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20 de junio de 2016

Relato: Como una destiladera

Este relato trata del amor, del matrimonio, del rencor o del perdón no resuelto. Se ambienta en un bar con parral incluido, donde una destiladera canaria ocupa un lugar simbólico. 


Foto artísitca de una destiladera canaria
Íbamos con frecuencia a cenar allí. Era un restaurante modesto, en realidad un bodegón, cuya cocina se basaba en cinco o seis platos, pero con la garantía de que eran frescos; además, ofrecía buen vino servido en el patio y debajo del parral. En la esquina de aquel, en un brasero de obra a modo de chimenea, solía tostarse a fuego lento un costillar que inundaba de su olor toda la casa y la huerta que la rodeaba. Hasta la calle llegaba el aroma. Parecía un grato espectáculo, estimulante del apetito, contemplar cómo el dueño, Roberto, daba vuelta a la carne entregado a la tarea, con el vasito de vino al lado y del que de vez en cuando se echaba un sorbo. Nos agradaba y animaba verlo. Hasta ansiábamos ser bodegueros en aquellos momentos.
El restaurante, o la casa, dado que servía de vivienda, albergaba en el interior una sala mayor, con capacidad para más comensales; nosotros preferíamos sentarnos fuera. Incluso en invierno resultaba soportable el sitio; las noches frías se calentaban al hogar de la estufa que creaba el asador debajo del emparrado.
También a Flora y a Pedro les gustaba la terraza. Llevábamos algunos años coincidiendo con el matrimonio. En ocasiones descendía el ritmo con el que íbamos pero, al cabo de un breve período de ausencia, nos topábamos de nuevo con la pareja. Concurrimos tanto que lo natural hubiera sido entrar en amistad. Sin embargo, solo nos saludábamos cordiales; ellos, desde su mesa, y nosotros, desde la nuestra, reíamos los chistes de Roberto o escuchábamos sus parrafadas filosóficas, si le daba por ahí en los momentos en los que apenas quedaba clientela, o asentíamos a las palabras de María, la dueña, quien, apenas se soltaba a hablar, captaba la atención inmediata de todos; menos mal que no solía ser con frecuencia.
Después me arrepentí de mi actitud distante. Si hubiese sido amiga, de la mujer en especial, puesto que él no disfrutaba tanto de mi agrado en aquel entonces (todavía no me inspiraba la pena de más tarde), quizá hubiese entendido antes la fatalidad de aquel matrimonio (¿y puede que de una mayoría?). Es probable que a través de las frases de ella adivinase por qué la relación con el marido era cómo era y por qué él se comportaba de aquel modo; también me habría formado un juicio más acertado de lo que le condujo al presunto intento de suicidio.
Resultan difíciles de reconstruir los hechos y la historia completa de la pareja. Me remito a lo que contaron María y Roberto al final de una cena, tan pronto reparé en la ausencia prolongada de aquellos, y la curiosidad por saber venció a la discreción.
En uno de los habituales exabruptos del marido, quien, exasperado como tantas veces, la llamó Flora con un retintín chirriante, supe cómo se llamaba la mujer. Nunca hasta entonces me percaté de que el modo de mencionar a alguien pudiese irradiar tanto odio. Él respondía por Pedro y también se lo escuché a ella: “Pedro, por favor…”; en innumerables ocasiones, con acento implorante
Ya los jóvenes no usan esos nombres, pero ellos tenían una edad para llevarlos con estilo. Alrededor de cincuenta y muchos la mujer, él poco más. A ella se la adivinaba guapa en la juventud: alta y no muy gruesa; todavía le quedaba algo de los labios carnosos que debió de poseer y un contorno de rostro en el que ya se le había desdibujado la barbilla, pero que, sin duda, fue atractivo en épocas mejores. Llevaba el pelo como muchas mujeres de esa edad, las cuales optan por el rubio cenizo ante la invasión de las canas. Yo creía en aquel entonces que estaba teñido, luego supe que no.
En el hombre, de la misma estatura, ya la calvicie y la tripita habían hecho aparición. Notaba algo en él que me descuadraba si caía en la cuenta de que era el marido. No que me pareciese menos atractivo, sino la mirada descomprometida, como si aquella mujer no fuese con él, o la hubiera recogido por ahí y adosado contra su voluntad. Ambos transmitían la sensación de que formaban una pareja desparejada, en la que los años de convivencia no la moldea para que los miembros se acoplen y terminen simulando ser hermanos, en una mezcla de adaptación ambiental que engaña a la genética, al igual que le sucede a una mayoría de matrimonios. Ellos se habían apartado de esa evolución y representaban la nula complicidad.
Guardo un recuerdo vivaz de escenas sueltas en las que solían acompañarse de algunos amigos, normalmente hombres. Una vez sí acudieron con otra pareja, pero no era lo habitual
En una de aquellas ocasiones, llegamos más tarde de lo acostumbrado al bodegón y solo quedaba libre en el patio una mesa al lado de la de ellos y de tres amigos suyos. Entramos hambrientos y el olor de la carne asada nos subyugó. Como veníamos del cine nuestra conversación giraba, no sin dificultades, en torno a la película que acabábamos de ver. Se mezclaba lo que decíamos con las voces más elevadas de lo normal que provenían de la mesa contigua; costaba oírnos entre nosotros y seguir la charla propia. Al final, dejamos de hablar porque el tono áspero de Pedro contra la mujer nos enmudeció. Por segundos alzaba la entonación y terminó insultándola con evidencia. Lo más suave que le oímos fue el adjetivo estúpida; que no tenía opiniones propias, la recriminaba, y que si era tan ignorante que se callase para no meter la pata con ideas absurdas.
Por los comentarios pillé que el tema objeto de aquellos agrios apelativos versaba sobre si la Semana Santa debía de seguir celebrándose como una festividad para el pueblo en general, ocupando los pasos procesionales las calles del municipio o, por contrario, si debía de circunscribirse a la aledaña a la Iglesia, restringido así a los creyentes. No logré averiguar quién esgrimía la opinión favorable y quién la contraria. Creo que era lo de menos, que cualquier idea hubiese desatado la más agria controversia por parte del marido. Y digo de él porque a ella no se la oyó defenderse. Solo repetía: “Pedro, por favor, baja la voz que te escucha todo el mundo”.
Otra noche fueron ellos los que llegaron tarde. Esta vez no se sentaron a nuestro lado, pero también se hicieron notar. E igualmente fue por una presunta torpeza de ella. No capté demasiado bien qué ocurrió, si la mujer derramó el vaso del vino, o si se le cayó la botella y vertió parte del líquido en el asado que comían o si le manchó la ropa a Pedro. El asunto fue que oímos su voz destemplada, pero esta vez más que dirigida a ella en concreto, era de burla por la situación y por las torpezas de las mujeres, de todas las mujeres, y se reía al buscar la complicidad de Roberto. El bodeguero asentía con una sonrisa, pero sin decir ni una palabra.
Me acostumbré a fijarme en ellos, después de los primeros conatos de agresividad que emitieron, no sin aprensión y, lamento decirlo, con morbosidad. Vigilaba sus gestos e intentaba seguir las frases que se cruzaban entre ambos y, si notaba algo raro, detenía la conversación que mantenía con mi marido para oírlos atentamente y darle las nuevas noticias. Él se impacientaba y no entendía el interés que despertaban en mí. Huelga decir que se convirtió en un incentivo más para acudir al bar.
Hubo un tiempo, no obstante, en que dejamos de ir. Coincidió con la enfermedad y muerte de mi madre, además, mis hijos se trasladaban a estudiar a otra ciudad, y la preocupación por los reajustes de plantilla, tanto en el trabajo de mi marido como en el mío, nos impedían disfrutar de lo acostumbrado; cuando gozábamos de un rato libre lo dedicábamos al cine. Calculo que estuvimos cerca de un año sin pisar el bodegón. En verano regresamos de nuevo y tanto Roberto como María nos recibieron con el afecto habitual. El parralito que cubría el patio se enredaba más frondoso, aunque la uva aún se apreciaba pequeña y verdusca. Habían colocado una destiladera de madera pintada con hibiscos amarillos sobre un fondo azulado. Resultaba vistoso el conjunto y llamaba la atención la enorme piedra, cubierta de helechos, la cual dejaba caer sus gotas sobre un bernegal más grande de lo corriente: más de veinte litros de agua podría contener; situada en la esquina opuesta al asadero, embellecía la terraza convirtiéndola en más acogedora. Sería que nos quedábamos admirando la talla por lo que en un primer momento no me di cuenta de que Pedro y Flora ya no iban al bodegón. Incluso fuimos varias noches seguidas y no reparé en sus ausencias. Hasta que no me acostumbré a la belleza de la destiladera no pregunté por el matrimonio, primero a mi marido (cuestión retórica, puesto que él sabía tanto como yo) y luego a María. La pregunta la dejó traspuesta. Yo la formulé en tono casual, de modo que pareciese que se me había ocurrido de repente. Respondió que más tarde, tan pronto como se liberase el bodegón de clientes, nos contaría. Por supuesto,me quedé intrigada y retrasé la marcha del lugar hasta que ella se acercó de nuevo a nuestra mesa. Creo que la dueña tenía más ganas que yo de conversar y agradecía mi interés por la suerte del matrimonio. Conforme se sentó, arrancó a hablar, sin que yo se lo recordara:
—Qué pena me daba Flora y Pedro. Vivían en un querer y no poder. Los conozco, los conocía, creo que sería lo más adecuado decir ahora, desde hace muchísimos años, de cuando montamos primero el negocio en el garaje de mis padres. Ellos ya iban por allí, casi siempre solos; sentados en un rincón se bebían una cuarta de vino, picaban algo y luego se iban. Buena gente.
—María, ¿por qué dijiste que los conocías en pasado? Los conoces, ¿no?
—Ay, mi niña, entonces, ¿no se han enterado de nada? —Su mirada abarcó a los dos, a mi marido y a mí, y ante nuestro gesto perplejo continuó, tras inhalar aire, como si quisiera coger fuerzas—. Flora murió a principios de enero. Llevaba años lidiando con el cáncer, en ocasiones remitía y luego regresaba el mal afanoso por invadirle otra parte del cuerpo. Por eso a veces parecía tan poca cosa, sin fuerzas para nada, aunque hasta el último momento acompañaba a Pedro a tomarse el vasito de vino. Ese no le faltó nunca. Me imagino que, ya resignada a su suerte, no querría prescindir de él.
— ¿Cáncer? No se le notaba. Si incluso lucía un abundante cabello —articuló mi marido sorprendido.
—Qué va, usaba peluca. Perdió el pelo por completo y en ocasiones se colocaba un pañuelo, muy pocas, porque no le gustaba. No quería que nadie se enterara o le tuviese pena. Ahí donde la veías tenía orgullo, quizá por ser tan guapa, y presumida, de joven. Por eso Pedro anduvo loco por ella, y bastante trastornado se quedó tras su muerte. Aún continúa ingresado, pobrecillo. —Con la voz baja de pronto, pese a que solo se oía a Roberto trasteando dentro, por la cocina, confesó—: Se intentó suicidar a las pocas semanas. Era aficionado a la caza y, a pesar de que las versiones oficiales dicen que se le disparó el arma, para mí que fue adrede. Se destrozó un lado de la cara, hacia la cabeza. Se salvó de milagro. Roberto acudió a verlo cuando estuvo en la UCI, después de que fue operado, pero no lo dejaron entrar. Ahí permaneció un tiempo hasta que lo trasladaron a otro pabellón. Siempre decimos que vamos a visitarlo, pero entre una cosa y otra, no encontramos el momento. Encima no tuvieron hijos y a él solo le quedan hermanos.
—Cuánto lo lamento. Qué pena por los dos, quién hubiese dicho que les iba a suceder eso hace un año. Pero no entiendo —intenté hablar con cautela, para no ser una imprudente —, no dudo de que él la quisiera, pero, ¿no solía tratarla mal?
María suspiró, entretanto miraba a Roberto, quien, en silencio, se había acercado a nuestra mesa con medio litro de vino más. Él también había oído mis palabras y fue quien respondió, mientras tomaba asiento y nos servía otro vaso, el último:
—Pedro siempre la quiso mucho, demasiado, diría yo, lo que ocurre es que andaba resentido. Hizo que la perdonaba, sin embargo, no pudo nunca.
—Sí, es lo que yo siempre decía, que, ¿para qué deseaba regresar con ella si no hacía sino amargarle la existencia? —Lo interrumpió María—. O perdonas e intentas olvidar, ya sé que es fácil proponerlo, o rehaces la vida de otra manera. Pero a la mitad solo consigues que el aguijón del veneno se quede dentro, para siempre, royéndote las entrañas. A cada rato me digo que en nosotros debería haber algo semejante a una destiladera, para que filtre el ánimo de impurezas y salga depurado el sentimiento, sin reconcomios.
Mi marido y yo cruzamos la mirada: no entendimos ninguna de esas frases dramáticas, incluso metafóricas. Vaya con la bodeguera. Ella captó el gesto y siguió:
—Hará como quince años, a ver, déjenme que piense, ella tenía mi edad, quizá alguno más, yo recién estrenaba la cuarentena, porque acabamos de inaugurar el negocio aquí,… A lo que iba, ella cometió un desliz —por el modo en cómo pronunció desliz dio la sensación de que había escogido la palabra más suave—. La enredó con embelecos el médico del ambulatorio, ya saben que era muy guapa; aunque a Roberto nunca le pareció que fuera para tanto, ¿verdad?— lo miró y este asintió en silencio —. El caso es que Pedro la pilló a los meses, no me preguntes cómo porque desconozco los detalles exactos, si fue un chivatazo de alguien o acumulación de sospechas. Sé que se armó un tremendo revuelo, que si ella entonces dejaba a Pedro, que si se iba a vivir con el médico, que si se separaba para casarse con él. Nada de eso se produjo: todo, fuegos artificiales. Abandonó la casa, se mudó a otro pueblo, pero a los pocos meses el medicucho la abandonó. Típico, ninguna novedad que se canse de Flora si ya no hay obstáculo. Ella se vio sola, sin marido, sin querido, y sin nadie. Con la familia también se había peleado por ese asunto y solo se llevaba con la hermana pequeña. Vamos, que pasó apuros durante un tiempo. Estuvo trabajando en la limpieza de los colegios durante meses y apenas le alcanzaba el sueldo para malvivir. Al cabo de un año, más o menos, ¿no, Roberto? —Este volvió a afirmar con la cabeza—. Pedro fue a buscarla y se la llevó de nuevo a la casa.
—Pero nada fue igual. Regresaron juntos sin cerrar la herida, sin ponerle un buen esparadrapo. Coño, las cosas no se hacen así. Él me respondía, cuando yo le reprochaba que por qué la trataba tan mal y la afrentaba en público, que no podía evitarlo, que luego se sentía un malnacido, sin embargo, había algo en ella que lo enrabietaba —siguió narrando el bodeguero—. Yo sé que más tarde se arrepentía; él no es mal hombre, al contrario, un bonachón, menos con Flora, claro.
— ¿Y ella aceptó ese trato? —Sondeé, asombrada de todo aquello— ¿Por qué no volvió a dejarlo? ¿Él le pegaba?
—Muchas veces nos lo preguntamos nosotros, creo que no, pero cualquiera sabe; aunque se le notaba demasiado preocupado por la salud de ella, eso sí, a sus espaldas. ¿Cuántas tardes no nos llamó,antes de venir, para encargarnos una comida especial para la mujer, quien insistía en ir al bar, pese a las náuseas que le provocaban la quimioterapia y le ponía el estómago perdido?, ¿recuerdas, María? —Roberto había tomado la palabra y pedía la aprobación de la mujer; esta confirmó—. Y que no se entere Flora de que él había telefoneado para encargarla, me rogaba, que pareciese que la cocinamos para la clientela. Otros días, para que le guardáramos la mesa que más le gustaba a ella, la de esquina, al lado de la chimenea, y para las noches que se auguraban frías que tuviéramos el fuego encendido desde horas antes. Siempre con la eterna cantinela, que no se entere nadie de la llamada. Se ponía pesado el hombre, y luego delante de la mujer se comportaba como una bestia; ella, resignada.
—Yo creo que había aceptado esa situación como pena contra sí misma; además, pese a que le puso los cuernos en aquel momento, porque se dejó embaucar (ya saben cómo son esas cosas, que si te ves más consentida, que si has encontrado al hombre prodigioso que te pondrá la luna en la mano, bah, machangadas), nunca dejó de querer a Pedro; se sentía culpable del dolor que le causó por el abandono, y merecedora del castigo—completó la versión María.
— ¿Castigo? Pobre mujer...—murmuré.
—Los dos se castigaron. Lo de ellos era un amor extraviado y resentido: una condena para ambos. El matrimonio es complicado de soportar y en él hay algo de basura; lidiar con otro sin perder el pellejo en el esfuerzo es cuestión de que la fortuna te ponga en el camino a alguien que, tras años de convivencia, no desees arrojar por el barranco. Siento ser burro, pero así lo creo, porque no sabes cómo se comportará el prójimo con el tiempo y de qué modo tocará las narices para enrabietarte a gusto. Solo los babiecas creen que cumpliendo recetas y frases mágicas de almanaque la cosa mejorará. Estoy seguro de que hay gente que nació para joderse la vida y se une a quien mejor puede jodérsela. Y no razones con esas personas puesto que,
alcanzado un punto, no saben ser de otra manera. No hay más. —sentenció Roberto.
“No hay más”: nos tuvimos que conformar con ese dictamen, pero, ¿en serio qué no hay más? Aún le doy vueltas a la afirmación de que en todos los matrimonios hay restos de basura, y, ¿por ende, en todas las familias? Como dijo María, en nuestro cerebro debería haber una piedra destiladera, más porosa de lo usual, para que de todas las emociones ahí contenidas rezumen las favorables que nos descubran a nosotros mismos cada día, en los ojos y en el gesto del otro, de  forma tal que no deseemos convertirle la existencia en un infierno. No sé si depende de que te topes con la persona adecuada, como dijo Roberto, o si tendríamos nosotros que forzar esa destiladera, para sobrevivir y, aplicarlo ya, de camino, a todas las demás relaciones.
Me temo, no obstante, que la imagen de la destiladera se reduce a un encomiable afán. He de reflexionar sobre ello; quizá mañana, ahora que me decidí a contar esta historia. O, mejor, la semana que viene; se acerca el verano y tendré más tiempo para disquisiciones seudofilosóficas.


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Relato: «Como una destiladera» -
CC by 4.0 -
Autoría:Ángeles Impíos

42 comentarios:

  1. Bello relato sobre el amor,las relaciones, los rencores.Interesante reflexión sobre si deberíamos tener o hacernos una destiladera donde filtrar todo lo negativo y lo impuro y quedarnos con lo mejor de todos nosotros.Eres una muy buena narradora,transmites muy bien las emociones.Me gustó mucho sencillo,descriptivo y emotivo.Un beso.Hasta lo próximo,sea lo que sea!!❤

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    1. Muchas gracias, Ani. Te diría que a mí, en principio, me gustó como quedó. Incluso lo acabé con la sensación vanidosa de que lo había escrito como quería escribirlo y me sentí afortunada de escribir como deseaba. Claro, esa fue la sensación inmediata. Pero esa impresión es engañosa, porque tengo el relato muy reciente y no soy objetiva, por tanto. Dentro de muchos meses volveré a leerlo como si no fuera mío y entonces sabré si vale la pena o es una porquería. Por ahora, me bastan tus buenas palabras. Un fuerte abrazo, querida amiga.

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  2. Opino sin estar casada (e igual estoy siendo una atrevida ignorante) que la afirmación de María no diré que sea cierta, sino lógica. Cuántos matrimonios conocemos que, si pudieran, se echarían por el barranco y quizás sea por culpa de esa 'basura' que la protagonista de tu relato (que tantísimo me ha gustado) afirma que tienen.
    Toda la historia aquí narrada (en realidad, de tres parejas), cada una con su ritmo de vida y sus 'intríngulis', me ha suscitado la siguiente duda: ¿se ama al otro porque se acepta como es, o se acepta al otro como es porque en realidad se le ama? Daría para un debate, aunque yo creo que todo pasa por la aceptación (y en algunos casos hasta por la resignación).

    Genial tu post, Ángeles, y las imágenes divinas, como todas las tuyas.
    Un beso

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    1. Hola, Chelo, primero te doy la bienvenida y, segundo, te respondo desde mi postura. Creo que se ama al otro por la visión que rebota en él de nosotros; es decir, por la imagen que su mirada y su gesto nos devuelve. Por eso en el relato aparece en negrita y cursiva "nosotros mismos". Creo que se acepta a quien nos resulta aceptable por ser nosotros como somos, más que cómo es él. No pienso que se le admita porque en realidad se le ame, pues si sus características se vuelven insoportables, dado que chocan con las nuestras, aquella mismas contribuirían a que dejáramos de amarle. Tampoco amamos porque aceptamos. En el amor (ojo, en el amor, no en los apegos, costumbres o relaciones resignadas) hay mucho de involuntario y se hace patente su ausencia si nos irrita el otro, por mucho que nos propongamos aceptarlo. Un cúmulo de suerte, afinidades, actitud, y también, por supuesto, de proponérselo. Un beso, Chelo, y muchísimas gracias por comentarme.

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  3. Me ha encantado!!! La narración con un lenguaje muy cercano y coloquial!!! El tema muy acertado, y la metáfora de la destiladera es preciosa!!! De nuevo té felicito Ángeles por este ratito de lectura, describiendo lugares que conocemos y que dan ganas de ir corriendo a ellos para disfrutar de esos platos del bodegón y de compañía de amigos!!! Muy bueno!!!

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    1. Hola, Candi, intenté distintas voces, las de los bodegueros diferente a la narradora. No sé si coloquial, pero sí sin palabras grandilocuentes que lleven a perder el ritmo de lo narrado. Me alegro de que te haya gustado y, por supuesto, dentro de poco te podría a llevar a ese patio y a comer esas costillas que inspiraron el bodegón del cuento. Un besazo, guapa amiga.

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  4. Me ha gustado mucho la imagen de la destiladera. Reconozco mi ignorancia, porque he tenido que buscar al leer el título para saber de que se trataba (yo pensabe en destilería, jaja). Impaciente que es uno, porque en el contexto del relato se entiende perfectamente. Ojalá, si, se pudiera hacer lo mismo con los rencores y malos pensamientos.
    En un primer momento el matrimonio entre Flora y Pedro parece otra cosa, las apariencias casi siempre engañan. Hay que ver lo que esconde cada persona en sus profundidades. Por lo demás, es un relato que aunque sencillo, tiene toda una carga reflexiva detrás que lo hace muy interesante, un poco a lo Alice Munro.
    Saludos.

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    1. Hola, Gerardo, bienvenido. Yo también la busqué y vi que el término parecía restringirse a Canarias. Sí, cada persona esconde un mundo lleno de recovecos, incluso los que parecen más simples a primera vista. Me alegro de que te parezca sencillo, pero no banal. Es un halago que tenga un aire a Alice Munro, porque me gusta su literatura. Un saludo.

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  5. Hermoso y terrible relato, Ángeles. Yo siempre he pensado que en los matrimonios, y en las familias en general, se ocultan muchos misterios, muchas miserias, mucho egoísmo insatisfecho, y que las cosas casi nunca son lo que parecen. Pero tal vez ahí radique la grandeza de ciertas relaciones: en mantenerse juntos a pesar de todo lo que hay que perdonar o, al menos, olvidar.
    No he leído a Alice Munro (otra de mis causas pendientes) por lo que no puedo opinar y comparar como hace Gerardo, pero tu relato guarda una gran carga de profundidad.
    Un abrazo.

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    1. Buenos días, Rosa. Coincido contigo en lo de los matrimonios y las familias. Me imagino que es complicado convivir juntos sin choques y heridas. Unas se curan, pero hay otras que cada poco tiempo supuran. No sé si hay grandeza en lo de continuar o romper, porque hay tanta gente que sigue unida sin nada qué decirse ni compartir que, en realidad, me da pena su desperdicio de vida. Y lo contrario, levantar la tienda y mandarte a mudar al primer contratiempo tampoco es buena solución. El caso es que todavía me admira qué une a una pareja. Por eso seguiré indagando en las relaciones personales e intentaré aportar mi pequeña visión.
      Rosa, me agrada que te parezca hermoso este relato y que tenga profundidad. Un fuerte abrazo y hasta la próxima.

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  6. Hermosa historia, querida Ángeles. Y triste, o agridulce mejor, como casi todas las historias de amor. Y sí, y sí, yo también creo que en todas las familias, o en todas las parejas, siempre hay algún "muerto en el armario" por enterrar, aunque el amor suele vencerlos. Lo que no sé es si la idea de instalar la destiladera podría funcionar en todos los casos. A lo mejor sí... Besos. Y a seguir deleitándonos con tus historias.

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    1. Hola, Carlos, quizá creemos que hay lo que tú dices, un "muerto en el armario", porque ya tenemos edad para ver la realidad de frente y, aún así, no espantarnos de ella y engañarnos edulcorándola falsamente. La destiladera podría simbolizar el olvido de las rencillas, el perdón, el quedarnos con lo mejor, el reconocimiento de lo que valemos en el ojo del otro para, así, minimizar los rencores. No siempre se puede. Muchísimas gracias por tu comentario, no me canso de decir lo que animan. Un abrazo.

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  7. Quiero felicitarte, Ángeles, por el relato que narras de forma impecable. La redacción me ha parecido estupenda pero el contenido me ha emocionado y además me ha hecho pensar.
    Tu historia encierra una reflexión difícil sobre los vínculos que unen a un matrimonio (o pareja). El pensar que vemos en el otro lo que nosotros creemos que es, pero que puede que no se corresponda con la realidad, me da escalofríos pero puede ocurrir; de hecho ocurre.
    En cualquier cosa observada la idiosincrasia del observador influye en la percepción de la imagen obtenida y supongo que en las relaciones humanas esto también se da.
    Uff, cuántas cosas me vienen a la mente al hilo de tu historia.
    Esa destiladera sería una herramienta muy útil para la convivencia.
    Me quedo reflexionando.
    Un beso grande.

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    1. Muchas gracias por tus palabras, Kirke; me agrada que te haya emocionado y que te parezca que lo narré bien. Comentarios como estos compensan el trabajo empleado. Yo también estoy en proceso de reflexión (llevo toda la vida) porque el mundo de la pareja me llama mucho la atención. Creo que el amor se podría explicar, de modo más o menos aproximado para tranquilizar un poco la curiosidad, desde la neurología si se recurren a neurotransmisores, hormonas, etc. Pero desde el punto de vista más humano o vivencial todavía no he hallado la explicación final. Supongo que nunca la averiguaré: sería presuntuoso creer que se pueda. Por eso necesito escribir sobre ello. De hecho, quiero hacer una colección de cuentos sobre las diversas caras del amor. Creo que parte de lo que sentimos por el otro se debe a la imagen que este otro nos devuelve de nosotros, por eso, pienso que en ocasiones, más que sentirnos bien con él por las cualidades objetivas que tenga esa persona, nos sentimos bien con nosotros a través del reflejo de él. La explicación biológica nos daría mucha luz sobre el amor, pero nos gusta mucho más la poética y romántica.
      Un beso grande también para ti, Kirke.

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  8. Un relato muy bien armado, Querida Ángeles. Logras la fluidez que se agradece para un relato largo, y la imagen de la destiladera me parece preciosa y muy acertada, así que el título es perfecto y con el toque de humor ( imagino intencionado) del "está como una..." (regadera, habitualmente). En cuanto a la historia en sí, ya creo que eres una experta en este tipo de personajes anónimos en cuyas vidas indagas con un respeto y una empatía delicados que te honran, amiga. Así que, mi enhorabuena.

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    1. Hola, Balbi, es un buen halago que te parezca bien armado y fluido. Como siempre digo, que a alguien le guste, además de a mí, indica que no estoy sola en este mundo. Si hubo humor fue sin intención: no me parecía apropiado para este tema y el tono del relato. No pensé, pues, en la regadera. Como destiladera me referìa a que nuestra mente debería ser como ella, es decir, filtrar mejor.
      Me gusta que aprecies el respeto y la empatía con que trato a mis personajes. A propósito de esto me hiciste recordar a alguien que me aconsejó un día que, aparte de que fuera a un curso de creación literaria, no fuese tan buena con mis personajes. Me dejó perpleja el súbito consejero y durante un tiempo estuve meditabunda en el último aspecto, y hace poco tomé una determinación clara: no y no (a las dos cosas). Respecto a los personajes, quiero comprender, querer y respetar lo que para muchos no es respetable. No quiero matar a mis protagonistas, sino darles un digno lugar. Creo que en todo el mundo hay algo comprensible. Recibo con agrado tu enhorabuena. Un abrazo.

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  9. Hermoso relato. Lograste engañarme al principio con la historia de Flora y Pedro, le diste un giro que no esperaba. A veces el perdón va de la mano con el rencor, los fantasmas del pasado no logran soltarse fácilmente. ¡Me encantó! Te felicito la elegancia del texto. Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Valeriam, por tus generosas palabras. Sí, aunque se perdone, si el dolor fue grande, será complicado recuperar la normalidad. Quería un texto elegante, que se correspondiera con lo que trataba y, por tu palabras, parece que lo conseguí. Encantada de que me comentes; te sigo yo también. Un beso.

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  10. Muy buen relato, como vas introduciendo en la historia y haciéndonos suponer, y al final resulta ser un perdón no perdonado que no deja olvidar y no permite seguir para adelante. Me ha producido tristeza, ese matrimonio que a su manera se querían pero incapaces, uno de perdonar y la otra de expiar su error, y por tanto, no consiguen ser felices. Triste, errores hay, si se perdona, se perdona. Pobres ambos.
    Me ha gustado mucho como lo has contado.
    Un saludo

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    1. Hola, Conxita, tienes razón: un perdón no perdonado que destruye la convivencia. Creo que hay muchas parejas que se han fastidiado así la existencia. Supongo que dejará un regusto amargo la condena en vida de esta gente. Bueno, a veces una tiene el deber, o las ganas, de reflejar parte de la realidad. Encantada de que me comentes, y nos seguimos leyendo. Un abrazo.

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  11. Bello relato. Heridas, resentimientos, olvido, perdón...., y esa piedra destiladera en nuestro cerebro que no lo filtra. Qué bien escribes, vecina de isla y colega de profesión. Un placer leerte.

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    1. Bienvenida a mi blog, Paloma. Es la primera vez, pero espero que te agrade lo que publique para que no sea la última. Es un doble elogio que a alguien que comparta mi profesión le parezca un bello relato. Muchísimas gracias por comentarme. Un saludo afectuoso.

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  12. Muy buen relato Ángeles, y real. Quien no conoce a una de esas parejas que tú muy bien nos presentas? Que triste que el amor, siempre lleve un poco de dolor o de amargura. Se puede perdonar pero siempre queda unos residuos en nosotros que son lo que tanto duelen. Por eso todos necesitaríamos una buena DESTILADERA, y solo quedarnos con lo bueno. Un fuerte abrazo y a seguir.

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    1. Mary, cuánto me agrada verte siempre por aquí y saber que puedo contar con tu lectura y comentario. Es cierto lo que dices, el amor entraña en numerosas ocasiones grandes dosis de dolor. Estoy contigo, aunque se perdone, a mucha gente el residuo se le queda. Esa destiladera, y qué pena que no funcione a pleno rendimiento, sería muy útil. Un besazo, amiga.

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  13. No me sorprende el éxito de este relato. Está muy bien escrito, con un lenguaje muy sencillo por el que es fácil dejarse arrastrar. Jejeje...me gustó eso de que dentro de un tiempo lo leerás como si fuera de otra y pensarás -"joder, qué bueno!" o "Fuerte porquería" (como tú dices). Te entiendo porque a mí me pasa lo mismo, aunque en este caso puedo adelantarte que es muy, muy bueno. Y lo de la destiladera, imagen genial. Se nota que la tuya está bien drenada. ¡Un beso!

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    1. Ay, Sasa, ignoras la especial ilusión que me hace tu comentario. ¡Es la primera vez que dejas tu huella en un relato mío, y me dices que te gusta! Bueno, lo que comentas de que pasado el tiempo me diré si es un asco o no, me ocurre con todos los que he publicado. Incluso hay de muchos que me digo que cómo pude publicar de eso, si necesitaba pulirlos más. Creo que soy juez estricta y más sincera no puedo ser conmigo misma (por la que cuenta que me trae), pero, claro, a condición de que me haya olvidado del texto; es decir, con tiempo. Lo del éxito que tiene no lo sé, me temo que el que más ha sido el de “Una buena coartada” Muchísimas gracias, preciosa, por comentarme. Un beso grande.

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    2. ¡Me encanta que te haga ilusión que venga a verte y te comente! Pero no es la primera vez....

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    3. Pues será que mi ansiedad me lo tradujo como que era la primera vez que me decías que un relato te gustaba. Seguro que mi memoria desazonada, jaja.😃 (sin sal,pimienta y aceite) me engañó. Un beso, guapísima.

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  14. Interesante relato Ángeles. Muy descriptivo y real.
    Me he metido tanto en la historia, que a ratos incluso llegué a pensar que estaba sentada al lado de Flora.
    Es curioso,como en ocasiones, sin conocer a alguien, en concreto, una relación de pareja, sacamos conclusiones de sus vidas y a veces, tan lejos de la verdad.
    Quizás Pedro la amaba, seguro que ella también, pero quien sabe? Sólo ellos podrían decir si mereció o no la pena.
    El amor es tan extraño!!!!
    Escribes fenomenal. Me encanta.
    Un beso enorme.

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    1. Hola, Ana, bienvenida, como siempre. Si, es curioso cómo sacamos conclusiones de las vidas de los demás, sin saber bien. Lo positivo es que a efectos literarios el autor puede hacer de todo, dentro de la lógica de la narración, está claro. Estoy contigo en que el amor es extraño y solo ellos podrían decir si les mereció la pena o no. Me agrada que te guste como escribo. Un fuerte abrazo.

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  15. Muy bien plasmado está lo que uno cree que pasa con lo que en realidad sucede. Cada vida es un mundo, pero uno no puede dejar de mirar y opinar sobre los demás.
    Me gusta tu reflexión final, la que le da nombre al relato, pero pienso que todo se acumula y queda en el fondo por siempre.
    Saludos.

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    1. Hola, Raúl, lo bueno es que en literatura uno puede convertirse en testigo (falso o no, eso solo lo sabe el autor) de cuantos hechos sean oportunos para su creatividad. Eso es lo bueno que tiene, la confusión que puedes crear sobre sí existe y fue contemplada esa realidad o fue pura invención. Al igual que tú pienso que para muchas personas algo queda en el fondo. Un beso, y gracias por comentarme. Nos seguimos leyendo.

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  16. Hola, Ángeles. Ante un relato, tan bien contado, con todos
    los personajes, lugares, y descripciones tan reales y sobre un tema tan duro.
    Curiosamente, yo me voy a centrar en un objeto. La ya famosa destiladera.En forma
    de metáfora, hacia mucho tiempo que no leía una frase tan precisa y emotiva, para
    explicar un deseo.Yo creo, que en esa palabras, se puede entender todo el relato.
    Sobre el objeto en si, escribo. " una destiladera de madera pintada con hibiscos.....
    Con estas fotos que nos regalas, a mi parecer , consigues rebajar un poco la tensión que crea la misma historia que cuentas.
    Lo guardo, junto a los de Lucia Berlin. Como ves, esta vez te doy una buena nota.
    Ángeles, un abrazo muy fuerte.

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    1. Buenos días, Miguel, me alegro de que te parezca bien contado y las descripciones acertadas.Sí, la tarea de la destiladera es una metáfora que simbolizaría, si se puede (no siempre es factible si el poso de agravios es denso y hay mucho que limpiar), el disculpar u olvidar.
      Pues mira que con las fotos no me quedé nada contenta. Pude dejar la original que saqué pero quise darle un toque distinto porque no era de las más bonitas que he visto. Suele ser un mueble precioso.
      Miguel, de hoy no pasa que me haga con el libro de cuentos de Lucia Berlin. Además de a ti, he leído muy buenos comentarios sobre él. Vi que está en Amazon y como yo leo en ebook en un clic lo tengo.
      De nuevo, agradecida por que me comentes y por esa nota. Un fuerte abrazo igualmente para ti.

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  17. Yo soy de pocas palabras. Pero tus textos me resultan siempre inspiradores....Gracias por escribir tan lindo.

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    1. Pues muchas gracias. Aunque sean breves esas palabras, me resultan suficientes. Un abrazo.

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  18. Hola Ángeles!! Me ha gustado mucho el relato, sobre todo porque narras muy bien, logras situarme en escena, ese patio al fresquito del parral con aromas de brasero, buen vino y a su vez divisando un bonito bernegal ,me suena tanto!! Y sobre todo porque la historia de los protagonistas no te deja indiferente, te invita a reflexionar. Gracias

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    1. Hola, Azucena, debo agradecerte la generosidad de que me comentes por aquí, pese a la lata que puede suponer. En el blog es preferible porque parece que se queda más. Como canarias que somos (y hemos frecuentado sitios parecidos) el patio, el parral, el aroma del brasero, el vino,... nos trae buenos recuerdos. Me alegro de que te haya gustado. La inseguridad a veces se hace presente, por eso tus palabras animan mucho. Ojalá no sea la última vez.
      Un fuerte abrazo.

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  19. El refrán "cada casa es un mundo" cobra particular vigencia en este relato sobre las relaciones de pareja, las heridas no cicatrizadas y el remordimiento hacia lo que ya no tiene remedio. No solo demuestras ser una gran narradora de lo cotidiano y sus pequeñas-grandes anécdotas, sino que bordas también la disección de los sentimientos y las grandes contradicciones en que caemos a veces por su culpa. Muy bien.

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    1. Es verdad, Manuel: cada casa, cada pareja arrastra su mundo particular, incomprensible a veces para los demás. Muchísimas gracias por leerme y comentar que te parece que lo hago bien. A seguir mejorando mi escritura, y más animada con estos comentarios de apoyo. Un abrazo.

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