27 de noviembre de 2016

Amor en conserva (relato)




1

Hay una película de los hermanos Marx que se llama así. Pero este relato no guarda relación con collares de brillantes ni con compañías de actores aficionados. Es solo una sencilla narración de amor, la de Andrea. (Y de la memoria traviesa, a demanda). Si es una historia feliz o no, ya juzgarán ustedes. Creo que sí, aunque serán los lectores los que pronuncien la última palabra. 
Todo comenzó por una carta, en un mes de enero pasado por agua. Julián había muerto meses antes y era preciso ordenar los trastos que se amontonaban en el cuarto del garaje, después de años de convivencia. En él había de todo: leña para la chimenea (en su hogar anodino una preciosa, de piedra rústica, presidía el salón-comedor), libros de textos de los hijos, loza olvidada, adornos de Navidad, piscinas de plástico de distintos tamaños; así como la cuna, un parque y juguetes del hijo menor. Y más cosas, tantas que estaba convencida de que pisar aquel sitio sería el peor modo de entretener el tiempo; tampoco es que ella se hubiese quedado nostálgica tras la muerte del marido (ni aliviada, eh). Pero no le quedaba otra opción. Iba a mudarse a un piso y a poner la casa en venta. Los hijos estaban de acuerdo en que resultaba demasiado grande para una mujer sola. Ella, por su parte, se mostraba encantada de introducir alguna variación en su vida.
Se decidió a bajar al trastero una mañana en la que los truenos y la lluvia anunciaban que el mejor lugar para soportar el día era el más alejado de las ventanas. Los relámpagos la imponían y la declaración de alerta amarilla le causaba sobresalto.
El olor del cuarto le llegó de golpe a la nariz. Consistía en una mezcla de humedad, azufre y troncos de monte. Aún quedaba leña (aunque ella ya no prendía chimeneas), apilada debajo del hueco que formaba el bajante de la escalera. El cuarto, muy grande, se levantó después de haber construido la casa en un espacio robado al garaje y a los coches que podrían usar; pues, ¿cuántos iba a poseer la familia? Conque cupiesen dos bastaba, pensaron cuando se edificó. No recordaba que hubiera colocado un sofá. Cubierto por un plástico, al levantarlo, comprobó que no estaba en mal estado, sin embargo, fue uno del que se deshizo hace unos cuantos años, para comprar el de piel burdeos. Creía que lo había regalado, o tirado a la basura. 
¿Por dónde empezar?, se preguntó mirando en torno. Le esperaba un trabajo de días y con el cielo tronando resultaba impensable tirar los trastos a los contenedores de basura. Sí podría apilar en una esquina todo lo desechable. Allí iba a acabar la loza y los discos. Se sentó en el sofá, cogió estos últimos para verlos bien: eran singles, de Karina, Marisol, Juan Pardo,… Algunos de regalo de la marca de refrescos Mirinda. Sonrió; no tenía dónde oírlos, pero quizá los salvase.
Acercó hacia el sofá una de las cajas grandes, arrimada a la pared y sellada con papel celo. En los laterales aparecía el rótulo: “Facturas, fotos y papeles”. Reconoció su letra, aunque no recordó en qué momento lo escribió. Se sintió complacida por haber sido tan ordenada. Le quitó el celo y miró en su interior. Uf, cuántas cosas. Había una torre principal en el centro con libros grandes, manuales escolares, carpetas y cajas más pequeñas; de canto, como introducido con calzadores, encontró unos blocs de dibujos y unas libretas descoloridas, con las puntas dobladas. Eran suyas. De joven, dibujaba; también solía llevar un diario, no al modo convencional, en pequeños libros con candados, sino en grandes libretas escolares, cuadriculadas.
Ingente tarea la de ordenar aquello, sobre todo, decidir qué guardar. Por lo pronto, su interés se centró en las libretas. No tenía ganas de leer aquella letra menuda ni, pese a que el día de relámpagos se prestaba a ello, dejarse dominar por la añoranza; sin embargo, comenzó a pasar las hojas de la primera libreta con curiosidad. 
Y encontró una carta entre las páginas. Vaya, ni idea de que todavía la conservase. Una carta de más de cuarenta años, dentro de un sobre con sello incluso, luego debió de habérsela enviado por correo. Sacó las hojas rígidas, amarillentas, y la desdobló con cuidado. En medio de las páginas un bicho minúsculo se había petrificado en el tiempo y con el polvo.
Comenzó a releerla. Era una carta de amor, además de renuncia y resignación, ¿quizá un poco humillante? Al final de algunos párrafos, el tono de pérdida se convertía en enfado. Una carta (si es justa en el juicio la narradora omnisciente) plagada de los tópicos de la ruptura:“Te querré siempre”;“…llevo semanas sin dormir, por tu culpa, y no te me vas de la cabeza” “…cuando ese tipo por el que me dejaste se harte de ti, no sé si estaré disponible”; “Nunca imaginé que fueses tan egoísta, tan vacía, para cambiarme por el primero que te miró”; “… aposté por ti, pero ya he comprobado que eres igual a las otras “.
Se llamaba, o se llama, porque no le constaba su muerte, Agustín. Un antiguo novio de tiempos muy muy pasados. No recordaba que escribiese tan bien, ni que fuera así de ardiente y cariñoso: “Jamás existirá un hombre que te ame como yo”; ni que hubiese sido ella la que lo dejó y, menos, que él se quedara resentido. Al contrario, en su memoria permanecía impresa una separación amistosa, carente de pasión y dolor. Como luego no volvió a verlo, hasta pensó que fue un alejamiento fruto de que él se fuera a estudiar, a vivir o trabajar a otra ciudad. No supo nada más del chico ni de su familia. Tampoco lo buscó ni conservó mayor interés por él.
Ahora se le abrió en su mente unos días pretéritos (quizá llegaron a ser semanas) de relaciones simultáneas; de verse a escondidas con Julián; de estar con uno en la playa por el día y con el otro en la verbena por la tarde-noche; de algún portazo en el Opel nuevo del que sería su marido (les duró este auto más de veinte años) y de algunos más fuertes en el seiscientos de Agustín (del coche se acordaba, uno amarillo con la maleta abarrotada siempre de trastos de carpintería); de gritos, enfados e incluso llantos. Uno la presionaba para que se decidiera de una vez, y el otro se cabreaba por los rumores que le llegaban y que ella dudaba de sí desmentir o no. 
Ahora ni recordaba por qué se decidió por el amor más reciente, por qué supuso en aquel momento que fue la mejor idea, ni qué la inclinó por él. El aspecto físico de ambos parecían similares: la misma estatura media e igual pelo moreno; los rostros de rasgos normales, tirando a bien parecidos los dos. Sí conservaba la certeza de que durante muchos años archivó en su cerebro a un Agustín insípido, aburrido y frío; luego se le desdibujó por completo y nunca más volvió a acordarse de él. Y, qué curioso, la carta no le devolvía esa imagen de tío plasta, como ella siempre había pensado. 
Se acostumbró al olor del azufre y de la humedad del garaje. El sofá sí mantenía el hedor dentro del tapizado de tela. A ese no se habituaba, y las manchas grises habían acentuado la sensación de moho. Ignoraba si la lluvia y los truenos cesaron. En donde se hallaba no se oía ningún ruido. 
Allí, sentada en el sofá, releía los folios una y otra vez. La reacción de ella se repetía en cada párrafo de modo idéntico, como si actuase para una película muda: ora abría los ojos como platos, ora fruncía el entrecejo mientras revisaba las frases: “Dicen que me engañabas con otro, que andas con él desde hace tiempo; ¿es ese con el que te vi el domingo pasado salir del cine? Imposible. Tú eres bella, buena, dulce, honesta; no puedo creer que estuvieras conmigo y a la vez con él”. ¿Ella fue así: buena, honesta? Hubo alguien que una vez la consideró dulce y muy guapa. Vaya; qué sorpresa se esconden entre los recuerdos. 




2

Había perdido la costumbre de guisar para tanta gente. En vida de Julián ambos se alimentaban de un potaje de primero; de una ensalada de segundo acompañada de un filete de pechuga de pollo o de pavo un día, de pescado al siguiente, de huevo al tercero. Y vuelta a comenzar. Los fines de semana salían con los hijos y las comidas multitudinarias quedaban restringidas a la Navidad.
Marisa le pidió el favor: iría a la casa después del trabajo a revisar qué recuerdos iba a escoger y no tendría tiempo para cocinar. Si hacía potaje, que le añadiese más agua y, de este modo, se llevaría un caldero para cenar con Saúl y los chicos. No le importaba incluir más verduras; claro que no, lo que temía Andrea era el juicio. Todos sabían que la cocina no constituía su especialidad.
Mientras removía con una espátula las legumbres que se le pegaban en el fondo del caldero, oyó a su hija que se acercaba a la cocina. Transportaría algo pesado porque el ruido de las pisadas no era ágil. Giró la cabeza y la vio franquear el umbral con el reloj de bronce que moría en el garaje desde hacía años. Encima de una columna de metro y medio, un pedestal de caoba, se alzaba la esfera de bronce llena de números romanos. Resoplando, se dejó caer en la silla.
— ¡Muchacha, cómo subiste eso sola! —exclamó la madre—.No pediste ayuda. ¿Te lo vas a llevar?
—Siempre me gustó este reloj. ¿No te importa, verdad? —Andrea se encogió de hombros—. Me recuerda mucho a papá. Cuánto presumía con él delante de las visitas. ¿Recuerdas con qué orgullo lo trajo el día que se lo regalaron? Y tú, molesta. Más trastos para la casa, decías.
Andrea se sentó en una silla enfrente de la hija. Alargó las manos sobre la mesa y mientras recogía las miguitas de pan esparcidas por ella, ensayó un tono neutro:
—Él eligió el reloj en vez del viaje que le ofrecía la empresa. No obstante, sabía bien qué prefería yo. Nos regalaban una estancia de una semana en Lanzarote con los gastos pagados. Nunca he estado en esa isla y relojes hay varios por la casa.
—Pero, mamá, a él no le agradaba viajar. Y sabes cómo le halagaba que lo agasajaran, le demostraran afecto, contaran con su opinión. ¿No recuerdas con qué orgullo presumía de la enorme cantidad de amigos que aún lo llamaban para pedirle favores? Derrochaba generosidad. Y cómo cada Navidad, en los últimos años, les mandaba un mensaje de felicitación a todos los amigos y compañeros de trabajo. Creo que aprendió a utilizar el móvil solo para eso.
—Sin embargo, a su familia no se entregaba tanto. Le gustaba que le demostraran afecto, aunque él no era muy cariñoso de puertas para dentro—. Había hecho dos montoncitos con las migas y se entretenía en pasar algunas de un montículo a otro bajo la atenta mirada de la hija.
— ¡Mamá! Yo no tengo quejas, ni mis hermanos. Eso me lo has dicho otras veces, que fue, ¿cómo lo llamabas? Sí, un “restrictivo”.
—Se contenía en todo, Andrea. Se pegó la vida reprimiéndose y reprimiéndome. No recuerdo que me dijese ningún elogio después de casarnos. Pronto pasé a ser el familiar con quien se comparte la casa. Llegaba del trabajo, comía, se echaba la siesta, volvía de nuevo, se quedaba luego con los amigos, y, entrada la noche, regresaba a cenar y dormir. Lo de viajar… No sé, cuando lo conocí alardeaba de ser un aventurero; por eso me conquistó.
—Madre, creo que hoy lo ves todo negro. No recuerdo esas ausencias. Sí me acuerdo, en cambio, del mes que estuviste ingresada en el hospital cómo aprendió a cocinar para llevarte buena comida porque detestabas la de allí; recuerdo que adelantó las vacaciones para poder dártela a mediodía. Y se quedaba por la tarde.
—Hija mía, es que siempre cumplió con su deber. Y estaba enganchado a la 2, a Saber y ganar y a los programas que echaban a continuación. Se sentaba delante de la tele, capaz de permanecer durante horas sin moverse con los ojos fijos en la pantalla.




3

—Cuánto me alegro de que no se permita fumar en los restaurantes y en las cafeterías. No soporto el humo, se queda la ropa apestando y detesto que me lo lancen encima —Carmela esbozó un gesto de asco mientras gesticulaba su repugnancia—. Ahora se puede estar a gusto aquí dentro.
— ¿A ti no te costó mucho dejar de fumar, verdad, Andrea?—preguntó Luisa—Y eso que parecías un carretero.
Verdad. Hubo una época en la que fumaba con ahínco, pero, además de que no le quedó más remedio, abandonó el hábito casi a la vez de que se prohibiera el uso del tabaco en los recintos públicos. En un principio la molestó y lo vio como una intromisión de la política en su vida privada. No obstante, en aquel instante solo reconocía ventajas en la medida. La atmósfera de los bares se había higienizado y las amigas maniáticas dejaron de serlo en aquel aspecto; podían permitirse el lujo de merendar dentro de la cafetería y dejar pasar la tarde, a resguardo del frío. Ella había perdido la costumbre durante los últimos meses, en los que estuvo alejada atendiendo al marido. Hacía poco que reanudó las salidas.
—Si me costó no tuve otra elección. Cuando le diagnosticaron el enfisema a Julián decidimos renunciar al hábito. Y desde que se le agravó, ya sin solución ninguna, llevábamos dos años sin probar un cigarro. A él le resultó más difícil que a mí.
Tenía las mismas amigas desde hacía décadas. En ocasiones se dispersaban; luego, las circunstancias (muerte del marido, alguna desgracia familiar o un zarandeo de la fortuna) volvían a reencontrarlas. Cada quince días quedaban en el mismo lugar.
—Pobrecito. Pobres, los dos —rectificó Paula su expresión de pena—. Bueno, nos contaste el calvario por el que pasaron ambos. Pero, mira, hoy te veo con otra cara. ¿No la ven distinta, chicas?
La observaron con detenimiento. Es verdad que la blusa y el pantalón que llevaba no presentaban el aspecto fúnebre de la vez anterior. Sin embargo, la diferencia residía en otro matiz. Carmela le apartó el pelo y la miró con fijeza antes de fruncir el entrecejo. No dijo nada. Las tres la miraban, a la espera.
Andrea dudó. Removió el chocolate con la cuchara, cogió la magdalena, la mordisqueó y fijó la vista de nuevo en las amigas.
—Hace una semana, haciendo limpieza en el garaje, me encontré una carta de alguien muy especial. Quizá de la persona más especial que he conocido nunca—detuvo las palabras para ver cómo se acentuaba el gesto de intriga en las caras que la miraban—. ¿Lo que les voy a contar no saldrá de aquí, verdad?
Las tres oyentes elevaron las cejas mientras la observaban con asombro. No decían nada pero meneaban la cabeza de un lado a otro.
—Hace mucho tiempo que la recibí. Décadas. Estaba oculta entre un montón de viejos objetos. Aunque nunca me he olvidado de ella y estos días me atreví a buscarla. No la releía, adrede, desde mi juventud y creo que me negaba por no hacerme daño, para no sentir la sensación de que había perdido mi vida; de que había tomado la peor decisión al elegir al equivocado.
—¿De qué hablas, vida mía?—la interrumpió Paula— ¿Quién es el equivocado?
Andrea la miró unos segundos y continuó el relato.
—Antes de conocer a Julián tuve un novio distinto. Estuvimos varios años juntos y nos quisimos mucho. Y nunca llegué a olvidarlo del todo.
— ¿Que ocurrió con él? —Preguntó Carmela— ¿Por qué no prosperó la relación?
—No lo sé bien; quizá dificultades de la época; Julián se interpuso; él, Agustín se llamaba, se fue del pueblo a estudiar lejos; yo era muy tonta y loca. Fueron momentos confusos y me sentí presionada a escoger entre uno de los dos.
— ¿Y piensas que no tomaste la mejor elección?—volvió a intervenir Paula.
—Quise mucho a Julián, lo cuidé incansable cuando enfermó, ustedes lo saben, compartimos la vida, además de la casa y los hijos, durante cuarenta años. Nos llevábamos bien, con nuestras diferencias normales, como todos los matrimonios; pero sí, mi gran amor fue Agustín. Este hombre me quiso más que nadie. Me llamaba siempre su “chica dulce y bella”.
Las amigas se miraron entre sí. Luisa dijo, muy despacio:
—Bueno, alguna vez hemos tenido a alguien en nuestro pasado que nos consideró bella y dulce. No obstante, la vida siguió; parece que siempre sigue, es algo habitual en ella; incluso, contra nuestra voluntad y recuerdos.
Andrea se giró hacia ella y también emitió una respuesta lenta:
—No seas irónica, amiga. Esto es distinto. Sé que si indagamos en el pasado encontramos a alguien que nos apreció mucho. Sin embargo, chicas —se dirigió a todas —a este hombre no me lo he podido quitar nunca de la cabeza. Ha permanecido en mi mente estas décadas. Nunca he engañado a Julián con hechos, pero, lo siento mucho, mis pensamientos han estado llenos del otro. Y, resulta curioso, saber que alguien te amó y que, tal vez, aún te echa de menos en un sitio remoto, da fuerzas. Por eso, encontrar esa carta ha renovado mis energías. He recuperado a ese gran amor. Por lo menos, en mis recuerdos.
Paula le cogió la mano, y le preguntó:
— ¿Y qué vas a hacer, querida, lo vas a buscar?
—Nooo, no sabría por dónde comenzar. Además, ¿para qué? ¿Ustedes se acuerdan de que antes se me daba escribir?—ante el gesto de asentimiento de las amigas, continuó—: Voy a relatar mis memorias. Para los amigos y la familia. No soy famosa, aunque tengo qué contar. Y no veo mejor modo de pasar la jubilación que poniendo en orden los recuerdos.
—Claro que sí, todas tenemos cosas dignas de ser contadas; tú, además, sabes cómo hacerlo. Aquí ya se encuentran tus primeras lectoras. Nos detallarás todos los aspectos de ese gran amor, eh.
—Por supuesto, a él le voy a dedicar mi autobiografía y será la figura principal de ella. Se lo merece por haberme acompañado a lo largo de la vida. Será el reconocimiento a la importancia que ha ocupado en mí. A ver si expreso esos recuerdos con exactitud. Es fundamental: ante todo, franqueza y sinceridad con la memoria. Me lo debo.



Epílogo: ¿Qué es más importante: lo que sucedió en realidad, lo que persiste en los recuerdos o la reconstrucción que estos hacen,  incluso se inventan, para sobrevivir?  

[Cuánto nos mentimos y modificamos nuestro pasado a conveniencia. Creo que no hay nada más falso en literatura que una autobiografía, por ser una mentira que arranca con la ventaja de la credulidad inocente del lector. Así ocurre en la vida cotidiana a cada rato.]


Imágenes y texto de Ángeles Impíos