20 de junio de 2016

Relato: Como una destiladera

Este relato trata del amor, del matrimonio, del rencor o del perdón no resuelto. Se ambienta en un bar con parral incluido, donde una destiladera canaria ocupa un lugar simbólico. 


Íbamos con frecuencia a cenar allí. Era un restaurante modesto, en realidad un bodegón, cuya cocina se basaba en cinco o seis platos, pero con la garantía de que eran frescos; además, ofrecía buen vino servido en el patio y debajo del parral. En la esquina de aquel, en un brasero de obra a modo de chimenea, solía tostarse a fuego lento un costillar que inundaba de su olor toda la casa y la huerta que la rodeaba. Hasta la calle llegaba el aroma. Parecía un grato espectáculo, estimulante del apetito, contemplar cómo el dueño, Roberto, daba vuelta a la carne entregado a la tarea, con el vasito de vino al lado y del que de vez en cuando se echaba un sorbo. Nos agradaba y animaba verlo. Hasta ansiábamos ser bodegueros en aquellos momentos.
El restaurante, o la casa, dado que servía de vivienda, albergaba en el interior una sala mayor, con capacidad para más comensales; nosotros preferíamos sentarnos fuera. Incluso en invierno resultaba soportable el sitio; las noches frías se calentaban al hogar de la estufa que creaba el asador debajo del emparrado.
También a Flora y a Pedro les gustaba la terraza. Llevábamos algunos años coincidiendo con el matrimonio. En ocasiones descendía el ritmo con el que íbamos pero, al cabo de un breve período de ausencia, nos topábamos de nuevo con la pareja. Concurrimos tanto que lo natural hubiera sido entrar en amistad. Sin embargo, solo nos saludábamos cordiales; ellos, desde su mesa, y nosotros, desde la nuestra, reíamos los chistes de Roberto o escuchábamos sus parrafadas filosóficas, si le daba por ahí en los momentos en los que apenas quedaba clientela, o asentíamos a las palabras de María, la dueña, quien, apenas se soltaba a hablar, captaba la atención inmediata de todos; menos mal que no solía ser con frecuencia.
Después me arrepentí de mi actitud distante. Si hubiese sido amiga, de la mujer en especial, puesto que él no disfrutaba tanto de mi agrado en aquel entonces (todavía no me inspiraba la pena de más tarde), quizá hubiese entendido antes la fatalidad de aquel matrimonio (¿y puede que de una mayoría?). Es probable que a través de las frases de ella adivinase por qué la relación con el marido era cómo era y por qué él se comportaba de aquel modo; también me habría formado un juicio más acertado de lo que le condujo al presunto intento de suicidio.
Resultan difíciles de reconstruir los hechos y la historia completa de la pareja. Me remito a lo que contaron María y Roberto al final de una cena, tan pronto reparé en la ausencia prolongada de aquellos, y la curiosidad por saber venció a la discreción.
En uno de los habituales exabruptos del marido, quien, exasperado como tantas veces, la llamó Flora con un retintín chirriante, supe cómo se llamaba la mujer. Nunca hasta entonces me percaté de que el modo de mencionar a alguien pudiese irradiar tanto odio. Él respondía por Pedro y también se lo escuché a ella: “Pedro, por favor…”; en innumerables ocasiones, con acento implorante
Ya los jóvenes no usan esos nombres, pero ellos tenían una edad para llevarlos con estilo. Alrededor de cincuenta y muchos la mujer, él poco más. A ella se la adivinaba guapa en la juventud: alta y no muy gruesa; todavía le quedaba algo de los labios carnosos que debió de poseer y un contorno de rostro en el que ya se le había desdibujado la barbilla, pero que, sin duda, fue atractivo en épocas mejores. Llevaba el pelo como muchas mujeres de esa edad, las cuales optan por el rubio cenizo ante la invasión de las canas. Yo creía en aquel entonces que estaba teñido, luego supe que no.
En el hombre, de la misma estatura, ya la calvicie y la tripita habían hecho aparición. Notaba algo en él que me descuadraba si caía en la cuenta de que era el marido. No que me pareciese menos atractivo, sino la mirada descomprometida, como si aquella mujer no fuese con él, o la hubiera recogido por ahí y adosado contra su voluntad. Ambos transmitían la sensación de que formaban una pareja desparejada, en la que los años de convivencia no la moldea para que los miembros se acoplen y terminen simulando ser hermanos, en una mezcla de adaptación ambiental que engaña a la genética, al igual que le sucede a una mayoría de matrimonios. Ellos se habían apartado de esa evolución y representaban la nula complicidad.
Guardo un recuerdo vivaz de escenas sueltas en las que solían acompañarse de algunos amigos, normalmente hombres. Una vez sí acudieron con otra pareja, pero no era lo habitual
En una de aquellas ocasiones, llegamos más tarde de lo acostumbrado al bodegón y solo quedaba libre en el patio una mesa al lado de la de ellos y de tres amigos suyos. Entramos hambrientos y el olor de la carne asada nos subyugó. Como veníamos del cine nuestra conversación giraba, no sin dificultades, en torno a la película que acabábamos de ver. Se mezclaba lo que decíamos con las voces más elevadas de lo normal que provenían de la mesa contigua; costaba oírnos entre nosotros y seguir la charla propia. Al final, dejamos de hablar porque el tono áspero de Pedro contra la mujer nos enmudeció. Por segundos alzaba la entonación y terminó insultándola con evidencia. Lo más suave que le oímos fue el adjetivo estúpida; que no tenía opiniones propias, la recriminaba, y que si era tan ignorante que se callase para no meter la pata con ideas absurdas.
Por los comentarios pillé que el tema objeto de aquellos agrios apelativos versaba sobre si la Semana Santa debía de seguir celebrándose como una festividad para el pueblo en general, ocupando los pasos procesionales las calles del municipio o, por contrario, si debía de circunscribirse a la aledaña a la Iglesia, restringido así a los creyentes. No logré averiguar quién esgrimía la opinión favorable y quién la contraria. Creo que era lo de menos, que cualquier idea hubiese desatado la más agria controversia por parte del marido. Y digo de él porque a ella no se la oyó defenderse. Solo repetía: “Pedro, por favor, baja la voz que te escucha todo el mundo”.
Otra noche fueron ellos los que llegaron tarde. Esta vez no se sentaron a nuestro lado, pero también se hicieron notar. E igualmente fue por una presunta torpeza de ella. No capté demasiado bien qué ocurrió, si la mujer derramó el vaso del vino, o si se le cayó la botella y vertió parte del líquido en el asado que comían o si le manchó la ropa a Pedro. El asunto fue que oímos su voz destemplada, pero esta vez más que dirigida a ella en concreto, era de burla por la situación y por las torpezas de las mujeres, de todas las mujeres, y se reía al buscar la complicidad de Roberto. El bodeguero asentía con una sonrisa, pero sin decir ni una palabra.
Me acostumbré a fijarme en ellos, después de los primeros conatos de agresividad que emitieron, no sin aprensión y, lamento decirlo, con morbosidad. Vigilaba sus gestos e intentaba seguir las frases que se cruzaban entre ambos y, si notaba algo raro, detenía la conversación que mantenía con mi marido para oírlos atentamente y darle las nuevas noticias. Él se impacientaba y no entendía el interés que despertaban en mí. Huelga decir que se convirtió en un incentivo más para acudir al bar.
Hubo un tiempo, no obstante, en que dejamos de ir. Coincidió con la enfermedad y muerte de mi madre, además, mis hijos se trasladaban a estudiar a otra ciudad, y la preocupación por los reajustes de plantilla, tanto en el trabajo de mi marido como en el mío, nos impedían disfrutar de lo acostumbrado; cuando gozábamos de un rato libre lo dedicábamos al cine. Calculo que estuvimos cerca de un año sin pisar el bodegón. En verano regresamos de nuevo y tanto Roberto como María nos recibieron con el afecto habitual. El parralito que cubría el patio se enredaba más frondoso, aunque la uva aún se apreciaba pequeña y verdusca. Habían colocado una destiladera de madera pintada con hibiscos amarillos sobre un fondo azulado. Resultaba vistoso el conjunto y llamaba la atención la enorme piedra, cubierta de helechos, la cual dejaba caer sus gotas sobre un bernegal más grande de lo corriente: más de veinte litros de agua podría contener; situada en la esquina opuesta al asadero, embellecía la terraza convirtiéndola en más acogedora. Sería que nos quedábamos admirando la talla por lo que en un primer momento no me di cuenta de que Pedro y Flora ya no iban al bodegón. Incluso fuimos varias noches seguidas y no reparé en sus ausencias. Hasta que no me acostumbré a la belleza de la destiladera no pregunté por el matrimonio, primero a mi marido (cuestión retórica, puesto que él sabía tanto como yo) y luego a María. La pregunta la dejó traspuesta. Yo la formulé en tono casual, de modo que pareciese que se me había ocurrido de repente. Respondió que más tarde, tan pronto como se liberase el bodegón de clientes, nos contaría. Por supuesto,me quedé intrigada y retrasé la marcha del lugar hasta que ella se acercó de nuevo a nuestra mesa. Creo que la dueña tenía más ganas que yo de conversar y agradecía mi interés por la suerte del matrimonio. Conforme se sentó, arrancó a hablar, sin que yo se lo recordara:
—Qué pena me daba Flora y Pedro. Vivían en un querer y no poder. Los conozco, los conocía, creo que sería lo más adecuado decir ahora, desde hace muchísimos años, de cuando montamos primero el negocio en el garaje de mis padres. Ellos ya iban por allí, casi siempre solos; sentados en un rincón se bebían una cuarta de vino, picaban algo y luego se iban. Buena gente.
—María, ¿por qué dijiste que los conocías en pasado? Los conoces, ¿no?
—Ay, mi niña, entonces, ¿no se han enterado de nada? —Su mirada abarcó a los dos, a mi marido y a mí, y ante nuestro gesto perplejo continuó, tras inhalar aire, como si quisiera coger fuerzas—. Flora murió a principios de enero. Llevaba años lidiando con el cáncer, en ocasiones remitía y luego regresaba el mal afanoso por invadirle otra parte del cuerpo. Por eso a veces parecía tan poca cosa, sin fuerzas para nada, aunque hasta el último momento acompañaba a Pedro a tomarse el vasito de vino. Ese no le faltó nunca. Me imagino que, ya resignada a su suerte, no querría prescindir de él.
— ¿Cáncer? No se le notaba. Si incluso lucía un abundante cabello —articuló mi marido sorprendido.
—Qué va, usaba peluca. Perdió el pelo por completo y en ocasiones se colocaba un pañuelo, muy pocas, porque no le gustaba. No quería que nadie se enterara o le tuviese pena. Ahí donde la veías tenía orgullo, quizá por ser tan guapa, y presumida, de joven. Por eso Pedro anduvo loco por ella, y bastante trastornado se quedó tras su muerte. Aún continúa ingresado, pobrecillo. —Con la voz baja de pronto, pese a que solo se oía a Roberto trasteando dentro, por la cocina, confesó—: Se intentó suicidar a las pocas semanas. Era aficionado a la caza y, a pesar de que las versiones oficiales dicen que se le disparó el arma, para mí que fue adrede. Se destrozó un lado de la cara, hacia la cabeza. Se salvó de milagro. Roberto acudió a verlo cuando estuvo en la UCI, después de que fue operado, pero no lo dejaron entrar. Ahí permaneció un tiempo hasta que lo trasladaron a otro pabellón. Siempre decimos que vamos a visitarlo, pero entre una cosa y otra, no encontramos el momento. Encima no tuvieron hijos y a él solo le quedan hermanos.
—Cuánto lo lamento. Qué pena por los dos, quién hubiese dicho que les iba a suceder eso hace un año. Pero no entiendo —intenté hablar con cautela, para no ser una imprudente —, no dudo de que él la quisiera, pero, ¿no solía tratarla mal?
María suspiró, entretanto miraba a Roberto, quien, en silencio, se había acercado a nuestra mesa con medio litro de vino más. Él también había oído mis palabras y fue quien respondió, mientras tomaba asiento y nos servía otro vaso, el último:
—Pedro siempre la quiso mucho, demasiado, diría yo, lo que ocurre es que andaba resentido. Hizo que la perdonaba, sin embargo, no pudo nunca.
—Sí, es lo que yo siempre decía, que, ¿para qué deseaba regresar con ella si no hacía sino amargarle la existencia? —Lo interrumpió María—. O perdonas e intentas olvidar, ya sé que es fácil proponerlo, o rehaces la vida de otra manera. Pero a la mitad solo consigues que el aguijón del veneno se quede dentro, para siempre, royéndote las entrañas. A cada rato me digo que en nosotros debería haber algo semejante a una destiladera, para que filtre el ánimo de impurezas y salga depurado el sentimiento, sin reconcomios.
Mi marido y yo cruzamos la mirada: no entendimos ninguna de esas frases dramáticas, incluso metafóricas. Vaya con la bodeguera. Ella captó el gesto y siguió:
—Hará como quince años, a ver, déjenme que piense, ella tenía mi edad, quizá alguno más, yo recién estrenaba la cuarentena, porque acabamos de inaugurar el negocio aquí,… A lo que iba, ella cometió un desliz —por el modo en cómo pronunció desliz dio la sensación de que había escogido la palabra más suave—. La enredó con embelecos el médico del ambulatorio, ya saben que era muy guapa; aunque a Roberto nunca le pareció que fuera para tanto, ¿verdad?— lo miró y este asintió en silencio —. El caso es que Pedro la pilló a los meses, no me preguntes cómo porque desconozco los detalles exactos, si fue un chivatazo de alguien o acumulación de sospechas. Sé que se armó un tremendo revuelo, que si ella entonces dejaba a Pedro, que si se iba a vivir con el médico, que si se separaba para casarse con él. Nada de eso se produjo: todo, fuegos artificiales. Abandonó la casa, se mudó a otro pueblo, pero a los pocos meses el medicucho la abandonó. Típico, ninguna novedad que se canse de Flora si ya no hay obstáculo. Ella se vio sola, sin marido, sin querido, y sin nadie. Con la familia también se había peleado por ese asunto y solo se llevaba con la hermana pequeña. Vamos, que pasó apuros durante un tiempo. Estuvo trabajando en la limpieza de los colegios durante meses y apenas le alcanzaba el sueldo para malvivir. Al cabo de un año, más o menos, ¿no, Roberto? —Este volvió a afirmar con la cabeza—. Pedro fue a buscarla y se la llevó de nuevo a la casa.
—Pero nada fue igual. Regresaron juntos sin cerrar la herida, sin ponerle un buen esparadrapo. Coño, las cosas no se hacen así. Él me respondía, cuando yo le reprochaba que por qué la trataba tan mal y la afrentaba en público, que no podía evitarlo, que luego se sentía un malnacido, sin embargo, había algo en ella que lo enrabietaba —siguió narrando el bodeguero—. Yo sé que más tarde se arrepentía; él no es mal hombre, al contrario, un bonachón, menos con Flora, claro.
— ¿Y ella aceptó ese trato? —Sondeé, asombrada de todo aquello— ¿Por qué no volvió a dejarlo? ¿Él le pegaba?
—Muchas veces nos lo preguntamos nosotros, creo que no, pero cualquiera sabe; aunque se le notaba demasiado preocupado por la salud de ella, eso sí, a sus espaldas. ¿Cuántas tardes no nos llamó,antes de venir, para encargarnos una comida especial para la mujer, quien insistía en ir al bar, pese a las náuseas que le provocaban la quimioterapia y le ponía el estómago perdido?, ¿recuerdas, María? —Roberto había tomado la palabra y pedía la aprobación de la mujer; esta confirmó—. Y que no se entere Flora de que él había telefoneado para encargarla, me rogaba, que pareciese que la cocinamos para la clientela. Otros días, para que le guardáramos la mesa que más le gustaba a ella, la de esquina, al lado de la chimenea, y para las noches que se auguraban frías que tuviéramos el fuego encendido desde horas antes. Siempre con la eterna cantinela, que no se entere nadie de la llamada. Se ponía pesado el hombre, y luego delante de la mujer se comportaba como una bestia; ella, resignada.
—Yo creo que había aceptado esa situación como pena contra sí misma; además, pese a que le puso los cuernos en aquel momento, porque se dejó embaucar (ya saben cómo son esas cosas, que si te ves más consentida, que si has encontrado al hombre prodigioso que te pondrá la luna en la mano, bah, machangadas), nunca dejó de querer a Pedro; se sentía culpable del dolor que le causó por el abandono, y merecedora del castigo—completó la versión María.
— ¿Castigo? Pobre mujer...—murmuré.
—Los dos se castigaron. Lo de ellos era un amor extraviado y resentido: una condena para ambos. El matrimonio es complicado de soportar y en él hay algo de basura; lidiar con otro sin perder el pellejo en el esfuerzo es cuestión de que la fortuna te ponga en el camino a alguien que, tras años de convivencia, no desees arrojar por el barranco. Siento ser burro, pero así lo creo, porque no sabes cómo se comportará el prójimo con el tiempo y de qué modo tocará las narices para enrabietarte a gusto. Solo los babiecas creen que cumpliendo recetas y frases mágicas de almanaque la cosa mejorará. Estoy seguro de que hay gente que nació para joderse la vida y se une a quien mejor puede jodérsela. Y no razones con esas personas puesto que,
alcanzado un punto, no saben ser de otra manera. No hay más. —sentenció Roberto.
“No hay más”: nos tuvimos que conformar con ese dictamen, pero, ¿en serio qué no hay más? Aún le doy vueltas a la afirmación de que en todos los matrimonios hay restos de basura, y, ¿por ende, en todas las familias? Como dijo María, en nuestro cerebro debería haber una piedra destiladera, más porosa de lo usual, para que de todas las emociones ahí contenidas rezumen las favorables que nos descubran a nosotros mismos cada día, en los ojos y en el gesto del otro, de  forma tal que no deseemos convertirle la existencia en un infierno. No sé si depende de que te topes con la persona adecuada, como dijo Roberto, o si tendríamos nosotros que forzar esa destiladera, para sobrevivir y, aplicarlo ya, de camino, a todas las demás relaciones.
Me temo, no obstante, que la imagen de la destiladera se reduce a un encomiable afán. He de reflexionar sobre ello; quizá mañana, ahora que me decidí a contar esta historia. O, mejor, la semana que viene; se acerca el verano y tendré más tiempo para disquisiciones seudofilosóficas.


Registrado en:

Safe creative

Relato: «Como una destiladera» -
CC by 4.0 -
Autoría:Ángeles Impíos