

    Entretenido relato de la realidad cotidiana de loslas docentes docentas. 120 por ciento exacto.... Héroes y heroinas

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¿Docentas?, ¿ya debo decirlo así para ser más políticamente perfecta? Uf, no sé si podré tanto. Muchas gracias, Pablo, muy amable por comentarme. Un saludo.

      Eliminar
  18. Ay, Ángeles, tenía un comentario largo escrito y no sé qué he hecho que lo he perdido. Bueno te decía que comparto bastante la crítica latente en tu relato. Es un mundo que ambas conocemos bien, por tanto no voy a redundar más en ello, solo aplaudirte la idea de rendirle ese homenaje a tantos y tantas profesores anónimos para la mayoría, pero que tú y yo podríamos ponerles nombres. Un compañero muy cercano me decía, no hace mucho, que había ido al médico recientemente por motivos coronarios y que el médico le había interpelado "¿Pero qué les pasa a uds los profes que todos se enferman del corazón?". Hay gente que, lamentablemente, debe elegir entre su salud o ser pasota, dados los derroteros educativos y toda la aristocracia educativa que se considera con autoridad moral para decirte cómo enseñar, es decir cómo aprobar, que es lo que en definitiva persiguen.
    Muy apropiado tu relato para la conferencia que recomiendas en Facebook, o muy apropiada la conferencia para tu relato.
    Gracias por ser una de las que te mantienes con firmeza, incluso desde la literatura comprometida.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Qué casualidad la conferencia y la entrevista a la sueca que apareció en el periódico. Son posteriores a mi relato pero supusieron un refuerzo ideológico (y moral).
      Es curioso lo que nombras del pasotismo como vía para salvarse de la quema (lo vengo observando desde hace tiempo), pues, precisamente, los adalides de la "nueva, práctica, significativa y dinámica" pedagogía se han erigido, con sus métodos "activos" como los terapeutas que curarán de una vez por todas la desmotivación del profesorado, cuando es al contrario: esta "innovadora" pedagogía es la causante de la desmotivación, además de ser el paraguas que acoge a los más ineptos pero más "dinamizadores" del espectro educativo.
      Sí, no sé por qué motivo mis últimos relatos me están saliendo más críticos, será porque he sustituido las reflexiones que antes escribía por los relatos y a estos le añado la guinda crítica.
      Un abrazo, querida mía.

      Eliminar
  19. Hola Ángeles.

    Observo que la mayoría de los comentarios sobre tu texto, que no comento, creo que va bien servido ya!, están hechos por personas del gremio o afines. Por ello nada tengo que añadir.

    Destaco eso sí tus palabras de: "mar de halagos", "docentas", porque creo que encajan perfectamente con tu talante del momento en que fueron escritas. Y puede que también con ese sesgo personal que se percibe.

    Y sí, algo falla cuando todo el mundo elogia. Uf... :))))

    Abrazos.

    ResponderEliminar
    Respuestas


    1. Hola, Ernesto, bienvenido: Dije lo de mar de halagos porque observo, en los blogs que visito, que todos los comentarios previos son muy favorables: todos los relatos, textos, reseñas son magníficos, entretenidos y muy bien escritos. Y eso es imposible. Se dan, en ese caso, dos circunstancias: o somos hipócritas (y flaco favor le hacemos al quehacer literario, pero, por contra, no herimos la autoestima del escritor o escritora); o somos sinceros y expresamos los fallos que percibimos como lectores. Esto no ocurre. Yo, aunque vea errores, no me atrevo a sugerírselos a nadie por miedo a molestarle. Por el contrario, a mí me gustaría que me los indicaran pues, si bien corrijo cada relato muchas veces, hay detalles que se me escapan. Sé que la gente, en general, defiende la sinceridad: suele ser de boquilla. En la realidad se apuesta más por mantener la autoestima a flote que por realizar un trabajo bien hecho.
      Nadie me ha comentado el relato desde un punto de vista literario: estructura, diálogos, situaciones, ritmo, lenguaje, y es una pena. Ese es el comentario principal que siempre echo en falta
      Un abrazo, Ernesto.

      Eliminar