12 de junio de 2016

Relato: La casa de la bruja o el espíritu inquieto del brujo


Este relato es un sencillo cuento de hadas (o de brujas) que escribí con la intención de ponerle un texto amable a una serie de fotos que saqué y modifiqué de una preciosa casona, situada en La Orotava (Tenerife). Así comienza:



I

En una casa de cuento vivía una bruja de cuento (sí, una bruja que practicaba la magia con excelentes resultados entre los vecinos, quienes, a hurtadillas, iban a solicitar sus servicios en cada cambio de estación).  En la época en la que comienza a narrarse su leyenda no vivía sola. La acompañaba su marido, quien la adiestró en la preparación de todos los bebedizos y conjuros.

II

Un día, ay, el esposo se enfermó. El hombre, ya muy achacoso, pese a que no era tan mayor, cogió la cama durante un tiempo indefinido (no había en la mansión calendario ni reloj para definirlo). Él no dejaba que ella se apartara de su lecho y no le quedó otro remedio a la mujer que abandonar, ¿provisionalmente?, sus labores mágicas, pues con el marido no surtían efectos sus artes; tampoco se le ocurriría emplearlas contra él, quien la aventajaba en el conocimiento de los trucos.

 Una profusa vegetación y una atmósfera inquietante cubrieron la casa con los meses, debido al abandono de todas las actividades por parte de la brujita, a quien no le quedaban ganas de nada excepto para cuidar al esposo.


III

Pasó el tiempo y el hombre no se recuperaba. Con el transcurrir de los días iba a peor y, si bien él le enseñó nuevos hechizos para ver si aplicados a su propio cuerpo lo mejoraban, ninguna pócima lo revitalizó. Una tarde de principios de marzo, con la floración del bosque en pleno éxtasis, abandonó este mundo (y todos los mundos, porque nadie lo aceptó en el más allá: o lo rechazaban por blando, o por ser muy perverso, de acuerdo a los baremos de bondad y maldad que se aplicaban fuera de la Tierra). Vagando se quedó su espíritu por los alrededores de la casa y en el desconsuelo se hundió la bruja a los, todavía juveniles, treinta años. Acodada al balcón veía pasar las semanas y no hacía sino contemplar las ondulaciones de los árboles, el vaivén de las margaritas y el verde brillante que envolvió al parque. 

IV

Durante meses estuvo la bruja de capa caída, al igual que la mansión. Esta perdió su lustre y una nube grisácea ciñó los jardines. Como en sueños, la mujer recorría cada rincón añorando aquellos momentos en los que ambos, ella y su marido, cocían a fuego lento raíces de geranios, pezuñas de cabra y posos de café para realizar sus conjuros. En estos instantes, sin embargo, apenas se alimentaba de los pocos vegetales que tenía plantados en las huertas que circundaban la casa; poco valor le daba a su vida ahora.

El espíritu del marido la observaba, cariacontecido, sin poder acercarse a ella ni tampoco reposar en paz.

Otra alma tan desdichada como la de él, y que vagaba también sin ton ni son, le chivó un día que había un mundo en el que podría ser aceptado si realizaba una buena obra; pero no valía cualquiera, como rescatar gatitos o ayudar a invidentes a cruzar las calzadas. Aceptaban solo las de una clase en concreto.

V

Por aquella época comenzó a circular el rumor de que un joven vagaba por los bosques, en estado semisalvaje. Era verano y se decía que era un chico de pelo negro ensortijado, de piel morena, que iba sin camisa y en pantalones cortos. La bruja no se enteró de lo que se difundía en el pueblo sobre él porque no mantenía contacto con nadie, y el espíritu del marido, pese a que era conocedor de la existencia del forastero, no pudo ni quiso avisarla. De aquel dependía la salvación de su alma, por eso, empujaba al desconocido con soplos entrecortados hacia la mansión. Este intuía que algo lo arrastraba hasta allí, pero su mente andaba confusa y no sabía exactamente qué era. La mujer, ignorante de lo que se orquestaba a sus espaldas, se extrañó muchísimo cuando una mañana se acercó hasta las cocheras y se lo encontró durmiendo en un camastro improvisado, hecho de paja.


VI

El chico, sin embargo, aunque algo suspicaz, la recibió como si la  conociera desde antes de que empezara a contarse el tiempo. Ella presentaba un aspecto peculiar: pelo rubio como un estropajo seco, de esos amarillentos, de los de antes; flaca hasta notársele a través del vestido los huesos del pecho, semejantes a tubos horizontales y dispuestos en paralelo; la piel translúcida y unos ojos azules inmensos. No estaba muy limpia, él tampoco, por lo que los olores se les mezclaron de inmediato.

Si bien en un primer momento se observaban con desconfianza, pronto se les encadenó la mirada por el espanto mutuo. La bruja, o exbruja, pues apenas ejercía ya la profesión, no podía despegar los ojos del torso moreno del muchacho y él de los microtubos que, detrás de la tela de la ropa, se le destacaban a la mujer. Tenía unos ocho años menos que ella, pero a ninguno de los tres les importó (y al marido a quien menos).

VII

El hombre le pidió alojamiento y comida a cambio de adecentar el lugar. La brujita no se negó, ¿cómo iba a rechazarlo si él ya se había apropiado del sitio?

Con el tiempo, demostró ser un excelente albañil de casas y de almas. Restauró y limpió la vivienda, dándole un aspecto tan brillante que el azul del cielo se apiadó y volvió a invadir el jardín que la rodeaba; las margaritas recuperaron su blanco, las rosas se disfrazaron del rojo más sangriento y las petunias de un lila vivaz.

Ocurrió lo inevitable: la mujer un día miró a su alrededor y vio la luz y el color que la rodeaba, se lavó la cara, se cambió de ropa interior y se acercó hasta la cochera, donde solía descansar el chico después del trabajo.


VIII

Él no se extrañó de verla, pero sí le admiró el brillo que despedían los ojos azules. La chica no pronunció ninguna palabra y en el quicio de la puerta, detenida, se quedó contemplándolo. Desde el camastro, el joven notó que se había lavado la cara (la muda de ropa interior la percibiría más tarde) y le hizo un sitio a su lado. Ella se acercó despacio, quizá tímida, y se introdujo en el hueco que formó el brazo moreno al extenderse. Al rato, la casa se tambaleaba poniendo en peligro hasta los cimientos del edificio, aunque a estos no les venía mal cierto temblor, puesto que  llevaban intactos demasiado tiempo sin que nada les afectara, ni siquiera un débil abrazo.

El espíritu del marido emitió tal suspiro que a ellos les alcanzó mediante un soplo refrescante: el sosiego inundó hasta los huecos de las ratoneras.

Por el pueblo dicen que una sombra oscura, semejante a una nube de bordes irregulares, se alejó como un relámpago hacia los confines de cielo. Ya había un mundo que aceptaba su alma: el de las Brujas Viudas reconvertidas a Alegres y Amantes Hadas.

No diría yo que fueron felices para siempre y que comieron perdices, dado que por aquellas tierras no se estilaban estas aves como plato típico, y sí el conejo en salmorejo en las fiestas de guardar; pero, sobre todo, porque el motivo principal que impidió la felicidad eterna fue que el joven remontó el vuelo en la siguiente primavera para ayudar a otra brujita desconsolada.


Fin de este amable cuentito.




Fotos y textos propios.

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