1 de mayo de 2017

La casa por la ventana. (Relato)


Prólogo: en vista de alguna confusión he de destacar que este relato es literario, ficticio. Todo parecido con seres vivos o muertos es purita casualidad y la primera persona es solo un recurso (no retrata mi vida ni se me ocurriría hacer tal cosa).

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Llevo días cansada, más achacosa que nunca. Podría enumerar una larga retahíla de dolores: de espalda, rodilla, el codo del brazo derecho, la mano del izquierdo, la cabeza que se va una y otra vez. Esta no duele, simplemente noto que huye y deja un vacío. Tengo anemia y quizá es por lo que sufro de ese hueco entre las ideas cuando quiero expresar algo. No creo que sea presa del Alzhéimer todavía.
La semana pasada me caí, menos mal que fue en el descansillo que da a mi vivienda. La vecina se alarmó porque a mi alrededor se esparcieron los paquetes que cargaba y me quedé tendida en el suelo. La mujer, quien por la pinta parece mayor que yo, osó regañarme: que cómo me atrevía a llevar tantos bultos y por qué no dejaba que me ayudaran mi marido e hijos. Me gustó que me pelease como si yo fuera una niña pequeña: me sentí querida y noté que alguien nuevo se preocupaba por mí.
Sin embargo, no sé bien su nombre. Es de una flor, entre Rosa, Azucena o Margarita dudo siempre. Si me confundo, no es debido a que tenga mala memoria, sino a que se mudó hace un par de semanas, y, aunque me dijo cómo se llamaba, me ha dado vergüenza pedirle que lo repita. El asunto es que lleva poco aquí y ya se inquieta por mí. Eso es bueno, pese a que le tuve que rogar que no le contase nada a mis hijos cuando vinieran a visitarme. En realidad, se quedó en una caída aparatosa y en un morado en cada rodilla.
Por lo menos, esta semana no quiero que se entere la familia de que estoy pachucha. Deseo preparar con calma el almuerzo del sábado para reunirlos a todos. Si es preciso tiraré la casa por la ventana ya que la ocasión lo requiere. Martín sí se enteró de mi caída e insistió en que lo anulara. No sé si por auténtica preocupación por lo que me pudiera doler o para evitar los jaleos de cuando estábamos todos juntos. Aún anda resentido de la última vez que compartimos una comida en casa, hace casi un año. Pobre, sé que para él supuso un gran impacto lo que ocurrió ese día; pese a que luego vinieron los perdones en forma de gestos, su autoestima se derrumbó: sospecho que es irrecuperable.
Fue un shock para él y para toda la familia. De hecho, ahora es el justo momento en el que puedo contar lo que pasó sin dramatismo, con cierta distancia.
Entre Martín y yo, desde entonces, es tabú hablar de ese almuerzo. Al principio intentaba comentarlo con él; sin embargo, desde que iniciaba el tema, sus ojos despedían fuego. Desistí de nombrárselo: no es necesario humillar con aquellos recuerdos que provocan más daño que el propio acto en sí; este dura poco en ejecutarse, si bien en la memoria queda para siempre.
Esa mañana de enero comencé a percibir muy pronto los presagios que auguraban el mal almuerzo. El panadero no trajo el pan que le pedí la tarde anterior y dejó en la bolsa, que colgaba del buzón, las dos piezas acostumbradas. Como era insuficiente para todos, hube de arreglarme y salir a comprar (es una lata ya que tengo que recomponerme de arriba abajo); lo peor fue al regresar y ver el balcón lleno de cagadas de palomas. Hay un vecino molesto que se dedica a la colombofilia y en ocasiones las aves se les escapan por los balcones aledaños. Le he protestado, aunque me observa con la mirada con que se enfoca a las viejas chifladas y mi fuerza se diluye por el deseo de que la tierra me trague.
Empleé una hora en limpiar la barandilla y las baldosas de cerámica; hasta el pequeño armario, situado en la esquina del balcón, se puso perdido. Cuando terminé de faenar, el asado de carne que se doraba al horno estaba listo para ser tirado a la basura. Se resecó por completo y se cubrió de una costra negra.
Yo lo miraba con cara de desconsuelo, cuando entró Martín en la cocina. Desde el cuarto de atrás, en donde suele refugiarse entre planos, instrucciones y maquetas de coches antiguos, oyó mis gritos (o llantos: ya no recuerdo si fueron unos u otros) de desespero. Debió de ver en mi cara el enfado que le guardaba por eludir las tareas caseras (de las que se desentendía los sábados en los que invitaba a los hijos a comer) que se prestó de inmediato a llamar a Casa Felo para encargar viandas.
Las ilusiones que deposité en preparar el apetitoso asado se truncaron. No fue lo único. Debería saber a estas alturas de la vida que, si la jornada comienza mal, acaba peor.
La primera en llegar, Mara; en un brazo portaba a Marita y en el otro una bandeja de dulces. Detrás de ella, Manel, con el carrito de la niña y la cuna portátil repartidos entre ambas manos. Me cuesta entender cómo los jóvenes de ahora necesitan tantas cosas para pasar la tarde con un bebé en casa de los abuelos. Si los avances tecnológicos sirven para facilitar la vida este sería un claro ejemplo de todo lo contrario. Durante mi juventud bastaba con una manta y un cajón para acomodar a un recién nacido.
Mara es similar al padre, indolente de entrada y eficaz luego, al ponerse en acción después de comprobar en qué trance estoy sumida. Quizá por eso es por lo que está tan unidos, por lo iguales que son. No necesité pedirle ayuda para que distribuyera platos, cubiertos, copas y entremeses por el mantel. En un plis plas montó la mesa, mientras yo daba vueltas por la cocina. Y eso que por su aspecto es la antítesis de la ligereza. Menos mal que en disposición no se parece a su hermana Carla, quien, en esa ocasión, se fue desde por la mañana al gimnasio y apareció casi a la hora de la comida. Dado que estudia, y trabaja algunas tardes, no siente una imperiosa necesidad de ayudar en casa.
Roberto y Silvia llegaron tarde, como es habitual en ellos. No dicen por qué se retrasan, pese a que saben que al padre (o al suegro, desde la perspectiva femenina) le molesta muchísimo. Una vez a ella se le escapó que antes de venir paraban en una terraza donde solían tomar el aperitivo con los amigos. Inocente de mí, se lo comenté a Martín, como si fuera un buen pretexto para ser impuntual. Él, envenenado, me amargó la tarde (y las posteriores) rezongando sobre el egoísmo del hijo, con que era incomprensible que fuera incapaz de renunciar un sábado a los amigos; con que tampoco es que celebráramos estas comidas todas las semanas para ser tan descuidado; y que cómo es posible que nos dejara aguardándolos, muertos de hambre, hasta que dignaran presentarse. Por eso, desde que supimos de esos aperitivos ya no los esperábamos.
Al llegar, vieron sobre la mesa dos botellas de vino vacías y solo quedaba de entremés un trozo de queso curado. Esbozaron una expresión cariacontecida, sin embargo, no hubo ninguna queja. Faltaría más.
Roberto y Silvia viven juntos desde hace unos cuantos años en un piso cuya hipoteca les alcanzará hasta que se jubilen, y por la que mi hijo anda amargadísimo. Empezaron a salir antes de que Mara y Manel se conocieran, cuando andaban por la universidad. A diferencia de estos, no han querido casarse ni tener hijos. Me encantaría que a mi alrededor corretearan los nietos; me temo que he de reprimir las ganas y conformarme con ver crecer solo a Marita.
Y lo de que se casen por la iglesia, ni me lo planteo. A Martín y a mí nos gustaría; más a él que a mí. El respeto a Dios, como tantas veces menciona, le corre por las venas, y que un hijo no reciba uno de los sacramentos le duele infinito. De hecho, como premio, y tras vender unas fincas heredadas de sus padres, le concedió a Mara una buena cantidad de dinero para pagar la vivienda; sin embargo, a Roberto, quien se atrevió a pedirle para no tener que solicitar un crédito tan elevado, le contestó que o se casaba por la iglesia o nada. En fin, no me pareció justo, pero el dinero no lo heredé yo; no obstante, conozco lo suficiente a Martín como para adivinar que algún día le legará a Roberto lo que le corresponda: todo se andará. Pero mi hijo quiere resolver los problemas de inmediato y no comprende al padre.
Por desgracia (o por ventura, mejor, pues la comparto) se topó con la religiosidad de Martín, quien no solo estuvo trabajando como maestro en Los Padres Apóstoles desde joven; además, su padre le inculcó el fervor religioso. La tradición viene de atrás, pues; mi suegro, en paz descanse, se educó en un seminario y estuvo a punto de coger los hábitos si en su camino no se hubiera tropezado con mi suegra, una formidable mujer a quien le deseo que Dios la tenga a bien en la gloria. Si no hubiese sido por todas las veces que intermedió entre Martín y yo nuestro matrimonio hubiera zozobrado años ha.
Menos mal que desde que se jubiló, se ha vuelto más tolerante. De recién casados no lograba entender que mi familia se empeñara en que acabara los estudios de Turismo; que me dejaran entrar y salir a la hora que quisiera; que me telefonearan amigos hombres; que fumara o que mis prácticas religiosas fueran casi inexistentes. Tuve que cambiar mucho; lo reconozco. Creo en Dios, si bien comencé a ir a misa todas las semanas nada más iniciar relaciones con él. Antes apenas pisé una iglesia. Ahora lo hago con gusto; me embriaga el olor y el frescor que se respira en ellas; el sosiego interno que me infunde el lugar y, por qué no, me alegra encontrarme con las amistades.
El sacerdote da unas homilías muy sentidas y necesarias para estos tiempos: nunca habla en balde. Es un hombre implicado con su época y seguidor del papa Francisco. Se apasiona desde el púlpito y arremete por igual contra el capitalismo más descarnado, como afirma él, que contra la indiferencia ante la pobreza mostrada por los poderosos. Su obsesión son los refugiados. Me gusta ese hombre y me enamora su acento venezolano. Martín no lo veía con buenos ojos en un principio, ahora lo acepta más de lo que aparenta y los domingos él es el más desesperado por acudir a la iglesia. Ni que le hablen de cambiar a otra; hasta enfermo no se pierde ni un oficio.
Cuando le cuento todo esto a Roberto se ríe de mí. A mis otras hijas le dan igual los asuntos religiosos; son creyentes a su manera, aunque Mara, delante del padre es la que se muestra más ferviente. En cambio, mi hijo mayor se declara ateo; agnóstico, le he corregido a veces, para suavizar. No, él es ateo y el agnosticismo le parece de hipócritas. Un velo de camuflaje, soltó un día. Este pobre hijo mío es un redicho, será por la influencia de la filosofía.
Hemos conversado mucho sobre la fe y me da pena que la haya perdido. Según él no ha perdido nada, sino ganado en clarividencia. La fe es la ilusión del que se quedó agotado a la mitad de sumar dos más dos y le es más sencillo creer en cuentos sin sentido; es la prueba de lo irracional que es quien la defiende —sentencia con desdén, como si estuviera impartiendo una de sus clases: tantas veces le oí pronunciar lo mismo que conozco el párrafo de memoria.
Me ofende que hable de ese modo. No pienso que Martín y yo seamos imbéciles y que él, aunque se haya licenciado en filosofía, sea más listo que nosotros. Este hijo mío parece creérselo, y lo muestra en ese tonillo prepotente que adopta cuando se esmera en desmontar mis ideas.
No importa tanto que lo haga conmigo; sí me duele que se burle de Martín. Al comienzo de la carrera, y durante los últimos años de Bachillerato, ya se enfrascaba con el padre en discusiones interminables sobre la demostración de la existencia de Dios y si la moral la debía marcar la iglesia o la razón y el sentido común.
Una tarde estas peleas cesaron bruscamente. Desde la cocina, donde yo andaba trajinando, oí un puñetazo en la mesa y gritos de Martín (supuse que fue él quien la golpeó); luego escuché un portazo en la entrada del piso. Roberto estuvo fuera hasta bien entrada la noche. El padre lo esperó despierto (yo también, desde la cama, por si tendría que intervenir). Lo castigó sin paga durante seis meses, excepto la destinada al billete de la guagua para ir a la universidad y para adquirir fotocopias. Por detrás, yo intentaba darle algo para sus gastos personales, pues ya sabía que andaba tonteando con Silvia, pero nunca aceptó mi dinero. Aguantó los seis meses sin pedir nada, aunque en varias ocasiones mencionó lo injusto del castigo: solo por pensar de diferente manera, decía. Al padre no le volvió a nombrar la religión. Hasta el último almuerzo de enero; hasta el día en que se quemó el asado, las palomas ensuciaron el balcón, y Roberto y Silvia llegaron tarde y pusieron caras mustias al comprobar que comenzamos a comer sin ellos.
Ese mediodía, antes de los besos de costumbre y de tomar asiento a la mesa, vi que se miraron entre sí. Yo, festiva, más forzada que natural, me levanté de inmediato para servirles la sopa. Y ya supe que la cosa iría cuesta abajo cuando a mis espaldas, justo al dirigirme a la cocina, oí a Martín quejarse de la mala educación de quienes, por llegar tarde, obligan a otros a dejar su comida a medias para atenderlos. Desde la cocina no oí la respuesta de Roberto, pero sí tuve de inmediato a Silvia a mi lado; que me sentara, que ella calentaba la sopa y la serviría. Todavía no tengo claro si me gusta el modo en cómo mi nuera trastea entre calderos; por ejemplo, que caliente todo el caldo sobrante y no solo el que vaya a consumir resulta incomprensible. Menos mal que la atajé a tiempo.
El almuerzo continuó en calma, hasta bromeamos con los músculos que, con cada movimiento de brazo, se apreciaban (y se aprecian) en los bíceps de Carla, mi deportista hija pequeña. Ella negó que practicase culturismo, por muy evidente que resaltaran aquellos en su camiseta de asillas (y eso que era enero: así viste ella). Acalorada, defendió la necesidad del ejercicio físico y de la dieta sana. Sin duda, su cuerpo ha cambiado mucho en estos dos últimos años y yo ya la he prevenido de que no se pase horas en los aparatos de musculación ni de que abuse de sustancias extrañas (ella me jura y perjura que no consume cosas raras). Sé que en poco puedo intervenir yo; mis hijos se me escapan y no queda otro remedio que pensar que sus vidas son de ellos y Dios no me va a juzgar a mí por cómo las vivan.
Imagino que, para distraer la atención de su persona, Carla lanzó una extensa perorata contra la obesidad. Apuesto que a todos les aburriría tanto como a mí; no dijo nada que no supiéramos, y no era la primera vez que se defendía con una charla a favor del control del peso. No obstante, esta vez Mara se dio por aludida. La verdad es que no sé qué necesidad lleva a Carla a ofender cuando se percibe atacada; que tampoco la atacamos, creo yo. Y más sabiendo las tribulaciones de su hermana con la báscula.
La pobre Mara, tras el parto de Marita, se quedó con unos cuantos kilos de más y da la sensación de que nunca más recuperará el peso inicial, el que poseía antes de quedarse embarazada. Ya era gruesa, desde niña fue regordeta; una hermosura de cría, todas las amigas me la envidiaban, pero en la adolescencia se desbarató. Durante los preparativos para su boda intentó perder peso y algo pudo lograr. A veces le he comentado a Manel si no tendrá obesidad mórbida y que eso se opera. Se lo he dicho a él, porque a ella no me atrevo, a ver si el marido la convence, que por algo es médico; que es muy joven para poner en peligro la salud.
A lo que iba, el caso es que Mara reaccionó fatal y entre ellas se cruzaron palabras gruesas, si una llamó a la otra tragona y gorda incontenible y ésta a la primera neurótica y ortoréxica (primera vez que oí ese vocablo; al día siguiente, al hacer recuento de la pésima jornada, me acordé y lo busqué en el diccionario). Silvia, Manel y yo, los que permanecíamos pendientes de esta conversación, intentamos poner orden y calmarlas. Sé que se dijeron más impertinencias, pero, además de que Mara cogió a la niña para sosegar sus llantos, quien desde el carrito comenzó a reclamarla con ganas, nuestra atención poco a poco se desvió al lado opuesto de la mesa, donde se encontraba Roberto y Martín.
Vaya por Dios, si estaban enfrascados en el tema prohibido. Oyéndolos, los demás enmudecimos. Llevábamos más de cuatro botellas vacías y aún no habíamos comenzado por los postres. Pensé en intervenir, en el tono alegre y cándido que empleaba cuando quería desviar la atención hacia otro tema, no obstante, la expresión ceñuda de ambos me indicó que no calmaría las aguas sino provocaría un remolino. Me callé, pues. Luego me arrepentí de no haberlo intentado; peor no pudo resolverse.
No sé quién comenzó, Martín no ha querido nombrar nada de ese día y Roberto aún dice que primero hablaron de herencias, donaciones e hipotecas (salió a relucir la tremenda cantidad que pagaba por la suya) y que luego solo esbozó un comentario sobre las fiestas de Navidad y la Semana Santa, pero que el padre sacó al intolerante que lleva dentro y lo extendió sobre la mesa. Bueno, tonterías aparte, yo solo vi a un Roberto abusón de sus saberes y de su ligera palabrería y a un anciano dolido, incapaz de seguirle los argumentos. Sentí pena de ver cómo se le trababa el habla, los labios morados del vino, la nariz colorada, algo gruesa en la punta; los ojos negrísimos, muy pequeños ya, a punto de desencajársele de las cuencas y los dos pelos que le quedaban en la cabeza sin control. Sé que los dos hemos envejecidos, si bien, y sin hacer alarde de vanidad, los ocho años que me lleva se los vi duplicados. Deseé protegerlo.
Lo que desbordó fue la afirmación de Roberto de que un creyente —lo repitió hasta tres veces, el majadero— era un simplón, tan obsesionado por alcanzar la inmortalidad, que carecía de perspectiva social (se olvidaba de lo mal que vivían quienes más confiaban en Dios, aseguró tajante) ni sacaba conclusiones acertadas de la psicología del ser humano. Martín se indignó, dio un manotazo a la mesa y se puso de pie gritando: “¡Como puedes decir que no tienen perspectiva social, con todo lo que han hecho los misioneros y la iglesia católica por los pobres del mundo!”.
Roberto también se levantó, y muy cerca de la cara del padre, ambos de estaturas similares, dijo, desdeñoso, con el labio superior torcido, que no se refería a la resignación y caridad hipócrita que difunden los cristianos allá por donde van. Que el creyente, para seguir inmutable en su cuento de hadas debe ignorar por qué, precisamente, existen los pobres. ¡Si Dios es omnipotente por qué se ceba en los más desgraciados! ¡Cuál es el libre albedrío de un niño que vive en un territorio acosado por bombas o de una niña raptada y violada hasta la muerte!, exclamó entre gritos, más alto todavía que el padre. Insolente hijo mío, lo quiero, pero si hubiese podido abofetearlo y mandarlo al cuarto no hubiera dudado ni un segundo en actuar.
Fue Martín el que lo hizo. Para mal. Primero lo agarró por la camisa y, mientras lo aferraba con fuerzas, gritó que un mequetefre como aquel no debía dudar de los designios de Dios. ¡En su casa no entra quién cuestiona la palabra del Altísimo, porque es desconfiar de él mismo!, ¡fuera de aquí!, chillaba alterado, entretanto lo sacudía con violencia. Yo me levanté asustada y me acerqué a ellos. Martín nunca le había puesto un dedo encima a Roberto, ni siquiera cuando éste, en la infancia, cometió las peores travesuras; por eso entendí que la deriva de la pelea ya era exagerada. También los demás se habían levantado para separarlos, pero llegamos tarde. Más rápido fue el puñetazo que Roberto le propinó al padre en toda la mandíbula. Lo lanzó contra la pared y sobre la cortina que tapaba la entrada al balcón; menos mal que se agarró a ella, mientras resbalaba, y que no se le cayó la barra de hierro forjado encima. Martín se quedó en el suelo, semisentado, con un hilillo de sangre saliendo de su comisura. Entre alaridos de susto, nos volcamos sobre él.
No podía creer lo que había ocurrido. Mi hijo no es violento, es un buen chico, pacífico; es cierto que en casa, de niño, y hasta de adolescente, a veces destrozaba lo que no era suyo y llegó a rompernos bastantes cosas por lo inquieto y poco respetuoso con lo ajeno que se mostraba. Pero con los demás, en la calle, nunca se metió en líos. A los nueve o diez años siempre llegaba con moretones y, entre llantos, nos explicaba cómo le golpeaban los chicos al salir de la escuela. Un día, el padre, enfadado, le conminó a que no se comportara como un mariquita, que cogiera una piedra y se la lanzara en la cabeza al primero que le molestase; seguro que ahí se acabaría la tontería. No llegó a hacerlo; su natural dulce se lo impedía; en cambio, si vi que llevaba en la mochila más frutas y galletas de lo normal. Poco a poco comenzó a crear amigos, aunque siempre rehuía las peleas y de vez en cuando regresaba a casa con algún ojo morado. De adolescente se volvió más discutidor y empecinado en tratar ideas absurdas; nunca elevaba la voz: se conformaba con mostrar en la cara una determinación obstinada. Y no sé quién le habría metido en la cabeza esa tirria a la religión.
Aparté la vista de Martín y la dirigí hacia él; se había sentado en la silla con la cara entre las manos e, inclinado, apoyaba los codos en las rodillas. Sollozaba. Silvia, a su lado, le acariciaba el pelo y le murmuraba palabras. Estaba tan sobrecogida como yo, como todos. Manel también estaba a su lado. No me acerqué a él, no me dio pena, ni aprobaba su comportamiento ni era a quién yo debía apoyar en aquel instante.
Martín permanecía en el suelo, con los ojos semicerrados y la respiración profunda. Intenté ayudarle para que se levantara, pero rehusó mi brazo. Inclinada sobre él, le di un pañuelo. Carla y Mara, agachadas, lo rodeaban también y le preguntaban por la sangre que salía de la boca. No respondió. Al rato abrió los ojos, se alzó ayudado de Carla y ocupó la silla que le acerqué. Luego, miró en dirección a Roberto:” Que se vaya, no quiero verlo más”, ordenó entrecerrando de nuevo los ojos.
Todos oíamos los sollozos de Roberto, aunque nadie decía nada ya. Tras las palabras del padre, enmudeció; al poco rato se levantó, apretó los labios con fuerza, en un gesto propio de él, y sin mirarnos salió hacia la puerta. Silvia nos echó una ojeada por última vez y se fue detrás.

A mí hijo se le olvidó pedir perdón esa tarde y todas las tardes, mañanas y noches de las semanas y meses siguientes. Fui yo quien me acerqué a su casa. No era normal perder el contacto durante tanto tiempo; cada dos o tres días solía telefonear o se pasaba por el piso con las verduras que solía comprarme en el mercadillo del barrio. Estaba dolida, no solo por cómo se comportó en ese almuerzo, sino por no haberse interesado por el estado de su padre, por no averiguar si la sangre que expulsó de la boca era grave.
Sin embargo, ya estaba enterado de que no fue nada, Mara le contó que el golpe le dio en las encías, que siempre se le inflamaban y eso fue lo que le provocó el sangrado. ¿Que para qué iba a llamar? ¿Cómo se le dice a un padre que has golpeado que lo sientes más que ninguna otra cosa horrenda que hayas hecho en la vida? ¿Cómo te va a perdonar? No quería ningún perdón. Ninguna excusa lo disculpaba y ni a ninguno de los dos les haría olvidar la vergüenza de haber presenciado la vulnerabilidad del mayor.
No creí que su ira fuese únicamente por la religión. Me costó sonsacarle los motivos de fondo y tampoco es que me los asegurara claramente, pero el hecho de que a su hermana el padre le haya dado la enorme cantidad de dinero que le cedió para el pago de la hipoteca mientras que a él no, lo deja resentido. Que, si él hubiera heredado y quisiera ayudar a los hijos, a todos les daría lo mismo con independencia de cómo lleven sus vidas, me dijo en una ocasión; en otra, que Martín afirmó que Mara estaba en desventaja respecto a él porque no tenía una carrera superior y, aunque su marido era médico, por sí sola no lograría tanto como Roberto. En fin, yo sé que Martín, en un futuro, le dará al hijo su parte. Se lo he dicho a Roberto, pero me mira escéptico y calla.
El tiempo, el tiempo, el tiempo… Me vence o los vence. Es difícil para una madre que un hijo no le hable al padre y, por ende, se resienta el trato con ella; y es difícil para un hombre, si quiere un mínimo a esa mujer, a esa madre, permanecer en la pelea eterna, por mucho orgullo herido.
Fue muy generoso Martín, tardó su tiempo, ¡ocho meses!, pero no eludió el abrazo del hijo al encontrarnos durante el mes de septiembre en el bautizo de Marita. (Bienvenida esa moda de bautizar a los bebés cuando casi ya caminan). No se dijeron nada, no hubo disculpas, las cuales, como aseguró Roberto, solo quitarían la responsabilidad del daño propinado; solo unos ojos aguados ablandaron al padre; en apariencia, por lo menos, para no rechazarlo y por mí, sobre todo. Ahora se hablan con cuidado y frialdad;supongo que así será durante años. Ambos saben, los demás también, que hay temas intocables.
Y este sábado lluvioso de diciembre he de organizar el almuerzo de reencuentro. Deseo que todo se arregle, por lo menos en las formas, para que la Navidad, que se acerca rauda, sea una cariñosa fiesta familiar igual a la de muchas otras familias, pues todas tienen sus asuntos negros; por ello siempre mi madre afirmaba que la ropa sucia se lavaba en casa propia.

De lo que estoy segura es de que a pesar de todos los achaques que he padecido esta semana, nadie va a notar mis dolores: en esta ocasión será una celebración distinta. Por lo pronto ya he contratado a una empresa de “catering” para que traiga la comida. Me han dicho que es la más solvente de Tenerife en organizar eventos a domicilio. Cualquier esfuerzo es poco si la unión está en juego. Hasta invitaré a mi vecina tan cariñosa, que siempre me dice cómo se nota lo unida que está mi familia, que no se parece a las demás que se pegan la vida amargándose la existencia con tonterías.
Lo dicho, pues, por una vez tiraré la casa por la ventana; será para bien, si Dios quiere.



Nota: este relato es puramente ficticio, fruto de mi buena o mala inventiva. Excepto las dos últimas fotos, que las saqué en Puerto Mogán, las demás pertenecen a La Palma, de mi último viaje por allí. Estas fotos son lo más real de la historia, pero su valor está al servicio del cuento. (Aquí hay más, en este enlace: La Palma en pocos días).

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