5 de marzo de 2017

Entre un banco y un carro de la compra. (Relato)




Primera parte

Cada vez que me asomaba a la ventana, allí estaba. Desde hacía tres meses su plaza de asentamiento consistía en un banco de madera. Se había apoderado de él y colocado su insignia (un carro del Hiperdino con todas sus pertenencias) en señal de colonización, como esos pueblos que, tras un gesto de alarde hostil del enemigo, se ven impelidos a responder con coraje suicida a las afrentas. 
 Me molestaba verlo, a mí, a mi mujer y a Laurita. La pobre niña tuvo pesadillas durante un tiempo. Por las noches le costaba conciliar el sueño y, cuando por fin lo lograba, se despertaba a las pocas horas gritando:
—¡Sucio, sucio! Malo, malo, harapiento, … —En mala hora le enseñamos ese adjetivo. Se convirtió en su palabra favorita cada vez que miraba por el ventanal. Terminamos por impedirle que alzara la persiana. Pobrecilla. Cuánto disfrutaba con las luces de la noria, el tiovivo y el arca vikinga que, con frecuencia, montaban unos rumanos en la plaza. Contrario a lo que podría pensarse, los destellos de colores la embelesaban y la preparaban para el sueño. Me cabreaba que la niña ya no pudiera contemplarlos desde su cuarto, pero, ¿qué hacer? ¿Bajaba y le decía al pordiosero que se fuera con los desperdicios a otro lado? ¿Que se llevara su mierda debajo del puente, que esta era una zona respetable, de vecinos trabajadores y cumplidores de la ley? No me atreví a tanto. Sí llamé una mañana, espoleado por mi mujer y por el monumental enfado que me dominaba, a los guardias municipales.
—Sí, dentro de unos minutos pasamos por ahí.
“Sí sí, por supuesto, desde que acabemos con lo que estamos haciendo, ahí estaremos”; “Claro, claro que sí, hombre, no se enfade; gracias por avisarnos”; “¿Cómo que no queremos ir, caballero? Es que tenemos un día complicado”; “Vamos, hombre, ¿usted se cree el único vecino con problemas y que nosotros andamos tocándonos las narices?” Yo no sé lo que se palpaban, pero hacer no hicieron nada. Si por ese motivo vinieron al barrio nunca los vi.


Un anochecer, en el que bajé a depositar la basura y no quise dar el rodeo habitual de las últimas semanas, que me llevaba a alejarme dos calles más abajo, y todo por no tropezarme con el tipejo (y para que no rebuscara entre mis desperdicios), la lancé en los contenedores instalados enfrente de mi portal; cerca del banco, del carro del Hiperdino, de sus grandes cartones, de los tremendos plásticos, de sus tetrabriks arrugados. Él parecía adormilado y no sé quién hedía peor, si él o el bidón de basura orgánica. 
—Ha tenido suerte en la vida, amigo. Siéntese satisfecho por ello y deje de joder al prójimo.
Oí la voz gutural, arrastrando las sílabas, que salió del amasijo de bultos. Me sobresalté y miré en dirección a los cartones.
—¿Cómo dice?
—Que si no le basta verse como un triunfador y tiene que andar yendo por ahí fastidiando a los demás. Si yo anduviera en paz conmigo mismo, como se supone que debe de estar usted, dejaría que el resto del mundo subsista como pueda. ¿O es que quiere impresionar a su mujer e hija para que lo vean como un héroe? —Ya se había quitado de encima el cartón que le tapaba la cabeza. Aunque la noche comenzaba a rodearnos, la luz de la farola y el fulgor de la luna llena iluminaba un rostro marrón, no sé si por el sol, el viento y la intemperie, o por la negra suciedad de no haber rozado el agua desde hacía tiempo. Vi en su cara el espacio libre, que dejaba la barba de hilos blancos, lleno de surcos, como profundas cicatrices, y, en el fondo de ellos, dos luceros brillaban. Y digo luceros porque nunca antes me había llamado tanto la atención la mirada de nadie. En aquel momento no me encontraba en disposición de crear poesía con los ojos de aquel hombre, pero me vino a la mente antorchas, aunque, si me fijaba bien, y pese a lo contradictorio, eran antorchas aguadas.
—Oiga, ¿qué dice? ¿Quién coño es usted, qué sabe de mi vida y por qué me nombra a la familia? —Soy de natural tranquilo, no me apetece nunca meterme en líos con nadie; es verdad que tampoco rehúyo un enfrentamiento si me mentan a la familia de malos modos o si no tengo miedo del sujeto que me interpela. Podría el tipejo esconder una navaja: adiviné que no. Quizá su tono, su acento, reveló que era más inofensivo de lo que yo creía que eran esos pordioseros.
—Que no, hombre, que así no es… ¿Señor decente, suertudo, de buena familia y cumplidor con las costumbres?…  ¿Necesita, respetable vecino, avisar a la guardia de que un asqueroso como yo ha ocupado su plaza y hiere las miradas de su hija y su mujer?
“Hiere las miradas”, vaya, me tocó lidiar con el mendigo ilustrado. Solo faltaba que fuera un príncipe dentro de una piel de sapo. (Nunca he sabido qué me impulsa, en las situaciones absurdas, a echar manos de asociaciones más absurdas todavía. Es como si la situación irreal, provocara, por medio de vínculos sin sentido, una fuga mental que conduce a la imaginación más estrambótica. O será una deformación del trabajo).
Antes de responderle al tipo cualquier chorrada, oí desde lejos mi nombre. Miré a la ventana del edificio y vi a mi mujer abanándome para que subiera. Imaginé su susto y lo utilicé de excusa para irme. 
Me pareció sentir en el cogote, mientras me alejaba, la mirada irónica del tío. 
En casa apenas dije nada. Rocío me bombardeó a preguntas, pero no supe qué responderle. No le iba a contar lo de las miradas heridas y todo ese rollo y que las nombró a ella y a la niña. 


 Los días siguientes no supimos de él. Cuando creí que el banco y la plaza ya se habían librado de la presencia indeseable del tipo (y dejé de pensar qué significaba la expresión: “que así no es”), me preguntó una tarde mi hija desde el balcón que si aquel hombre, el que se acercaba arrastrando un carrito de la compra, era el señor malo. Salí al balcón y giré la cabeza en dirección al dedo que señalaba; vi que llegaba cojeando, con un caminar más maltrecho que las semanas pasadas. 
—Laurita, nena, aún no sabemos si es malo. Parece más bien un pobre hombre, alguien golpeado por la vida.
—¿Qué quiere decir “golpeado por la vida”, papi?
Aparté los ojos del mendigo a quien, desde arriba, veía como ocupaba otra vez el banco y los posé un instante en la niña. Luego me giré: mi mujer había levantado la vista de los cuadernos escolares que corregía y nos contemplaba. Me oyó.
—Rocío, bajo a tirar la basura antes de que anochezca. Explícale tú a la niña qué significa lo que dije. Creo que es hora de que recoja el juego y se duche ya.
Salí de allí antes de que objetara alguna palabra.


Ya en la calle, vi que el hombre aún no se había cubierto con los cartones. Sentado, con una mano agarraba un mantecado y con la otra un tetrabrik de vino, “Viña gloriosa”. En la frente, encima del ojo izquierdo, un esparadrapo sucio y despegado, por un lado, se extendía hasta el comienzo del pelo. No sé qué edad tendría; el cabello, rizado y recio, estaba salpicado de canas al igual que la barba, como si le hubiera caído encima una nevada (algo improbable por estas tierras bajas) o todo el polvo de una vivienda en ruinas. 
Me fijé que su pantalón no era el mismo de la otra vez, este gris, el otro verde; aunque contenía similar suciedad, no se apreciaban las manchas oscuras en la entrepierna. El hedor que exhalaba tampoco resultó tan intenso. Más que apestar a sudor rancio, humano, de él salía un leve olor a gasolina, a camión, a subterráneo.
—Amigo, ¿se quedó con ganas de conocer cómo vive un tío de la calle? —Me interpeló mientras masticaba con la boca abierta. 
—¿Qué le pasó en la pierna? — Le pregunté a la vez que introduje las bolsas en el contenedor—  Vi que cojeaba.
—Nada, que siempre hay desgraciados que se divierten a costa del otro. 
Me quedé esperando a que siguiera. Elevé las cejas para animarlo. Él se echó un sorbo de vino del tetrabrik, parte le entró dentro de la boca y parte se le derramó sobre la barba, la cual funcionaba, como comprobé, de tupido babero. Continuó:
—Hace un par de noches unos intentaron quitarme el carro. ¡Ni hablar!, ahí tengo todos los trastos.
—¿Y qué ocurrió? ¿Le golpearon? —Insistí en vista de que no mostraba intención de continuar el relato.
—Nooo, cuando agarraron el carrito para llevárselo, salí detrás de ellos, tropecé con aquel maldito seto —señaló a la derecha con un gesto de mentón—, y nada más. Me desperté en urgencias. Me habrán llevado los guardias. Lo único que importa es que mi carro sigue conmigo. Los gamberros al final me lo dejaron al lado.  
—¿Y qué le dijeron los médicos?
—Ja, ja, ja, que no tragara tanto, que en una de estas no lo contaba. Bah, una brecha en la cabeza e hinchazón en el tobillo. ¡Puaf!
No dije nada y él actuó como si se desentendiera de mí. 
—¿Por qué dijo el otro día que así no es? —le pregunté al rato. Yo estaba parado al lado del banco como un tonto, en el extremo contrario a donde él estaba sentado. De pie, miraba como bebía y masticaba. Me fijé en la venda que le cubría el tobillo. Sucia como el resto y por un extremo colgaba hasta la altura de la suela.
—¿Qué? —Pareció sobresaltarse por mi pregunta, como si despertara de un sueño súbito, de alguna ausencia repentina.
—La primera vez que hablamos me dijo que si presumía de héroe delante de mi familia. Insinuó que yo avisé a los guardias. 
—” Insinuó que yo avisé a los guardias”. —Me remedó el tipo en tono aflautado. De inmediato, me subió un golpe de calor a la cara, supongo que, al inyectarse de sangre, por la ira y el ridículo. —¿Cómo que insinuó? No pierda el tiempo con disimulos, amigo. Por aquí llegaron para ver si yo andaba molestando a los vecinos, que habían recibido quejas. ¿Y de quiénes serían, sino de la mujer, el hombre y la niña que por las tardes me vigilan detrás de la cortina, desde el piso tercero?
Me volví a quedar callado.
—La indigencia le hiere la vista, le dije el otro día, porque afea el mobiliario urbano, se dice así, ¿no? —Continuó el hombre con los ojos puestos en el resto del dulce que mordisqueaba—. Aunque no le avergüenza, ni usted ni a todos los que me miran con asco, que haya gente durmiendo en los parques y que no puedan con sus huesos, mientras ustedes rezan satisfechos en las iglesias o se beben el café en la plaza. Ni de un céntimo se desprenden, con la excusa de que no lo usamos para comer. ¿Qué coño les importará si a uno solo le queda anestesiar la miseria? Hipócritas. 
—Usted ha estudiado. 
No era una pregunta. Por la manera en cómo hablaba adiviné que la falta de instrucción no era el motivo de que se hallara en aquel estado. Ya lo había supuesto desde el primer día. Por eso me intrigaba el tipo. Y no se equivocó mi curiosidad, ni fue defraudada (como más tarde pude comprobar); desde luego que no, la historia que le arranqué más adelante resultó sorprendente; tanto que aún no me he repuesto. 
Ante mi comentario, en ese momento frunció el ceño, ignorándome.
—¿Qué le ocurrió? ¿Por qué vive en la calle? — Me atreví a preguntarle. 
—¿Que qué me pasó? Al señorito le voy a contar… Ande, regrese al piso que su linda mujer ha de estar preocupada. Mire para arriba. 
Alcé la vista. Rocío, apoyada un codo en el alféizar de la ventana, me hacía gestos con la otra mano para que subiera ya. 
—¿Se va a quedar a dormir en el parque? —Me dirigí a él por última vez, antes de cruzar la calzada en dirección al portal. 
—Que no, hombre, voy al albergue, si es que no lo cierran. 


—No entiendo tus conversaciones con ese mendigo. —Ya en casa, mi mujer me habló con gesto adusto. La niña se había acostado y ella preparaba un potaje para el día siguiente. A su lado, comencé a pelar papas. 
—Me intriga. No conozco a nadie así personalmente. Es un hombre que se expresa bien, y ardo en curiosidad por saber qué le ha llevado a esa situación.
—¿Piensas relatar su historia o elaborar un estudio sobre la mendicidad?
No supe si sus palabras encerraban ironía. Yo escribo regularmente para una revista de tirada semanal, que se publica tanto en formato web como en papel. Me gano la vida con eso; bueno, y con el dinero que aporta mi mujer como maestra. Suelo escribir cuentos, columnas y, una vez al mes, un artículo más profundo sobre un tema actual.  Sé que nunca alcanzaré la fama; sin embargo, no me preocupa, no me considero mal pagado y el trabajo es cómodo. Con eso, y con los escasos beneficios de una novela que publiqué hace unos cuatro años, voy tirando: gracias al premio que obtuve por ella.
No pensaba escribir sobre el mendigo, y, ni mucho menos, redactar un artículo sobre la indigencia. No creía que el caso de aquel hombre fuera representativo. Intuí que su historia era diferente y no serviría para explicar las demás.
—No es mi intención; no se me ha ocurrido utilizarlo para la literatura. La intriga que tengo no posee ningún objeto y, de todos modos, tampoco sé nada de él,
—Pues me alegro, porque a mí me molesta muchísimo. No por mí, sino por Laurita. La pobre niña lleva tiempo sin dormir bien y soy yo la que estoy levantándome por la noche a consolarla. Creo que el problema se acabaría si llamo al Ayuntamiento para que retire el banco de enfrente. Que lo pongan en otro lado. Así, como dice el refrán, muerto el perro se acabará la rabia. 
No contesté. ¿Acaso le iban a prestar atención? De mis quejas la policía hizo oídos sordos. Acabé de pelar la última papa y salí de la cocina.



Como es de imaginar, el hombre no se me quitaba de la cabeza. Especulaba con todos los motivos posibles que lo habrían conducido al estado en que se encontraba. Pero reconozco que en ese terreno me encontraba limpio de ideas. He visto indigentes en las grandes ciudades, en las puertas de las iglesias, con un vaso de plástico en la mano, un cartel plagado de faltas de ortografía y con apariencia de faltarle alguna extremidad o poseer alguna deficiencia psíquica. También, mujeres; cubierto el pelo con un paño, ingente ropa encima y algún niño pequeño por los alrededores. Este se parecía a todos ellos en la suciedad, en los cartones y en el tetrabrik. Cumplía los estereotipos con sus adornos, con su “casa” móvil, su aspecto desaseado; ahora solo me restaba esperar que habría detrás del prototipo. 
A la mañana siguiente no había nadie en el banco; habría ido a dormir al albergue, supuse. Antes de las diez fui a la revista y salí de allí bien entrada la tarde. Aún era de día y el mendigo ya se hallaba donde acostumbraba. Sin subir al piso, y viendo desde abajo que no había ninguna luz encendida (Rocío habría ido con la niña a ver a la abuela) me senté a su lado. Pese a que no era de noche daba la sensación de que el hombre había concluido la jornada. Sentado, con las piernas abiertas, mantenía el rostro oculto por una hoja de periódico y las manos extendidas a lo largo del cuerpo. Esa postura, pensé, implicaba confianza (o indiferencia) ante el mundo. No temía, por lo visto, que alguien llegase y quisiera gastarle una jugarreta. Llevaba el mismo pantalón deslucido, un poco grande para su talla, y sin manchas todavía en la entrepierna. Las que no estaban ahí se encontraban en el suéter, debajo de la barba, formando una ruta estrecha hasta el final de la prenda.
—Amigo, ¿y usted a qué se dedica, aparte de tirar la basura? —Me sobresaltó la voz que salió debajo del papel de periódico. Creí que dormía.
—¿Yo? Soy escritor. Bueno, trabajo para una revista.
Ante mi respuesta, se incorporó y se le cayó la hoja que le tapaba la cara. Se quedó mirándome con sus ojos negros, brillantes; con los labios formó una mueca torcida hacia un lado. 
—Vaya, ahora me explico su interés. Qué suerte tuvo, yo una vez quise ser escritor. Pero es mentira que querer es poder. Falso. —Apartó la vista de mí y miró al frente, espatarrándose de nuevo. 
—¿Por qué no pudo?
Volvió a mirarme y esbozó una sonrisa irónica.
—No descansa, ¿eh? ¿Acaso va a escribir sobre mí?
—¿Le gustaría? Puede ser, si usted quiere. O si su historia tiene interés.  ¿Es interesante?
No contestó. Se giró hacia la derecha, hacia donde había colocado el carro del Hiperdino, rebuscó entre las cosas y sacó un bulto envuelto en papel de platina. Con parsimonia, la apartó hasta que apareció un bocadillo de jamón. Comenzó a comer.
Aquella era una calle tranquila y silenciosa; daba a un jardín con una plaza incluida. El extremo opuesto del jardín lindaba con una explanada donde solían colocar el parque de atracciones. Desde mi piso se divisaban a lo lejos las luces de la noria y de otros aparatos. Por suerte, casi nadie salía del parque del lado por donde vivíamos. Durante esa tarde, rara vez pasó alguien, y, quien lo hacía, brevemente depositaba sus ojos en la estampa que formaba un hombre harapiento con un bocadillo entre las manos y el otro, vestido con pulcritud, al lado, y con una carpeta entre las suyas.




Segunda parte 

—Me llamo Jonás. Y sí estudié. Hace tanto, que no me acuerdo de lo que he aprendido. Será porque no sirvió de gran cosa. A la vista está.
Asombrado de que fuera tan fácil, intenté que no se notara la sorpresa porque el hombre se arrancó a hablar. Yo había despegado la vista de él, pero volví a mirarlo. Seguía comiendo, muy atento al escaso bocadillo que le quedaba ya.
—¿Y se encuentra en la calle porque no encontró trabajo? ¿Es usted muy mayor? ¿No tiene familia? —Se me atropellaban las preguntas. Sabía, no obstante, que, si lo acosaba o mostraba demasiado interés, el hombre podría cerrarse en banda y no contar nada más, o hacerse el interesante y dosificar sus palabras. 
Acabó el bocadillo, hizo una bola con el papel de platina y la lanzó al contenedor como si una pelota de baloncesto se tratara. Se quedó trabada en la parte más hundida de la tapa. Luego, me miró:
—Depende. Hay parientes por ahí, tíos, primos,… ; dudo que ellos quieran saber de mí; ¿soy mayor? No sé, hace tiempo que dejé de preocuparme del calendario y el carnet ahora mismo está perdido. Mica, la de la Casa del hospedaje, a donde muchas veces voy a dormir y a comer, me lo ha arreglado en unas cuantas ocasiones. Pero mi mala cabeza lo pierde. Unos cuarenta y cinco habré cumplido hace poco, en marzo nací. ¿Estamos en mayo, no? —asentí con la cabeza —. Y lo del trabajo… Bueno, una vez estuve ocupado hasta que me vi obligado a dejarlo. 
—¿Qué estudió? —Imponía su mirada brillante. A mí, que estaba en una posición social superior a él, me intimidaba ese tipo. Quizá por el modo en cómo hundía sus ojos negros, llenos de luces, en los míos. Menos mal que, antes de responderme, se giró de nuevo hacia el carro de la compra y sacó una botella de plástico con un líquido turbio, blanquecino, en su interior. Tanto podía ser vino como un jarabe. Dio un sorbo y se quedó contemplando la calle deshabitada. Aún no había oscurecido, pero a lo largo de las aceras, la de este lado y la de enfrente, se elevan arces y jacarandas que esparcen sus sombras melancólicas a gran parte de la calzada. Es una suerte vivir aquí, pensé (y pienso).
—Magisterio y estuve seis años dando clases en un colegio privado. De educación física. No era mal colegio, pero me echaron. 
—¿Y eso por qué?
—Desde ahí todo fue a peor; bueno, ya antes comenzó la caída. —El continuó como si no hubiera escuchado mi pregunta —. Luego estuve durante un tiempo entrenando por las tardes a un grupito de chicos del barrio, pagado por la asociación de vecinos. Sin embargo, eso no impidió que me expulsaran del piso donde vivía. Lo que cobraba no bastaba para vivir y fui a dar a la Casa del hospedaje. Al final, lo mandé todo a la mierda; si el trabajo no alcanzaba para pagar los gastos, ¿qué coño hacía cumpliendo horarios?
—¿Por qué lo despidieron del colegio?
Jonás volvió a enfocarme con la vista, esbozó la mueca de antes y giró de nuevo la cara, mientras con la barbilla señalaba hacia adelante:
—¿Esas que están paradas ahí no son su mujer y su hija?
Cierto. Eran ellas. Desde la acera de enfrente, Rocío nos miraba, con una bolsa de comestibles en una mano, y a la niña agarrada por la otra. Dejé la carpeta en el banco y me acerqué a ellas.
—Nando, ¿qué haces con ese hombre? ¿Qué, te lo vas a llevar a casa a dormir? 
Obvié el tono áspero, los labios apretados, el entrecejo fruncido y las aletas de la nariz tensas, más abiertas de lo normal; es guapa mi mujer, excepto en circunstancias como estas. La niña, en cambio, no me prestó demasiada atención: intentaba meter un muñeco pequeño dentro de un bolso minúsculo. Solo exclamó distraída: “¡Papi!”, y siguió con la tarea. Le di un beso en la mejilla a cada una y en tono jovial, como si fuera el presentador de la radio de un programa de variedades musicales, la avisé de que subiría enseguida, después de que recogiera la carpeta.  Rocío sabía que me tomaba mi tiempo en las cosas que me interesaban y que de poco serviría intentar persuadirme. No obstante, no le di oportunidad a la réplica, pues con celeridad crucé la calzada y ocupé mi sitio en el banco. Desde allí las vi entrar en el edificio.
—Iba a comenzar a contarme por qué lo echaron del colegio. 
—¿Sí, seguro? —En lo que yo saludé a mi mujer debió de haber agarrado una manta; ahora estaba cubierto medio cuerpo con ella. La tarde, noche casi, estaba refrescando. El hombre era tan flaco que el frío, probablemente, le afectaría más que a cualquiera. Aunque estábamos flanqueados por los árboles que rodeaban el banco, seguro que el sereno se colaba entre las ramas.
Permaneció un largo rato en silencio, acomodándose la manta y ordenando otros trastos que le rodeaban. Yo también me callé, a la espera. Tras ese lapso, comenzó su relato, en ocasiones deslavazado, con una voz más pausada y grave, si cabe, de la que ya poseía: 
—Una tarde regresé de la escuela de Magisterio, cursaba el último año, y vi a los vecinos agolpados en el portal de casa y el coche de policía aparcado por fuera. Se me encogió el estómago cuando, a medida que me acercaba, oía los gritos de Nina, mi hermana, mi melliza. Mis padres habían tenido un accidente de circulación; madre murió de inmediato y a padre lo ingresaron en el hospital para operarlo de urgencia. A los días, también se fue. Era él quien conducía y tuvo la culpa. Exceso de velocidad, alguna copa de más y un ceda el paso que no respetó. A la conductora del otro coche, por suerte, apenas le pasó nada. Y claro, ya cambió la vida. A partir de ahí nada fue igual. 
—Imagino que hubo de ser una situación dura. El peor trance que se puede pasar.  ¿Y qué es de su gemela? ¿Por qué no vive con ella? 
—Ese no es el peor trance, todavía las cosas pueden empeorar más. Algo de dinero heredamos que nos alcanzaba para pagar el alquiler, comida, mis estudios,… Nos vimos viviendo solos Nina y yo. 
—Cuánto lo lamento —no fui falso en mis condolencias. Me puse en su lugar y comprendí el sentimiento de abandono que pudo sobrevenirle con la súbita muerte de los padres. Eran muy jóvenes para ser huérfanos. 
—No hay nada que lamentar. Todo esto ocurrió hace mucho tiempo, y ahora me parece que no fui yo el que vivió aquello. O, por lo menos, intento conservar lo bueno y, lo que no, pensar que nunca sucedió. La memoria, sin embargo, es una mierda: no viene a voluntad.  Lo bueno resultó ser que, por fin, Nina y yo estábamos solos, el uno para el otro. Ya podíamos estar juntos sin obstáculos.
—¿Cómo dice? —Dudé de lo que oía; no me vi desde fuera, pero supuse la expresión de tonto que se me colocó en la cara. Él siguió como si no hubiera dicho nada peculiar.
—Queríamos a los padres, y nos dolió su muerte, por supuesto, más a Nina que a mí, no obstante, mi sueño de vivir solo con ella se convertía en real, por fin. Mi gemela, que no era tal aunque la gente del barrio nos apodaron como los gemelos dispares, era muy guapa y muy diferente a mí.  Ella poseía un cuerpo pequeño, con las redondeces justas (bueno, más tarde se llenó de huesos visibles), unos enormes y brillantes ojos (en eso sí se comentaba que éramos iguales), y la risa más franca y alegre que he conocido. Incluso cuando ya estaba muy enferma, y de ella solo quedaba el espectro, sonreía y aseguraba que no padecía dolor alguno. A Nina la muerte de nuestros padres la dejó en peor lugar. 
—¿De qué enfermó? —Lo pregunté casi con temor reverencial y en un tono apenas audible. Supuse que no me oyó porque volvió a caer en el mutismo. Yo no sabía qué hacer. Era de noche cerrada ya y de tanto en tanto mi mujer se asomaba a la ventana. Se acodaba brevemente y volvía a entrar. Menos mal que no permaneció muchos minutos al relente de la noche. Me apremiaba verla allí; sin embargo, una cosa era mi ritmo y otra diferente el de Jonás. Y no podía, ni debía, aplazar aquella conversación. Menos mal que no la interrumpí. Él se había inclinado de nuevo sobre el carrito del Hiperdino y esta vez sacó el vino en tetrabrik.  Me dio tiempo a pensar antes de que reanudara su relato que era ese el mejor formato para quien cargaba la casa en un carro. Una botella de vidrio suponía un gran inconveniente.


—De niña le diagnosticaron fibrosis quística. Tuvo la mala pata de ser ella quien heredara el gen asesino. Ojalá hubiese sido yo el que lo llevara a cuestas; de los dos, la mala suerte se cebó en ella. Y desde entonces todos nos volcamos en cuidarla, con la certeza de que quizá no estuviera al año siguiente; hasta yo, que no tenía edad ni para cuidar de mí mismo, me pasaba las tardes a su lado para no dejarla sola. Apenas tuve amigos, pero no me importó; cumplía con gusto. Leímos juntos todas las novelas de Los cinco, de Enid Blyton (¡joder!, aún me funciona la memoria), de Los Hollister, las aventuras de Hércules Poirot y Miss Marple. ¿Para qué le enumero?; fueron muchísimos libros los que devoramos juntos; ese era nuestro entretenimiento. Luego, con los años cada uno desarrolló sus propios gustos. Mi madre, no obstante, fue quien más se desvivió por ella (puede que se pasara protegiéndola) y, tras su muerte, intenté sustituírla bien, atenderla de la mejor manera, pero se me escapó a los siete años del accidente de circulación de mis padres. Ya trabajaba en el colegio y muchas veces debía faltar para atender a mi hermana. Aunque yo iba del trabajo a casa y de ésta al trabajo no resultaron suficientes mis cuidados. 
—En el colegio no fueron comprensivos. 
Giró la cara y me miró alelado. Mi comentario solo pretendía estimularlo, pero dudé de su efectividad. Más bien parecía que lo alejaba de la narración. La luz de la farola incidía sobre él dándole un aspecto de tragicomedia, con aquella manta que lo cubría, la barba canosa y los luceros negros por ojos; o quizá me lo pareció por lo que contaba. Hasta la nariz se la vi más larga.
—Me acuerdo de una noche de truenos y relámpagos. Llovía como nunca. Por el techo de mi habitación se filtraban goteras que caían justo en el centro de la cama. Quedaba la habitación grande libre, la de mis padres, pero Nina dijo que me quedara en su cuarto. Como un rayo, sin pensármelo ni un segundo, me metí entre las sábanas a su lado, con temor de que se arrepintiera; solía mostrarse contradictoria con mis cariños: afirmaba que esas efusiones resultaban excesivas para un hermano. Nunca lo comprendí porque siempre me contuve. La cama de ella era grande, de matrimonio, y allí también caían gotas (le aseguraba cada año que iba a arreglar el techo, sin embargo, qué sabía yo de tapar humedades: en la escuela de Magisterio no enseñan eso) y como el lado izquierdo de la colcha estaba mojado coloqué un plástico y nos refugiamos en el otro, muy juntos. Toda la noche tuve abrazado a mí su cuerpo minúsculo y apenas me moví por miedo a causarle daño, a que se rompiera. 
Se hundió en el silencio de nuevo. Yo no tenía ni idea de qué pensar de lo que contaba. Resolví no sacar ninguna conclusión, no sea que me perdiese en disquisiciones complicadas y no escuchara atento. 
—La semana antes de morir la llevé a la nieve… Nunca saqué el carnet de conducir, por lo que nos costó un trabajo el desplazamiento, pero le ilusionaba tanto que no pude negarme. De niños fuimos una vez con los padres; ella quería volver a recordar aquel tacto frío, granuloso. La gente nos observaba en la guagua: un tipo alto y flaco con una chica pequeña envuelta en un poncho peruano, que la cubría hasta el suelo, de color marrón, con dibujos étnicos, amarillentos y azules. Yo era muy tímido y confieso que me avergonzaban esas miradas. Nina era igual de cortada que yo; sin embargo, esa vez se atrevió y fue quien me convenció de que qué más daba cómo fuera vestida, si acaso por que le prestaran atención unos minutos debía de reprimirse todo el día. No sé si adivinaba que su final era inmediato y ya le daba todo lo mismo. También llevamos una manta fina para tumbarnos, un plástico para deslizarnos por las pendientes, un par de libros, y un termo de chocolate caliente. Disfrutamos de todo, excepto del arrastre con el plástico: en un descuido durante el que fuimos a sacar fotos, nos lo robaron unos chiquillos. No quitaron ni el termo ni la mochila; solo el plástico enorme. Mejor, porque tendidos en la manta pudimos leer con calma el último libro juntos, La mujer de la arena, como cuando éramos niños, mientras los rayos de sol nos caían encima. Nos quemamos la cara, pero nos dio igual. No volví a ser tan feliz. Bueno, felicidad…  Rectifico: nunca me he sentido tan tranquilo. A los dos días contrajo una neumonía de la que no se recuperó. Finito, Kaput. Sé que fui un imprudente por llevarla… Nunca le dije que yo no me veía como un simple hermano y que me importaba un rábano el nombre de ese afecto o apego o cariño, o como coño quiera que se llamara el deseo que había en mí de protegerla y de estar siempre a su lado. 
—No sé qué decir; comprendo la desolación que se siente ante la pérdida de los seres queridos. —Amagué de nuevo otro consuelo. No dio muestras de que me oyera. 
—A los dos meses, más o menos, de muerta Nina, me echaron del colegio porque en una clase zarandeé a un alumno. Estaba harto de las burlas del chico: “Que si andaba distraído, que si me olvidaba de todo, que si cambiaba de órdenes a cada instante,…” —Ahora imitó un tono aflautado, de parodia—. Él, la directora y los padres dijeron que le di un bofetón; yo recuerdo que solo lo moví un poco brusco. —Se encogió de hombros y esbozó una media sonrisa. Vi sus dientes irregulares, manchados. —Puede ser que no se equivocaran. Andaba por aquellos tiempos viviendo en una nube negra. Jaja, y todavía sigo. Ya sin recuperación. Buff, me importa poco ahora. 
—¿Y perdió la casa en donde residía?
—No era nuestra. Continué con el alquiler hasta que no pude pagarlo. Y fui al albergue a comer y a dormir. Al tiempo, Mica, me buscó otro trabajo entrenando a unos chiquillos. Tampoco duré mucho. Que yo supiera no cometí ningún acto extraño: creo que les despertaba desconfianza. Al final no sabía para qué me ocupaba de esos chicos si no me alcanzaba para vivir por mí mismo. Luego me acostumbré a dormir en la calle; no siempre se puede en la Casa del hospedaje. A veces pasan semanas durante las que está cerrada. Se quedan sin fondos y el ayuntamiento no apoquina ni un duro. Pero nos hacemos a todo, amigo. Poco a poco comienzas a bajar, a perder escrúpulos, a decirte “Y qué más da, si no es para tanto “; si un día te preocupaba que se cayese el pan al suelo, que se ensuciara, llega un momento que hasta lo sacas de la basura, porque lo importante no es que esté limpio. Si una vez buscabas una cama confortable, era tu prioridad, luego solo buscas un banco tranquilo donde pasar una noche en paz y si hace años ir aseado era indispensable, poco a poco convives con las manchas y hasta con las ratas. Vas descendiendo de modo paulatino, acomodándote a menos exigencias. El miedo no termina de irse, aunque hay medios para ahuyentarlo —alzó el tetrabrik y me lo colocó delante de la cara, con esa media sonrisa nueva de dientes grises.
—¿Entonces, no le preocupa la vida? ¿No alberga esperanzas de encontrar una ocupación?
—Subsisto al día, amigo. ¿De qué voy a buscar trabajo o quién me va a emplear? Me han arreglado una paga, Mica la ha tramitado varias veces, y la cobro hasta que pierdo, o me roban, el carnet. En otras ocasiones dejo de recibirla no sé por qué motivos. Dependerá de quién gobierne. Lo peor es cuando agarro alguna enfermedad. Eso sí que es una cabronada, porque durante el día no puedo quedarme en la Casa del hospedaje; también es cierto que han hecho la vista gorda y permitido que me instale en uno de los cuartos traseros. Bueno, ¿qué, veré ese relato escrito? Nunca había hablado tanto y desconocía esta labia mía. 
Esta vez fui yo el que enmudecí. Aún no se había apagado mi curiosidad, aunque debía de conformarme. Rocío ya no se asomaba intermitentemente a la ventana; ahora se apoyaba de manera manifiesta en el alféizar. Desde abajo se la veía comiendo una manzana; o eso supuse, dado que era lo que solía cenar. Jonás no perdió detalle de mi mirada inquieta ni de cómo agarré con firmeza la carpeta. No pensaba huir, por supuesto que no. El hombre no me desagradaba y estos días, en los que me ha dado por recordarlo, me arrepiento de no haberle expresado más simpatía. 
—Su vida es de cuento, no de hadas, precisamente; es digna de una novela. No sé si podré escribir un relato con lo que me ha contado. Me siento incapaz por ahora; quién sabe si algún me atreveré. 
—Bueno, no estoy seguro de si quiero que escriba sobre ella. Creo que los escritores mienten, falsean los hechos y lo que usted narre poco va a parecerse a lo que ocurrió en realidad. Cierto que tampoco me voy a enterar de cómo lo ha escrito. 
—¿Por qué no? Si viene por aquí se lo daría a leer. 
—O lo llevaría a la Casa del hospedaje. —No le respondí porque no lo formuló como si fuera una pregunta —. Creo que voy a permitirle a su mujer y a su hija un descanso de mi presencia. Hace unos meses me harté de refugiarme en barrios de mala muerte y quise adornar esta bella calle con mi persona. Aquí hay seguridad. Me cuesta entender por qué viven ustedes tan bien y por qué el resto lo permite. Sobre todo, es esto último lo que no comprendo.
No dije nada. Intenté un gesto amistoso con la mano; imagino que se me quedó en un amago.  Me despedí con un hasta mañana y con la recomendación de que no se quedara allí a dormir. Me respondió igual que el día anterior: 
—Que no, hombre, voy al albergue, si es que no lo cierran. 

Nunca más lo vi. Primero, porque no escribí sobre él, por lo que no me sentí obligado a llevarle el relato; segundo, porque esta vez los guardias sí le hicieron caso a mi mujer. No sé qué diría ella con exactitud en la comisaría, el caso es que se salió con la suya: a la mañana siguiente vinieron a retirar el banco. Según Rocío, los convenció de que en esta calle tranquila no suponía ninguna ventaja ni para los vecinos ni para los viandantes ese mueble, solo era pasto de ocupación para vagos y pordioseros, y que la gente buena y honorable que vivía allí no se merecía una existencia de zozobra como la que venían padeciendo desde hace meses. Ya era suficiente con los chicos de la feria de atracciones.



Dedicado a mi querida amiga Ana Linares Luis, porque sí y porque ella seguro que no llamaría al Ayuntamiento para que retiren el banco (le daría al mendigo, si pudiera, un bocadillo o un euro, para otro tetrabrik).


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Entre un banco y un carro de la compra. (Relato) -
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