8 de septiembre de 2016

A la caravana (relato)

Este relato, o cuento, trata de una pareja que, cada cierto tiempo, se reúne con otras personas para disfrutar de un grato día. Tienen en común que son propietarios del mismo tipo de coche. Organizan desfiles por la isla todos juntos y se lo pasan muy bien. En este caso es un coche, pero también podría ser una moto peculiar; una carretilla es más difícil. Este es uno de esos entrañables días.


¿Si la narradora dice que la mañana se despereza tras la ventana cae en la cursilería o roza el arte poético? Se aceptan todas las opiniones; aunque, lo cierto es que mientras Carmen y José permanecen sumidos en los más profundos sueños, los vecinos han regado las jardineras, comprado el pan y sacado al perro para que haga sus necesidades. Entretanto, el sol se ha encaramado a lo alto del cielo y la luz turbia del amanecer se clarificó. ¿Se despereza, entonces, la mañana?

Esta sí, desde hace rato, sin embargo, ellos todavía duermen como benditos. Y es que después del día que gozaron ayer resulta comprensible el sopor que les inunda ahora. El ritmo social al que se sometieron no todo el mundo lo aguanta de manera tan airosa. Ellos, en cambio, se han quedado con ganas de repetir.

Dejémoslos que descansen, mientras les cuento…

Casi al alba se despertaron por los ladridos del perro del vecino y ya les fue imposible dormir más, probablemente debido a la ilusión que sentían ante la jornada que les esperaba. Habían previsto pasarla con el grupo del Citroën; iban a dar una vuelta alrededor de la isla, los coches juntos en caravana. Deseaban que luciera buen tiempo, aunque la lluvia tampoco debería de afectarles tanto; el único pesar es que si el clima era desfavorable serían escasos los viandantes que admirasen como se desplazaban alineados y no podrían corresponderles con un alegre toque de bocina. Les gustaba ver que la gente se paraba, extasiada ante el paso del desfile. Seguro que murmurarían cuánto les encantaba la procesión. ¡Y es que serían más de cincuenta los automóviles que vendrían de las siete islas! Memorable.

Luego, irían a comer a un restaurante en Granadilla; el fundador del grupo reservó más de cien plazas en un local de carne. La mayoría de los conductores iban acompañados por familiares. Ellos ya habían almorzado allí en otras ocasiones, no con el grupo, sino solos, y habían disfrutado de unos solomillos y chuletones de epopeya a buen precio. Sabían que además de comer bien, se lo iban a pasar de maravilla igual que hacía seis meses (y eso que no hubo chistes ni canciones, como fue el deseo de ambos). En aquella ocasión tocó el banquete en el Norte y no se reunieron tantos porque cayó en diciembre y el clima andaba revuelto. Llovía a destajo y, cuando escampaba, el viento barría las calles desplazando la basura de portal en portal. De modo que apenas hubo espectadores por las calles. En ese sentido supuso una desilusión, no obstante, la comida fue un éxito, pese a que solo acudieron treinta personas.

Ayer, como fue sábado, cerraron la ferretería y dedicaron la mañana a hacer limpieza. Cualquier vecino tempranero podría verlos cómo sacudían las cortinas, fregaban los balcones, las ventanas y el porche del adosado. En esta ocasión adelantaron las faenas un par de horas, por lo que ese vecino curioso tuvo que madrugar si quiso observar los colores de las nuevas alfombras o revisar la pulcritud del porche lleno de begonias florecientes. Gozaban de la suerte, así se decían a cada rato, de no tener hijos; tampoco aspiraban a tenerlos. Las ilusiones que depositaron en montar el negocio, y lograr que alcanzara algún rendimiento, fueron más intensas que las que emplearon en ver retoños alborotando a su alrededor.

Sobre las diez de la mañana salieron para encontrarse con los que venían del norte de la isla. Quien planificó el evento, el bueno de Rafael, un tipo estupendo con gran capacidad organizativa, recomendó que llevaran una prenda que los identificara como grupo: contribuiría a la unión y era más divertido. Nada exagerado, ni ridículo, menos mal, solo un suéter o un polo amarillo. Más tarde, durante la comida, Carmen y José miraban emocionados como el salón se llenaba de camisetas doradas y como filas del mismo color se extendían alineadas en torno a las enormes mesas. Fue una sensación más inefable que la otra vez porque había mayor cantidad de asistentes: “así resulta más bonito”, comentaban ahora. Rafael acertó.

Antes visitaron a la virgen de Candelaria. Se acercaron hasta la basílica después de recorrer las principales carreteras (y sí, el cielo se portó bien, se armó de un color azul brillante que espantaba a las nubes cuando estas se atrevían a mostrarse). La mayoría entró para asistir a la misa y recibir las bendiciones del sacerdote. Solo escasos suéteres amarillos se dispersaron por los alrededores, o bien en los bares de enfrente, para beber las primeras cervezas, o acercarse hasta la cueva del fondo y apreciar la playa y la villa entera desde allí. Ellos no; al contrario, eran de los más satisfechos de que se hubiese instaurado esa costumbre. No tanto porque fuesen unos beatos, que no se consideraban, sino por el placer que les proporcionaban los ritos y la sensación de alianza que se respiraba en el interior de la iglesia. Lo mismo les gustaba la misa que acudir a los mítines del partido. Les daba la impresión de que se crecían en el encuentro con los demás, si eran semejantes a ellos, por supuesto.

Dentro de la basílica trabaron amistad con un matrimonio que había venido de la Gomera para el evento. La pareja mencionaba con frecuencia que era la propietaria del único “dos caballos” que aún circulaba por la isla. Llevaba dos convocatorias sin poder desplazarse a Tenerife; en la última, por el mal tiempo, no solo el barco se negó a salir, además, las calles de San Sebastián se anegaron de agua y fango y le resultó imposible acercarse al muelle; y, hacía un año, tampoco pudo ser, esta vez por la muerte de la madre del marido. A Carmen la mujer le resultó simpática y acordaron sentarse juntas en la comida. Ninguna de las dos conocía a muchas personas, aunque no habría ningún problema; todas eran muy agradables y saldrían a relucir multitud de temas interesantes en las conversaciones, se dijeron al salir de la iglesia. Estaban de acuerdo en que siempre destacaba el buen “rollo” del grupo.

La mitad del almuerzo transcurrió sin contratiempos. A veces, José acuciaba a Carmen para que hablara menos con su vecina (que escuchara menos, más bien) y atendiera a los entremeses, dado que el hombre de enfrente practicaba magia con ellos: visto y no visto. Lo mismo ocurrió con la carne y las papas fritas. El tío disfrutaba de excelente “saque”, aparte de ceguera hacia el apetito ajeno. Quizá pensaba que venían todos comidos de casa, excepto él, quien, por las trazas, daba la impresión de que no había ingerido alimentos en un mes, y no porque su aspecto fuera escuchimizado, al contrario. Era un hombre ancho y robusto, al igual que su esposa, una rubia de pelo estofado, la cual, entre sorbo y sorbo, se reía a mandíbula desencajada por los chistes que le contaba el compañero de su derecha.

Carmen y José la miraban perplejos. Debido a la bulla que se había montado en el salón no se enteraban de qué la hacía reír tanto; por eso les admiraba, e intrigaba, su vitalidad. Con cada carcajada los hombros oscilaban de un lado a otro, y los pechos de arriba a abajo. El marido, en cambio, apenas hablaba con nadie, y mucho menos se movía. Él, muy serio, ocupado en tragar sin ahogarse. Seguro que asumió a sangre y fuego el refrán aquel cuya advertencia rezaba así: “quien come y habla juicio le falta “.

Puede que fuera un error que la carne viniera en bandejas colectivas y no en platos individuales. En cuanto se acabó la primera, casi tan pronto como la trajeron, imaginaban que vendría otra. Fue comentado solo entre ellos, porque la pareja con quien trabaron amistad en Candelaria se sentó lejos. Llegó más tarde al bar y a Carmen le dio vergüenza reservarle el sitio a su lado. Se la encontraron casi al final del almuerzo y la mujer les contó que se perdieron por el camino al repostar gasolina. Gracias a que se acordaban del número de móvil de Rafael.

Hacía mucho calor y ruido allí dentro. La acústica era mala y las voces retumbaban. No trajeron más bandejas de comida, pero la bebida corría alegremente. El postre también llegó en platos grandes para compartir pequeñas porciones. Esta vez José se dio prisa en coger un trozo para él y otro para Carmen. Esta lo miró alelada cuando le tocó el brazo para señalarle el pedazo de tarta de arándanos y queso. Estaba tan ensimismada en la charla de la mujer de al lado que apenas reaccionó ante el postre que había delante. Acababa de saber que su vecina de mesa estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte hacía menos de un año; le habían extirpado el útero y los ovarios en un cáncer doble. Todavía acudía a quimioterapia y se sospechaba que el pulmón quizá estuviese afectado. La señora era muy buena narradora y relataba su enfermedad con profusión de detalles, para ella y otras dos que la escuchaban con atención. Carmen intentó en alguna ocasión cambiar de tema, de sitio, de oradora,… pero no se atrevió a moverse ni a pronunciar palabra; no le quedó más remedio que oír la novela oral de la señora. Se le encogió el estómago y el apetito se esfumó. Menos mal que escaseaba la comida.

A la derecha de José se sentaba un guardia municipal retirado, quien, entre bocado y bocado (también era de rápido engullir) despotricaba de la situación política española y del partiducho ese, el de los populistas que querían mamar más que nadie y colocar aquí el mismo régimen que ya había fracasado en tantos lugares.

—¡Ni que fuéramos bobos, los españoles! Es verdad que algún tonto sí que hay. Aunque yo no me dejo embaucar como otros. ¡Hay que saber a quién se vota, quien ofrece garantías! Es verdad que siempre hay algún grano podrido, incluso entre los más capaces, pero, que levante la mano quien nunca se ha llevado nada si unos tontorrones se lo ponen delante: que nadie es de piedra, ¡joder!; porque, no nos engañemos, son los que han levantado este país después de que el otro lo dejara en ruinas, preocupado por pendejadas, que si el matrimonio de maricas, que si la memoria histórica, ¡a él sí le daba yo un buen repaso histórico! Menos mal que ya se fue. —Los oyentes asentían entre risas y José no se atrevió a decir que formaba parte de las listas del partiducho. Bueno, tampoco iba de los primeros.

A la hora del café, el vino fue sustituido por ron, coñac, ginebra y licores. La gente estaba dispersa por cualquier esquina, en la barra, en la terraza fumando, o repartida en grupos por la amplia sala del restaurante. Carmen y José, ya recuperados de las conversaciones que habían mantenido, observaban la alegría general, que iba en aumento, y luego se miraban entre sí, sonriendo. Tomaron solo un licor de moras, y con prevención; no solían beber nada aparte de vino en las comidas y una cervecita de aperitivo los domingos.

La tarde iba languideciendo y ellos seguían sentados en las sillas, si acaso se habían rodado un par de sitios para charlar con una pareja que había adoptado una niña chinita hacía unos cuatro años:

—¡Más rica y espabilada que es! —afirmaba la madre y asentía el padre, después de narrar todos los avatares que sufrieron durante los trámites de la adopción, el dinero que habían gastado y los viajes que hubieron de realizar—. Ahora se quedó con los abuelos, pero me costó dejarla: ¡es muy madrera!—aseguró la mujer, encantada de haberse conocido.

Justo en ese momento, un estrépito que provenía de una esquina de la larguísima mesa la detuvo de la ensoñación maternal. Los cuatro miraron en esa dirección, aunque no se apreciaba bien lo que sucedía. Solo se escuchaba un ruido confuso. Los comensales habían formado un círculo en ese lado. El adoptante de la niña chinita también se levantó y les dijo que esperasen, que iba a ver qué había sucedido. No fue necesaria la recomendación; Carmen y José, aunque curiosos, eran discretos. Debido al trabajo en la ferretería oían los más variados chismes de los clientes, y les daban incalculable valor; así se mantenían al día de las novedades del pueblo, no obstante, debían aparentar que no les iba la vida en conocerlos. Para inspirar confianza, pensaban.

A los diez minutos regresó el adelantado investigador. Su mujer, antes de que se acercara del todo a la mesa, lo interrogó impaciente.

—Una pelea. Parece que desde la reunión del pasado año uno le debía dinero a otro. En esa ocasión éste le pagó los gastos del día porque aquel se dejó la cartera en un pantalón viejo. Ahora volvió a pedirle al mismo para abonar la comida (por cierto, son cuarenta y cinco euros por cabeza); esta vez confundió las billeteras, dice que tiene varias iguales… Pero, con las prisas, agarró la que no tenía tarjetas bancarias ni dinero en efectivo. Solo llevaba cinco euros en el bolsillo. No sé qué habrá de cierto en la historia… Solo sé que quien le prestó el dinero dijo que no se creía nada y que estaba hasta los cojones del tío (perdónenme las señoras, que yo solo repito). Vaya, que lo llamó gorrón y se montó una buena. Ya los separaron.

—¡Dios mío! ¡Ay, qué cosa más fea! Con lo unidos que hemos estado siempre. ¡Cuarenta y cinco euros! Imposible, será un error, si solo comimos una chuleta. Claro, tantas bebidas... —se sucedieron las exclamaciones entre los oyentes. No se supo exactamente qué les afectaba más, si la pelea o lo que debían pagar por el almuerzo.

Carmen y José apoquinaron los noventa euros con cierto dolor. Nunca les había salido una comida tan cara ni habían acabado un almuerzo con más hambre que al comenzarlo. No adivinaron si eran los únicos hambrientos, lo que sí captaron es que el ambiente pareció ensombrecerse de pronto. Se tardó una hora en recaudar el dinero, y para cuando se logró ajustar el último céntimo de la cuenta eran casi las ocho de la tarde, o de la noche. Los primeros autos iniciaron la marcha y algunos ni siquiera esperaron por los demás para ir en caravana.

Ellos sí, y fue de la última satisfacción que gozaron, del toque de bocina y la contemplación de los transeúntes con expresión de asombro al paso del desfile, ¡tan bonito!, de todos los Citroën 2cv juntos. Antes, se despidieron de los demás, y, tras un cálido apretón de manos él y de un beso ella, le aseguraron a Rafael que había sido una jornada estupenda, que por días como aquellos merecía la pena vivir y que habría que repetirla desde que pudieran, puesto que no era necesario aguantar seis meses para reunirse de nuevo.

Claro que sí, hay que repetirla cuanto antes. ¿Acaso se debe de atrasar lo bueno, si no hay impedimentos? Por supuesto que no. Y con ese idea regresaron a casa, agotadísimos.

Por eso, ahora duermen tan felices.