30 de junio de 2017

Situaciones de aprendizaje. (Relato)



Lunes, 19 de abril, a las 13:18

Evidente: este hombre no servía para aquello. Desde mi pupitre de guardia lo oía desgañitarse en ese momento, y en todas las ocasiones que me tocaba vigilar el edificio de la ESO. Imaginaba que el griterío de la clase, y los chillidos exasperados del profesor, se escapaban en forma de humo denso y grisáceo por debajo de la puerta, por los goznes que la unían a la pared y  por las ventanas que daban al aparcamiento de atrás; suponía que alcanzarían a los alumnos que practicaban ejercicios en la cancha; a los profesores que, aprovechando unos minutos de la hora complementaria, se tomaban el café para reponer fuerzas; al personal laboral de conserjería y a la mujer de la limpieza, quien, sobresaltada, seguro que emitía un respingo y se le caía el palo de la fregona. Hasta a los visitantes ocasionales que iban a recoger su título de bachiller les rodearían los decibelios desmesurados; quizá tuvieran que pedir un corrector para rectificar el fallo que cometieron al rellenar el formulario, por distraerse.
Mucho ruido y pocas nueces; perro ladrador, poco mordedor.
Yo intentaba, desde el cambio de hora, concentrarme en la corrección de los exámenes; resultaba imposible. Ya había suspendido a dos alumnos que eran buenos estudiantes. Tuve que dar marcha atrás y volver a leer los ejercicios. 
Se oían ruidos de mesas y sillas movidas con violencia. Hasta me pareció escuchar a alguien que imitaba los sonidos de un animal, un perro o un cerdo.
Me levanté y me acerqué al aula. “Debo ofrecerme a ayudar, por algo cumplo la guardia”, me dije; pero antes de tocar en la puerta, a lo loco, debía meditarlo.  Puede que le molestara mi intromisión, era una manera de avisarle que no servía para llevar la disciplina de una clase y que, si esta le fallaba, a ver cómo impartía contenidos. 
Sonreí al decirme esta frase. La educación ha llegado a cotas tan inverosímiles que mencionar contenidos y disciplina en el mismo párrafo causa alarma en algunas mentes; los primeros, porque ahora solo se obtienen destrezas, habilidades, capacidades, competencias, … De este modo, se aprobará conque el diestro estudiante ponga un cordón a una lata de sardinas: habrá adquirido la competencia científica tras averiguar que los objetos se desplazan. El largo tiempo empleado para buscar el cordón y limar la lata es indiferente. Y la segunda, uf, tamaña palabra esa: cuánto apesta.
Perdida por los cerros del Teide no tuve tiempo de tocar en la puerta. Esta se abrió con un estruendo mientras una alumna salía en estampida desperdigando palabras a su alrededor:
—¡¿Cómo que no puedo ir al váter?! ¡¿Qué quieres tú, que me deje “mear” aquí! —No sé si se lo gritaba al profesor o al móvil que portaba en la mano. 
—¡Ithaisa, que fuiste al baño al principio de la clase! —Se lo gritaba al profesor. Este, en la puerta, vio como la alumna se escabullía por el pasillo. Dentro del aula las onomatopeyas de animales se mezclaban con las carcajadas. El hombre miró hacia los pupitres, arrugó el entrecejo y luego sus ojos se cruzaron con los míos. Por quedar bien, pregunté: 
—¿Necesitas ayuda, Miguel? ¿Quieres sacar a algún alumno? ¿Voy a buscar un parte para esa chica que salió sin permiso?
No contestó al instante. Se colocó bien las gafas, se atusó el pelo y me enfocó mejor. 
—Ya les he puesto partes, a ella y a varios más. ¿Han servido de algo? No, al contrario, se han vuelto contra mí: me han aconsejado que no lo haga por cualquier bobería. Para mí son cosas serias, pero la directiva no piensa lo mismo. Los he castigado sin recreo (me he castigado yo con ellos) y el escándalo, los malos modos, hasta los insultos, vuelven loco a cualquiera. 
Y sin embargo era alto, muy alto, tanto que iba doblado hacia adelante; por su altura, algunos puntos de respeto deberían de ir incorporados. Pues no. Quizá lo delgado, el acento extraño (una mezcla de ceceo y dificultad con la r) y ese bigote ridículo, con exceso de patilla, no jugaba a su favor. 
Los ruidos en el interior de la clase se habían recrudecido. No sé qué más iba a decir, porque salió una alumna alarmada y nos interrumpió:
—¡Profe, Zebenzui e Iserce se están pegando! ¡Vamos, rápido!
El hombre entró, yo me asomé desde la puerta y vi a un corro de zangalotes jaleando. No divisé a los que se peleaban, pero decidí que a mi sueldo le faltaba el plus de peligrosidad. Desde que lo percibiera, junto con la coraza, entraría.  Mientras, fui a buscar efectivos de defensa; a Marta, la jefa de estudios y, por el camino, a algún profesor fortachón, quizá al “vice” musculoso.

Martes, 20 de abril, a las 7:45

Cuando llegué a la sala de profesores, más temprano de lo normal, me extrañó ver a la jefa de estudios y a Julia, la directora, en conciliábulo en una esquina. Solían celebrarlos en sus despachos. La cara de la primera era un poema trágico.
Mi actitud resistente, cultivada desde pequeña hacia quienes ejercen el poder, me llevó a saludarlas con reservas,  mientras colocaba el paraguas en la papelera de la entrada. Luego, me acerqué a firmar en la hoja de asistencia, depositada sobre la mesa al lado de mil cosas más: papeles, libros de textos y folletos de los sindicatos; pronto, se les uniría los bolsos y maletas de los profesores en un desorden que acongojaba (y, a veces, cabreaba). Vi que ellas se miraban entre sí antes de que, al unísono, anunciaran:
—Miguel González, el de Historia, ayer sufrió un infarto. Falleció en dirección al hospital. Estamos consternadas.
—¡¿Cómo?! —Oí la exclamación de otro profesor detrás de mí, que entraba en aquel momento.
Yo me había quedado sin palabras, con la boca abierta, y consciente del escalofrío que me recorrió de arriba abajo. Si ayer hablé con él, yo, que apenas hablaba con casi nadie; si fui de las últimas personas en verlo y, sobre todo, escucharlo.
—¿Cuándo sucedió? —Preguntó de nuevo el recién llegado. Era un Centro con una plantilla numerosa, por lo que aún no me había aprendido su nombre. Ni el de él ni el de muchos otros; sin embargo, el de Miguel sí, y ya de poco serviría ese conocimiento. Mi excusa para no forzar la memoria, el escaso tiempo que llevaba en el instituto.
—Fue al poco de salir de aquí. Su mujer dijo que cuando llegó a casa ya venía mal. Llamó a la ambulancia, pero por el camino dejó de respirar —era la directora quien daba las explicaciones. Marta, la jefa de estudios, parecía sumida en un sopor, como si el muerto fuera su mejor amigo o el familiar más íntimo. Nos cruzamos la mirada y, antes de que ella bajara la vista, adiviné por qué en su rostro se concentraba toda la angustia del mundo. 
Ya eran más los compañeros que habían entrado; se había extendido por la sala una algarabía tensa, luctuosa, que congeniaba con el aire gris de la mañana. Alguien abrió las ventanas porque Maite, de esta sí conocía el nombre y sabía, además, que daba inglés, había sufrido una bajada de presión. Estaba sentada en el sillón y, a su alrededor, se congregó una pequeña parte del personal. El que abrió la ventana, para que se ventilase la sala, tuvo que cerrarla al ver que la lluvia, a bidones llenos, amenazaba con inundar el cuarto. 
Otra profesora, siempre hay una más diligente que nadie, y menos mal, se ofreció a buscar agua con azúcar. El resto, y el personal que iba llegando, formó un corro en torno a la directora y a la jefa de estudios. Yo alternaba entre uno y otro, pesarosa. 
—¿Padecía alguna enfermedad? ¿Colesterol, hipertensión, …? —Preguntó otro recién llegado.
—Parece que un poco de todo, aunque no en niveles alarmantes.  Alguna vez le llegó a subir la tensión, sobre todo, si se ponía muy nervioso, nos contó su mujer ayer —respondió Julia. 
Una profesora especuló sobre cómo se lo anunciarían al alumnado y cuándo; otro, que si se podrían anular las clases en señal de duelo. 
—No, por supuesto que no —contestó la directora—. Ya han llegado los chicos del transporte público y los padres sufrirían un patatús si tuvieran que recoger a sus hijos a estas horas. Además, con esta lluvia, impensable esa medida. Ahora nos vamos cada uno a nuestras clases y las impartimos con normalidad. Lo mejor sería esperar unos días para anunciar la noticia. No quiero que nadie se alarme o se sienta responsable de lo que pasó. Ya se sabe cómo son los chiquillos de impresionables; pobrecillos, no tienen culpa de nada.
—Dentro de cuatro días, en la celebración del libro, le haremos un sentido homenaje. Sin duda, se merece el mejor. Hoy mismo comenzamos a trabajar para ajustar la programación de ese día y dedicarle un espacio a él—apostilló el vicedirector.
—Esta tarde será el entierro. Sería bueno que le demostremos todo nuestro apoyo a su mujer y que sepa del afecto que sentíamos por Miguel. Aunque llevaba poco entre nosotros es como si formara parte de nuestra plantilla desde hace años. Ya lo hemos hablado y el centro colaborará con una corona en nombre de toda la comunidad educativa; si queremos otra de parte de los compañeros debemos comenzar a recaudar dinero ya — por fin oímos a la jefa de estudios. Habló en tono monocorde, muy diferente al animado con que solía dar instrucciones. Mostraba un aspecto distinto al habitual, como si no hubiera dormido la víspera. Era delgada, pequeña y de tez morena, de ese color de piel cetrino que acumula ojeras muy oscuras debajo de los ojos. Ahora estas estaban más negras y hundidas que de costumbre. Hasta su ropa, otras veces en tonos vivos y rematada con fulares brillantes, la llevaba apagada y sin adornos. Supuse que, tras enterarse de la muerte de Miguel, no pegó ojo en toda la noche. Normal.



Lunes, 19 de abril, a las 13:40

Cuando regresé al aula, después de avisar a Marta, a Julia, y a cuanto profesor me encontré por el camino, ya habían separado a los alumnos peleones. Mi acervo lingüístico carece de adjetivos para reflejar el alboroto de la clase. Mayúsculo, superlativo, … Se quedan cortos; e indescriptible, muy manido. Imagínense ustedes una sala pequeña donde veintimuchos estudiantes, de pie, forman grupitos repartidos por la estancia y de grupo en grupo se comunican con desparpajo, como si se encontraran en el patio de recreo. Entre ellos el imitador del perro y el del cerdo, quienes seguían con sus ensayos. Ni los empollones, si es que los había, permanecían sentados. Por supuesto, algunos se enseñaban los móviles con los que, supuse, habían grabado la pelea.  
 A Miguel lo acompañaba el de matemáticas y otro grueso, ya mayor, del que ignoraba qué impartía; creo que era de FP.  Entre los tres habían logrado separar a los contendientes; no obstante, aún se insultaban y hacían amago de volver a pegarse, sobre todo uno, el más robusto y colorado. No sé si sería Zebenzui o Iserce. No gozaba de la suerte de darles clase a esas prendas, sin embargo, el nombre de ambos sonaba cada semana por el instituto. 
El aspecto de Miguel daba muestras de la batalla: camisa con unos botones más desabrochados de lo normal, frente y cuellos sudorosos y cabello despeinado. Los otros dos profesores no ofrecían mejor apariencia. Uno de ellos hablaba en una esquina con uno de los alumnos belicosos y con una chica que gesticulaba y movía las manos en dirección al otro peleón.
La jefa de estudios y la directora llegaron acaloradas. Quien primero rompió a hablar fue Marta. 
—¡¡Vamos, a sentarse todo el mundo‼ ¡Se acabó la fiesta! —La mujer poseía una voz grave y punzante a la vez, como un latigazo, y su aspecto pequeño no le mermaba autoridad. Quizá el quid de ésta residiera en su piel morena y en su entrecejo fruncido de modo perpetuo, como si nunca estuviera relajada o nunca bajara la guardia.  Daba la sensación de que llevaba una agenda para apuntar el mínimo detalle y que, lo más complicado, se acordaba de consultarla. Yo le sacaba una cabeza, pero, evidente, ella imponía más. La prueba fue el silencio que se extendió por el aula, al hilo de su voz; incluso los conflictivos bajaron la cabeza y se sentaron de inmediato. 
La directora entendió que su figura no podría ser meramente burocrática ni achicarse ante la sombra agrandada de Marta e intervino con aspereza:
—Zebenzui, Iserce, vengan conmigo a mi despacho. —Y dirigiéndose a la jefa de estudios —: Mientras hablas con Miguel, les voy a aclarar un par de cosas a estos sujetos y a ver qué sucedió en realidad. En nuestro centro a los folloneros hay que pararle las patas. —Habló más bien para la galería, entretanto se los llevaba.
Marta me miró y entendí que debía hacerme cargo de la clase. Los otros dos profesores, los socorristas, se fueron con discreción. 
¡Oh, no!, una guardia a última hora en segundo de la ESO, si no son tus alumnos habituales, es una experiencia tan placentera como ejercer de diana ante veinticinco clientes furibundos a los que les ha fallado todo el sistema eléctrico de sus casas, les han escamoteado los ahorros por una recomendación dudosa de su inversor o perdido el avión por sobreventa de billetes. Son veinticinco personas -incluso en esa situación no dejan de serlo-, gritando y empujándose; o, los más calmados, sacándose fotos con el móvil, entre risotadas. 
¿Qué ocurre con la disciplina? Ese vocablo oloroso. Qué va, en esta escuela democrática nuestra ésta se desterró por sus reminiscencias dictatoriales. Ahora, como el aprendizaje es colaborativo, el profesor es el mejor amigo del hombre, digo, del alumno. Si te colocas por encima, ya alguien vendrá a ponerte en tu sitio, tal y como me sucedió el curso pasado con una madre: “¡A mi hija no me la va a “traumar” usted con sus exigencias!; ella necesita, ante todo, crecer como persona, ser feliz y que nadie me la acompleje, que es muy sensible. ¿Cómo voy a restringirle el móvil? ¿Y qué ocurre con su autonomía?” Eso sí, a final de curso me endilgó una reclamación por el suspenso de la niña. 
Consulté la hora, quedaban diez minutos, y respiré hondo. He de actuar, me dije, como una vez nos aconsejó un ponente en un curso de formación del profesorado: igual a las azafatas de las aerolíneas, quienes, imperturbables, y con una leve sonrisa, escuchan las quejas de los pasajeros a los que les han extraviado el equipaje; porque la cosa no va con ellas. ¿Tampoco esto conmigo? No sé para qué me formulo preguntas retóricas. 
Sin embargo, qué curioso, entre los estudiantes no se cruzaban ninguna palabra en aquella ocasión. Todas las pronunciaba Marta y, como la puerta se quedó abierta y ella estaba al lado, hablando con Miguel, el silencio en la clase era absoluto, para oír mejor, como el lobo de Caperucita:
—Miguel, ¿tú estás seguro de que quieres dedicarte a esto? Estás en prácticas y dudo si recomendar al final que no te las firmen o comunicarle a la inspección tu caso. Has tenido un montón de conflictos con el alumnado, hemos recibido quejas de los padres y así no podemos seguir. Primero, los chicos se aburren, les das unos contenidos muy teóricos y por eso la montan si tienen oportunidad; segundo, no sabes imponerte, hombre. 
No veía la cara de él, pero reconstruí su expresión, con el ceño más fruncido de lo normal, y más doblado hacia adelante para acercar su altura a la pequeña de Marta. No sé qué les pasa a muchos bajitos: lo que les falta de cuerpo les sobra de chulería. Y al revés con los altos. Qué bien estas generalizaciones; de un vistazo capto la ley general. Deformación de mi licenciatura en Biología; ya, si me equivoco, lo arreglo otro día.
—¿Se aburren? ¿Contenidos teóricos? ¿Y cómo doy la Edad Media, o el Renacimiento? Lo que sucede es que cada vez los chicos, por el uso del móvil indiscriminado, los PowerPoint, audiovisuales, se concentran menos.  Y lo de no saber imponerme, no sé… Cuando los he castigado tampoco recibí mucho apoyo y ya no sé qué hacer.
—¡¿Que no has recibido apoyo?! —El tono de Marta ahora se oyó más alto y acerado —Estoy harta de lidiar con los padres a cuenta de cómo das las clases, de los suspensos tan elevados y de lo que les mandas a estudiar. ¡Los chicos se aburren! ¿Me entiendes? ¡Se abuuurren! —Oí cómo arrastraba las sílabas —. Yo no soy quién para decirte lo que debes hacer, pero, por ejemplo, con dramatizaciones, obras de teatro, o juicios a personajes famosos seguro que aprenden más. ¿Para qué ese empeño en examinarlos a la manera tradicional? Si con trabajos en grupo, exposiciones, proyectos, puedes comprobar lo que han aprendido. Tú habrás hecho las situaciones de aprendizaje, sabes cómo trabajar.  Olvídate ya del aprendizaje memorístico. 
—¿E imparto Historia y Geografía mediante obras de teatro? No avanzaría nada. Y dudo que con trabajos en grupos se aprenda algo. La memoria es necesaria; no digo que memoricen sin entender. ¿Y qué será de estos chicos en el futuro? ¿Ignorantes toda la vida? ¿Y qué será de nosotros si la cultura va en retroceso?
Me imaginé que Marta, en este punto, se encogería de hombros. Observé a los alumnos, quienes seguían atentos a la conversación, muchos con una sonrisa en los labios y otros dándose codazos silenciosos, ¿de victoria? Debía cerrar la puerta: no lo hice. Luego me sentí culpable, al día siguiente.
—Miguel, la realidad se impone. Nuevo en esto no eres y ya debes saber que el aprendizaje ha de ser práctico. Has de innovar: la educación tradicional no sirve. “Obsoletaaaaa” —enfatizó Marta la palabra que yo detestaba—. Como te digo, has de adoptar nuevas medidas para ganarte a los chicos, porque, insisto, esta situación no puede repetirse. Ya lo hemos hablado Julia y yo, y estamos de acuerdo en que ninguna querría dar un informe negativo sobre tus prácticas.
No me enteré de la respuesta de Miguel ni lo vi más. Sonó el timbre de la salida e hízose de nuevo el escándalo, esta vez alborozado: nos íbamos.


Viernes, 23 de abril, a 12:30 horas

Estábamos en el salón de actos, celebrando el día del libro. Aunque no me importaría participar, no suelo implicarme gran cosa; siempre me coge liada esta fecha con la organización de otras actividades más relacionadas con el ámbito al que pertenezco, las naturales. De hecho, esa misma mañana había ido a plantar arbolitos a un jardín próximo al instituto con los chicos de mi tutoría. Me enorgulleció el entusiasmo que pusieron en adecentar aquel erial que no merecía el nombre de jardín.
El salón, abarrotado de alumnos y profesores, poseía una mala acústica y una disposición extraña. No sé en qué año se construiría, pero al arquitecto debieron de encerrarlo por causar daños irreversibles en diversas generaciones. Además de columnas en los laterales, lo que es lógico, se distribuían a capricho unas cuantas, por el pasillo central, con la única función de permitir que los agradecidos alumnos se ocultasen durante los exámenes. Unas sillas verdosas se alternaban con pupitres estrechos, cuya mesa basculante se daba la vuelta sola, porque la mayoría estaban rotas. Varios estudiantes habían sufrido caídas aparatosas.  Dos mínimas ventanas servían de ventilación, aunque las rejas dificultaban que se abrieran del todo. Se completaba el lugar con un escenario que improvisaban para la ocasión con una tela burdeos al fondo y dos enormes macetones a cada lado, para marcar el espacio, dado que se alzaba solo a treinta centímetros por encima del resto de la sala. Prodigos de las inversiones en la enseñanza pública.
Ya había acabado el desfile de los de primero de la ESO; portaban carteles que, en letra góticas, resaltaban el comienzo de obras famosas. Mientras ellos se movían por el escenario, una pareja de estudiantes, chico y chica, los leían en alto. Me encontraba sentada junto a Marcos, profesor de química con quien de vez en cuando compartía un café en el recreo. Me caía bien, no obstante, era muy dado a opinar de todo, y tan crítico (o amargado, nunca se sabe con este tipo de persona qué daño le ha propinado el mundo), que yo tardaba días en digerir esas opiniones; sin embargo, si andaba de tanto en tanto con él, sería porque yo bailaba la misma danza, supongo, que tampoco me voy a poner ahora de dulce ingenua. Conocedora de que era un amante de los libros le pregunté si había preparado algo con los alumnos para la ocasión.  
—No creo en estos actos.  Dudo mucho que, porque se lean cuatro poemas del Cervantes de turno, se engarcen frases encadenadas de la literatura universal, o intercambien libros los profesores (lo que muestra que leen poco, dado que no temen que les regalen uno malo o repetido) se estimule la lectura y hagan honor al libro. Esto solo sirve para el escaparate, querida Alicia. Claro, lo organiza el departamento de Lengua y se le supone amante de la lectura, pese a que me he encontrado entre sus miembros a poquísimos lectores apasionados. Saben menos de literatura universal que yo de la cría del cangrejo. No tienen tiempo.  
Su respuesta me dejó muda durante un rato y me sorprendió la generalización. Más audaz que las mías, guau. Y recordé: 
—Bueno, yo sí me he tropezado con ellos. Algunos forman parte de clubs de lecturas y hasta escriben. Ahora me acuerdo de una profesora…
—Chisss —. Mandaron a callar de la fila trasera. Iba a mirar quién, pero en ese momento se subieron al estrado la directora y la jefa de estudios. Se hizo, pues, el silencio.
—Buenos días, estimados alumnos y alumnas. Voy a ser breve, porque hemos venido aquí a disfrutar de una bonita velada literaria en la que queremos rendirle honores a un objeto muy apreciado en nuestras vidas y que tanto nos aporta: el libro. No obstante, estos días, un hecho ha entristecido el clima de nuestro instituto. Por desgracia, nos ha dejado Miguel, el profesor de Geografía e Historia. —Quien hablaba era Julia, la directora. Sus palabras se mezclaron con el principio de algún sollozo aislado que recorrió la sala. A estas alturas de la semana ya todo el mundo sabía del infarto del hombre; supe que entre los estudiantes de la última clase que impartió, la de segundo de la ESO A, varias chicas lloraron con desconsuelo en el momento en que se enteraban, a tercera hora del martes. Ya, en la hora del recreo, se habían recuperado y sus risas y codazos volvieron a ser manifiestos—. Hemos averiguado que él era una apasionada de los libros y de la música; por eso, pensamos que la mejor manera de homenajearle y recordar su entrañable figura es a través de la poesía de su cantautor favorito, Mirlo Tejeda. Antes, Marta, nuestra jefa de estudios, va a dedicarle unas sentidas palabras al querido Miguel, quien, dondequiera que esté, seguro que será en la mejor compañía porque un alma noble como la de él no se merece otra cosa. Ella es una de las profesoras que más ha lamentado la desaparición de nuestro compañero y se ha ofrecido de todo corazón a dedicarle un último homenaje.
—” Alma noble”; cuánta tristeza derrochan estas mujeres —oigo que me susurra al oído Marcos. Me sacudí de encima el pesar al que me condujo las frases de Julia y lo miré; no pude adivinar la intención que escondía. Me encogí de hombros y luego visualicé a la banda de cornetas y tambores de mi pueblo, todos vestidos iguales, camisa blanca, corbata y pantalón negros, circunspectos para la ocasión, dando un mandoble a modo de presentación. Sacudí la cabeza para alejar esas imágenes inoportunas.
—Muchas gracias, Julia. —Se hizo el silencio un instante y pareció que Marta intentaba inhalar aire para continuar. Suspiró, acercó el micrófono a su cara y continuó—: Para todos nosotros, y en especial para mí, ha supuesto una tremenda tristeza saber que Miguel ya no nos acompañará más. Llevaba poco entre nosotros, sin embargo, supo hacerse un hueco que nadie podrá ocupar del mismo modo, con su sencillez, honestidad y simpatía. Era la mejor persona que cualquiera desearía como compañero de trabajo, pues siempre se prestaba a colaborar en lo que le pidieras. A la vez, muy culto y con un gran saber en Historia, la especialidad que amaba. Era tan buen profesional que le movía unas enormes ganas de comunicarle todo ese saber al alumnado; precisamente, este lunes, última vez que lo vi, me expresó el deseo de que los estudiantes no cesaran de aprender nunca. Me dijo que el futuro es de ustedes y que es necesario la formación en esa andadura hacia adelante. Seguro que, donde se halle, nos estará viendo y deseándonos el mejor camino —De nuevo la banda de cornetas y tambores golpeó el mazo y emitió luego un toque largo de cornetín; esta vez no alejé la imagen: no pude. —Ahora acabamos este homenaje con una melodía de su cantautor favorito.  Su mujer nos dejó el disco y es una primicia, pues nadie conocía al cantante ni lo hemos oído antes. Primero, le dedicaremos un minuto de silencio en señal de respeto: Miguel, que en paz descanses allá donde estés; tu pérdida será irreparable. Pongámonos en pie, por favor. 
Otra vez al oído, y antes de enmudecer, me llegaron las palabras de Marcos: 
—Pobre hombre; la verdad es que fue un mazazo su muerte. No sabía yo que fuera tan apreciado entre el equipo directivo. Quién lo diría. 
No dije nada, estaba enfrascada oyendo en mi mente a la banda de cornetas y tambores. Me puse en pie, con todos, y disimulé el silencio un largo minuto. Nunca he entendido muy bien con qué objeto se practica este enmudecer y por qué se ha extendido tanto en los últimos tiempos. Quizá la canción que comenzó a sonar, qué casualidad, después del aplauso caluroso, ofreciera alguna clave: 


“Bien socializado, bien educado, bien integrado
Aplaude con todos, elogia a la vez,
Admira sin igual, homanejea
Públicamente. No pienses.

Mundo de celofán,
Sonrisas, palmadas y buenos deseos, disimulos.
Espectáculos del amor, amistad y admiración.
Perpetúa las apariencias.

Realidad de cáscara de nuez.
En silencio.

Vive en sociedad, sé adiestrada, sé educada
Continúa el espectáculo, las loas, los minutos de silencios.
Aplaude, aplaude. Aplaude, aplaude.
Públicamente. No pienses.

Teatros de homenajes, alabanzas e imposturas
Verdad disfrazada de loas,
Halagos y aplausos.
Premios, likes y exposiciones.

Realidad de cáscara de nuez.
En silencio

Hoy te admiro, soy espectador, hoy cumplo: halago colectivo.
Te homenajeo, aparento, soy todos.
Hoy soy social.

Mundo de celofán.
Sonrisas, aplausos y buenos deseos, disimulos.
Espectáculos del amor, amistad y admiración.
Públicamente. No pienses.

Realidad de cáscara de nuez
En silencio.”


Observación: este relato es ficticio; el parecido a cualquier persona es debido a que todo se parece, todo es mezcla de todo y, no obstante, cada cosa y persona tiene su propio detalle, imposible de imitar.

Más observaciones: las fotos no tienen nada que ver con el relato o sí. Apariencias.



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