21 de enero de 2017

No era un corazón loco (relato)


Salían a caminar con frecuencia; por lo menos Tomás cada fin de semana iba con dos o tres amigos a patear por los montes canarios. Le gustaban las zonas más frondosas porque le recordaban a su Asturias natal. Nació y vivió en Pola de Laviana hasta que cerró la fábrica donde trabajaba en Langreo; y, tan pronto como escampaba,  se  daba unos paseos por el Parque de Redes. Las sensaciones que le provocaban esas rutas se las trajo consigo a Canarias pero, aunque buscaba reproducirlas de nuevo (el olor a aquella tierra húmeda -todavía con la resaca de la lluvia-, o el tropezón del agua al chocar con las piedras de los ríos), no terminaba de hallarlas en los senderos de Tenerife; demasiado templados, afirmaba. Sin embargo, no cambiaría estos por los otros: para él ya formaban parte de un pasado al que nunca volverá, por lo menos de manera definitiva. Conservaba, no obstante, poderosos motivos para regresar; también para permanecer en las tierras de acogida. Éstas le tiraban más, aunque aún no había aprendido a transmitírselo en toda su plenitud a Alma. Y eso que eran más de nueve años los que llevaban juntos.
Ahora paseaba con ella por la avenida marítima. Cada tarde se equipaban para caminar diez kilómetros en dos horas con un breve descanso a los cinco, justo cuando llegaban a una plazoleta. Allí daban la vuelta. En este primer tramo apenas si cruzaban una frase; temían que las palabras los enredasen y distrajeran de los propósitos de concluir la ruta en hora y media. 
Antes de emprender el regreso descansaban unos minutos en los bancos de cemento, que, junto con un tobogán, y varios aparatos gimnásticos, compartían espacio. Nunca se montaban en ellos pero observaban con curiosidad a la gente practicando su tabla de ejercicios. 
Ese era el instante en el que iniciaban una charla que les duraba hasta llegar al aparcamiento, en donde acostumbraban a dejar el coche. Era Alma la que rompía el silencio. No solo por ser más habladora sino por tener siempre alguna preocupación en mente. Entre el trabajo y la enfermedad del padre oscilaban las conversaciones. Y en vísperas de Navidad el tema era  él, principalmente. Por eso no le extrañó que volviera sobre el sempiterno asunto de estas fechas,  tras una variante del  rodeo con el que lo iniciaba:
—Me encanta la avenida llena de luces y de adornos. Parece que el mar se ilumina más con los reflejos de los farolillos. ¿En Asturias también hay tanta iluminación? 
—Sí, como aquí. Oviedo y Gijón resplandecen más que otras ciudades pequeñas y cada vez se adelanta antes el encendido. 
—Bueno, llevas años en los que te vas la última quincena. Aquí, desde la primera semana de diciembre, ya vemos este brillo por las calles. Quizá allí  ha cambiado algo que te has perdido.
— ¿Qué me he perdido? —desvió la mirada de la malla prieta que, enfrente de él, no cesaba de subir y bajar del aparato gimnástico. En la cara de la portadora ni se había fijado, absorto en la redondez del culo. ¡Soberbio! Posó los ojos en Alma, en un intento de averiguar el motivo de la pregunta—. Ya ves tú que mi máxima aspiración en este mundo es ir a Pola de Laviana a ver luces de Navidad. Estoy en un  sinvivir por ese deseo.
—Es un decir, hombre. Anda, levanta que seguimos.
Tomás echó la última ojeada a las nalgas de la gimnasta y se alzó pesaroso. 
—Que digo yo, que tu pueblo debe de estar muy bonito. Es normal que lo añores en estas fiestas. 
— ¡Qué voy a añorar, mujer! Parece mentira que a estas alturas no sepas a qué voy.
 —Ya, ya, pero una cosa no impide la otra. Supongo que gozarás de las Navidades  como el que más; brindarás con ganas y comerás con placer. Vamos, que serás muy feliz. 
—A ver, Alma… Me importa un rábano estas fiestas. Ya lo sabes. Comprendo las tardes enteras que dedicas en el cuidado de tu padre, nunca me he quejado ¿verdad?; pues yo, en una de estas escapadas, seguro que veré a mi madre por última vez. Menos mal que vive rodeada de  la familia, si no tendría que viajar con más frecuencia.
—Yo no te retengo. ¿Dirás que no vas por mi culpa?
— ¿Te he dicho eso? No voy por las circunstancias.
— ¿Qué circunstancias?
Tomás  inspiró aire deseando que con él pudiera tragar una bocanada de paciencia. Lo que le llegó fue un embate de aire caliente. El clima estaba cambiando. Durante los días pasados llovió a mares;  ya la señorita del tiempo, muy linda ella, predijo que  por la mañana subirían las temperaturas. No era la primera vez que el clima africano llegaba con el inicio de diciembre. Ya se notaba el azote del viento y a primera hora se decretó la alerta amarilla en el mar. A él le sorprendía que los meteorólogos, en este caso era una bella meteoróloga, acertaran cada vez más. Se acordó del poco crédito que les concedía su padre y cómo confiaba en las telas de arañas para predecir el tiempo. Fue una costumbre que heredó del abuelo, el vasco. Este se mudó a Asturias, donde se casó con una chica de Langreo, pero no perdió los hábitos y cuando veía una araña escondida en una esquina, respiraba tranquilo por el tiempo sosegado que se avecinaba; en cambio, si la araña se mostraba en la red, pronunciaba cariacontecido, mientras iba a taponar algunos agujeros del hórreo: ¡Armiarmak bistan, euria segura!, o, lo que es lo mismo, “Arañas a la vista, lluvia segura”.
—Vamos a ver, Alma, lo hemos hablado un montón de veces. ¿Cuánto tengo yo de vacaciones? Quince días en un mes; quince en otro. La primera quincena te la quiero dedicar a ti y la segunda a mi familia.
—Claro, yo no soy tu familia —pronunció la mujer en tono ácido—. ¿Y me la quieres dedicar a mí? ¿Eso qué significa?—Formulaba las preguntas sin mirarlo; entretanto caminaba se cogía el pelo con la mano para evitar que se le posara en el rostro y le tapase los ojos.
—Es un decir, mujer. Quiero dedicárnosla a nosotros. Eso ya lo sabes. Si me quedo aquí, contigo, es porque me apetece. ¿Y hoy qué te ocurre? Por supuesto que eres familia, de otra manera, puede que la más auténtica que tenga en este momento. Parece que hay ganas de pelea. ¿A que el viento te pone un poco tensa? Luego te daré un masajito para que te relajes.
Alma caminaba ahora más rápido, con la vista fija en el frente, como si quisiera escapar de las palabras del hombre o, más bien, de lo que le rondaba por su propia cabeza. Tomás apresuró el paso e insistió:
— ¿Qué te pasa? Es verdad que cuando se acercan estas fechas entristeces. Les das demasiada importancia. Voy, ya sabes, porque a mi madre le gusta vernos reunidos que, si no, iría en un puente o de viernes a domingo, como hago a lo largo del año.
—Nunca hemos disfrutado de una Navidad juntos. Algún día no regresarás más aquí. Irás por un fin de semana, o peor, por quince días como ahora, y no volveré a verte el pelo. Espero que, por lo menos, te despidas, aunque sea por carta, y no me des excusas.
Tomás intentó cogerla del brazo, agarrarla de la cintura, pero ella iba demasiado deprisa y la mano se le quedó en el aire, convertida en gesto vano.
—Mujer,… Alma, ¿a qué viene esto? Mi vida está aquí, contigo, y aquí están mis cosas, el piso, el trabajo. ¿Qué melodrama es ese?
— ¿Y qué ocurrirá cuando te jubiles? Dentro tres años, ¿con qué pretexto te salvarás para no regresar definitivamente a tu hogar asturiano? Ya no habrá nada que te retenga en Tenerife.
— ¿Cómo que no hay nada? Tú lo eres todo, ¿qué mayor excusa necesito?
—Ah, bien, estupendo, ¿y vas a decir en tu casa, a tu familia, que no vuelves a vivir allí, porque tienes a otra aquí?
Se produjo el silencio entre ambos. Tomás meditaba la respuesta y Alma lo observaba inquisitiva. Con tanta insistencia que dejó de mirar hacia el frente y casi tropieza con una niña que circulaba en bicicleta por la acera. Trastabilló un poco, para evitarla y, sin prestar atención al gesto adusto de  quien supuso que sería la madre, insistió: 
—Hay un tema tabú entre nosotros, del que nunca quieres hablar, pero continúa ahí. Y es grande. Evitarlo no sirve de nada. No es  tanto que me preocupe la Navidad, aunque me fastidia, para qué negarlo si es cierto, que no hayamos convivido en ninguna juntos, sino el miedo a que un día no vengas. A que tu mujer te exija que te quedes ya para siempre, una vez te hayas jubilado. 
—Mi mujer no me va a pedir eso. Ella no pedirá nada; es la principal interesada en que yo esté aquí. Le basta con verme en algún puente, conque salude a los hijos y a los nietos, conque los ayude con dinero, si necesitan algo, y le resulta suficiente lo que le envío a cada mes para arreglar cosas de la casa. Ella se jubila a la vez que yo y tendrá una buena paga. En realidad, de poco me necesita.
—Tomás, eso cuesta creerlo; ¿por qué no se separan ustedes? Yo lo hice a los meses de comenzar contigo —y ante la ojeada rápida que él le lanzó, continuó—: Sí, ya sé que tú no querías que tramitara el divorcio; me dijiste, una y otra vez, que no me asegurabas nada. Sin embargo, si hubiera continuado con los dos, me hubiese vuelto loca. Por eso no te entiendo. 
—Vaya por Dios, otra vez con eso. Creo que no nos hemos engañado nunca, ¿verdad? Ya nos conocimos sabiendo que el otro estaba casado. —Hizo una pausa y respiró hondo— ¿Y por qué me voy a separar? Mi mujer no me ha hecho daño;   es buena persona. Ya te he dicho que quizá más adelante, cuando no esté viva mi madre. ¿Para qué le voy a dar ahora este disgusto? ¿Y para qué voy a enfrentar a los hijos?  A lo mejor es ella la que se harta de la situación y pide que nos separemos.
—Eso es lo que yo nunca he entendido, cómo no coge los trastos y se viene aquí. Sé que me has dicho que no le interesa dejar sus ocupaciones. No comprendo que te dejara marchar hace años y no se viniera contigo, que su trabajo fuera más importante. 
El hombre se tomó su tiempo para responder. Las preguntas le obligaban a reflexionar o a sopesar asuntos que en aquel momento no le interesaban, no porque le supusiera algún conflicto interno, sino por pereza. Para él resultaba evidente que eran dos relaciones muy distintas las que mantenía con su mujer, los hijos, su madre (en el mismo conjunto indisociable todos) y la que había creado con Alma en estos diez años (y, tangencialmente, con la hija de ella, a la cual había ayudado con los preparativos de su boda hacía ya un lustro). No era cuestión de cantar ahora el bolero de Machín; ya se lo había “guitarreado” en alguna ocasión, con una copa de más, y Alma, de malhumor, los llamaba caraduras, a él y al autor.
—Los chicos en aquel entonces estudiaban en la Universidad, bueno, María, la más pequeña, creo que andaba aún en el instituto. Todo se unió: además de los hijos, el trabajo de ella; que tampoco nos fuera de maravillas juntos y que yo llevase en paro más de tres años allanó el camino. Disponía de la excusa oportuna para dejarme marchar. Mi mujer fue la más liberada cuando preparé las maletas. Hasta me ayudó con el equipaje. También fue quien semanas antes me avisó de que su primo necesitaba personal para la empresa que había instalado en Tenerife —Tomás  hizo un gesto de impaciencia e, incluso, elevó un tono la voz—. Pero yo esto ya te lo conté. Tú dices que es un tema tabú. No, es que es un tema repetido y no sé qué más puede añadírsele. 
—Casi nunca hablamos de ella. No me dejas.
— ¿No te dejo? Ya ves, te pongo un bozal. Me aburre hablar de ese asunto. Y hay tan poco qué decir. 
—A mí me intriga cómo era la vida de ustedes, y cómo es cuando vas ahora, y si han hablado del futuro, qué planes se han formado.
—Tú lo que tienes son ganas de hacerte sangre. 
Ya estaban llegando por donde casi todas las tardes, al finalizar éstas, se montaba la cola para entrar a la pizzería. Sobre todo si era fin de semana. En medio de la amplia acera una culebra de personas les impedía el paso y hubieron de bajar a la calzada para seguir la ruta. Ni siquiera el viento retenía a los clientes en sus casas. Si comenzaban a pasear a las seis, que era lo habitual, e iban a buen ritmo, no les pillaba el gentío porque aún estaba cerrada. Si, como hoy, se retrasaban, se gozaban la fila, pues más que italianos, comentaban ambos,  los dueños se comportaban como auténticos nórdicos por su puntualidad; si es que el tópico es verídico, apostillaba Alma al final. Abrían a las ocho, ni un minuto menos, ni uno más. Mientras descendían a la calle Tomás aprovechó para agarrarla de la cintura. Ella se dejó coger: andaba ocupada en atarse el pelo con una mano y con la otra, a modo de escudo, en evitar chocar con la gente. Cuando recuperaron la acera, continuó:
— ¿Sabes lo que dijo una vez Cristina, la compañera de trabajo? Que tú solo estabas conmigo por sexo y que yo solo era un segundo plato. 
—Ja, ja —al hombre no le salió una risa real, más bien parecía una parodia—. A mí me daban de segundo mejor comida; siempre me gustó más. En este caso también —le buscaba la mirada sonriendo, pero ante el semblante de ella, la sonrisa se congeló—. Alma, ¿y qué valor le das a las frases hechas? No seas  simple. ¿Acaso soy el follador implacable? ¿Lo fui alguna vez? 
—No seas burro, qué modo de hablar…
—No, dime tú ahora. ¿En qué momento de nuestra relación hemos follado con ímpetu? Yo no recuerdo. Ahora, por obra de tu compañera, resulta que la hipertensión y los triglicéridos elevados, de los que ya padecía cuando te conocí, han sido un espejismo sin secuelas. Qué bueno. —Se detuvo y la giró un poco para interrogarla de frente— ¿Cuánto tiempo hace que nosotros nada de nada? ¿Y te he dejado de querer por eso? ¿Y tú? ¿Hemos dejado de estar bien juntos o has echado de menos a tu marido? ¿Te has arrepentido de algo?
Alma no dijo nada. Lo miró con lentitud, despacio, luego se abrazó a él, y no solo  para protegerse del embate de viento que los golpeó con virulencia. No contestó a las preguntas. Él tampoco esperaba ninguna respuesta, por lo menos verbalmente. Sabía, además, que cualquier contestación era transitoria: las preguntas no cesan nunca, si uno se lo propone, tanto si se está en un lado como en el contrario.
 Acabaron el último tramo del camino, y se acercaron hasta donde estaba estacionado el coche y desde donde iniciaban el paseo diario, ahora en silencio y cogidos de la mano. El viento movía los árboles de la explanada con violencia. Las hojas y la arenilla pugnaban por colarse entre el pelo y taparles los ojos. Los últimos metros, más que caminar por voluntad propia, eran arrastrados por la ventisca, cada vez más fuerte.
Dentro del coche se miraron sonriendo y sintieron  alivio.



Para mi querida Candi Acosta, por leer este relato antes que nadie (y así quitarme el miedo de que no era tan malo) y por apreciar, como yo, la literatura sobre relaciones personales.

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