18 de octubre de 2015

Feminismo: por el bien de la humanidad (artículo)


Hay una frase que suena de vez en cuando que a mí me inquieta (“No soy feminista, sino humanista”), porque genera demasiada confusión y aporta pocas soluciones para mejorar las relaciones de género. Más bien intuyo que esta expresión contribuye a la dispersión del problema. Lo explicaré a continuación.

Hace unas semanas, un "amigo" en las redes sociales le dijo a una amiga suya que la veía, más que feminista, humanista. Esta le respondió que las grandes defensoras del feminismo eran humanistas. Me pareció que este "amigo", al escribirlo en su publicación, se mostraba encantado con las implicaciones de la idea. Pensé que esa tontería de frase se iba a quedar ahí, pero no, amenaza con hacerse mayor, y ya la he visto en las portadas de las páginas culturales de los diarios, como si fuera imposible de obviar por los periodistas, dada su gran profundidad. Hace unas semanas venía avalada por Meryl Streep. No la critico a ella sino al, o la, entrevistadora que la destacó como si de una excelente idea se tratara, como si hubiera surgido para revolucionar el mundo del pensamiento y se creyera que, a partir de ahí, podría  iniciarse  una convivencia nueva, sin fisuras, entre hombres y mujeres. Creo que Meryl Streep es una actriz destacada y sus estudios de arte dramático en la  Universidad de Yale le habrán valido de mucho, pero esto no significa que sus frases, que no tratan de su propia actividad artística, tengan más crédito del que deban adjudicársele o que el periódico El País la destaque en una entrevista como si debiera marcar la línea a seguir del pensamiento moderno en materia de género.




En primer lugar, son dos conceptos diferentes que no tienen por qué ser antagónicos; uno se incluye dentro del otro, pero para lograr este último, antes es necesario conseguir el más inmediato, el más concreto o particular. Las personas honestas, las buenas personas deberían ser feministas primero, porque hay más injusticia en el tratamiento dado a la mujer, y después humanistas, porque es un concepto más abstracto de difícil definición, de tantas que se le han otorgado. Bajo el paraguas del humanismo se acogen muchas tendencias, religiosas, agnósticas  o ateas que hacen hincapié en el valor del hombre. ¿Pero eso, en concreto, en qué se traduce? Todavía ni se sabe bien qué es; cada cual lo define a su modo según sus entendederas. Desde el Renacimiento se viene nombrando y surgió asociado a esa época artística y cultural en la que se buscaba la exaltación del género humano y poner en valor todas sus realizaciones. El hombre, nos dicen los libros de Historia o de Literatura, se convertía en la medida de todas las cosas (tremenda novedad, como si no lo hubiera sido siempre, aunque de manera camuflada: incluso hasta Dios fue  concebido a modelo del ser humano, y hasta el teocentrismo, me atrevo a pensar, podría considerarse como un antropocentrismo sublimado, o desviado). El humanismo intenta destacar las mejores cualidades del individuo; defiende que se  procure un trato más justo y digno al otro; busca rescatar lo “bueno” que hay en nosotros y todo ello con independencia de las religiones que eran las que hasta ahora abogaban por esa bondad. Es un buen objetivo intentar humanizar la sociedad al margen de la religión, y para que esto se dé es necesario el estricto cumplimiento de los DD.HH. El humanismo es una lucha global y, por global, puede convertirse en abstracta e irrealizable por ahora y, además, nunca ha hecho suya la causa de las mujeres en cuanto a afrontarla como un problema específico, con acciones planificadas.

Si a la mayoría de las personas, por lo menos de nuestra cultura,  les preguntaran si están a favor de la igualdad de derechos entre ambos géneros, la mayoría contestaría que sí, por lo menos de boquilla. Pues de acuerdo, eso es ser feminista. Ni más ni menos. El feminismo es una teoría que defiende la igualdad de derechos, políticos y sociales, entre hombres y mujeres. La definición aparece bien clara en la RAE (en la primera acepción, “Doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres”; en la segunda, “Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres”) y yo no sospecharía por esas definiciones, teniendo en cuenta la trayectoria de la Academia, que a sus miembros les hubiera dado por abrazar ahora el feminismo más activo. En 2009, el director de entonces, Víctor García de la Concha afirmó: "La Academia no quiere ser ni feminista ni machista, sino estar en ese feliz punto medio". Por lo que se aprecia, en contra de la igualdad, pues a saber qué es ese punto medio. También es cierto que las políticas antisexistas no brillan en esa institución, puesto que de 46 académicos numerarios, hay solo 6 mujeres (y una electa, Clara Janés, que ocupará su puesto tras su discurso, en la fecha de este texto: 18/10/2015). Respecto a esto se podría decir: “Quizá no hay más porque no reúnen los méritos adecuados”. Y una se preguntaría, entonces: ¿Qué porcentaje de universitarias filólogas hay más que hombres?, ¿seguro que no ha habido ninguna catedrática, ninguna escritora más, que merezca el puesto? Claro, no nos extraña esta ausencia femenina si reparamos en que las candidaturas se proponen y se eligen por los mismos académicos. Lo que lleva a pensar  que sí  se ha definido el término así, es debido a que no admite otras opciones, por ahora. Como vemos, en sus acepciones, no se menciona nada de superioridad femenina, no habla del exterminio de lo masculino ni de reprimirlo (sí restringe el poder o la supremacía machista), como a algunos les interesa creer.

La palabra feminista nació en Francia en el siglo XIX y ya se usaba en  medicina para describir un trastorno que sufrían los tuberculosos, a los cuales su mal les hacía parecer femeninos. Fue Alejandro Dumas hijo, en 1872, el que la utiliza para burlarse públicamente de la pretensión de igualdad de las mujeres y el que creía que los hombres que las apoyaban en su lucha podrían feminizarse al igual que los enfermos que sufrían de aquella enfermedad. A partir de ahí, se extendió el concepto como un modo despectivo de nombrar a aquellas féminas que se atrevían a solicitar ser tratadas iguales en derechos, hasta que la sufragista Hubertine Auclert (1848-1914) se apropió de la palabra en 1882. Y no hay otra, por ahora, que defina mejor la lucha justa de la mujer por no ser discriminada. Puede que más adelante llegue el día en el que la sociedad sea tan humanista o igualitaria que sobre el término, ojalá, pero en las circunstancias actuales se hace de vital necesidad para nosotras.

Muchos hombres, y espero que cada vez sean menos, siguen deseando obediencia ciega y que sus ideas no sean cuestionadas, por lo que no quieren perder privilegios en la dialéctica hombre-mujer. Por eso inventan conceptos ridiculizadores como feminazis o, sencillamente, les horripila el simple concepto de feminista y lo reducen a histéricas desaseadas. Hay otros que argumentan que están a favor de la igualdad pero en contra de la versión radical del feminismo que quiere marginar al hombre.  Curiosamente, y llevo ya algunos años en este mundo siendo observadora de lo que ocurre, nunca me he tropezado a ninguna de estas feministas histéricas. Concedo que puedan existir, pero pienso que es un reducto nada más, aislado, una faceta más del feminismo como movimiento social, como hay radicales en la derecha o en la izquierda política y por eso no se debe desautorizar en bloque esas visiones de la realidad. Lo curioso es que ellos, si hubieran sido tratados como lo han sido las mujeres a lo largo de la historia, o como todavía lo son muchas, y pudieran rebelarse, sus conductas serían más radicales, más violentas. Bueno, es una hipótesis absurda, pues si aquella ha estado sometida,  su condición de madre y su carácter menos agresivo habrán tenido que ver. Y espero que llegado a este punto nadie particularice pensando: “¿Las mujeres no son violentas? Yo conozco a una que…” No, el porcentaje de violencia femenina es sensiblemente menor.

Entiendo que el rol del varón podría estar atravesando desde hace varias décadas, y debido al avance femenino, una cierta indefinición. El hombre de hace cincuenta años trabajaba fuera (como ahora), pero cuando llegaba al hogar se convertía en el amo y señor; su autoridad, su palabra, sus deseos no eran discutidos. Se le admiraba, se le respetaba, se le cuidaba y se le obedecía ciegamente. Es duro pasar de ser lo más grande a ser uno más en los ámbitos laborales, soportando que una jefa –¡hembra!- te ordene o te regañe, o dentro de la familia, en la que la autoridad del padre  o sus criterios para administrar podrían ser puestos en duda.  Igual de duro debió de haber sido cuando se pasó de la sociedad esclavista en la que un individuo -si se daban las condiciones- podía tener a otro a su completa disposición a la siguiente etapa en la que debía pagar por sus servicios o tratarlo como un igual.  Sin embargo, pese a que se ha abolido la esclavitud en la mayor parte de las culturas,  la mujer ha permanecido, todavía en muchos países,  en un régimen similar (sin educación, sin recursos propios, dependiente del varón, sin libertad para decidir sobre sí misma, trabajando gratis o mal pagada, sufriendo mutilaciones, plegándose a los deseos masculinos o siendo su servidora sexual por una cantidad irrisoria). Como no tiene nombre de esclavitud parece que no existe el hecho.


Da la sensación de que  en el intento de solucionar este problema ni siquiera se suman todas las féminas. Las etiquetas ridiculizadoras que pronuncian muchos hombres de Occidente han hecho mella en las mujeres (no soy marxista, pero reconozco las aportaciones valiosas de K. Marx, como el análisis de la ideología, en el que nos dice que el modo de pensar de la clase dominante embauca tanto a los sometidos, que les lleve a que estos a asuman los valores de los primeros como si fueran suyos: esta es la mejor dominación, la ideológica); de este modo, no es de extrañar que una mayoría afirme que no es feminista. Si no nos chirría nunca que en las películas se presenten a muchas jóvenes como simples objetos de deseos (por ejemplo, bailando desnuda en torno a una barra para ÉL, que las trata de “guarrillas”: predominan más las prostitutas que las heroínas), o que en la publicidad aparezcan señoras siempre con hemorroides, estreñimiento, candidiasis vaginal, escapes de orina, caries, pesadez abdominal (son estas las maneras de crear la imagen de que el cuerpo femenino es débil y jaquecoso); o usando perfumes para “conquistarlo”, o limpiando, o ejerciendo de mamá preocupada a la espera de que el macho contrate la calefacción o el seguro del hogar significa, como decía Marx, que nos falta conciencia de clase explotada -género discriminado, en este caso-, y hasta que no la tengamos no se solucionará el problema, porque seremos aliadas del machismo. No hablo de “coger las armas” ni de luchas virulentas, ni de que se inviertan las tornas; sencillamente me refiero a comenzar por hacer nuestro el concepto del feminismo y a entender que hay cosas que no deben ser; es hora de que nos comiencen a chocar ya determinadas situaciones, y a ser conscientes de que por obtener alguna consideración masculina o manejar sus mismos valores no debemos dejar de luchar por un trato más igualitario.

Otro modo en el que se manifiesta el sexismo en nuestra sociedad sigue siendo a través de la descalificación a las mujeres por medio de su  aspecto físico, o del insulto a su imagen -fea, gorda, vieja, zorra,... son los más habituales-. He visto imágenes ridiculizadoras de señoras dedicadas a la política a las que se las ha desnudado (el desnudo que no es voluntario es una forma de humillación y se les ha superpuesto en la foto un cuerpo poco agraciado (no de una jovencita atractiva sino de una señora gruesa y mayor para suscitar más escarnio: aquí se ridiculiza no solo a la señora que se dedica a la política en cuestión, sino a todas las mujeres, y más a la que tienen un aspecto similar). Lo curioso es que si se les advierte de la utilización sexista de esta imagen, no la reconocen; no notan  ninguna anomalía en su actitud porque piensan que insultan solo a esa política y no reparan en el significado del hecho en sí. Tienen tan interiorizado el valor del cuerpo de una mujer que no perciben su actitud como discriminatoria. En una red social alguien me dijo que con el hombre sucedía lo mismo. No lo creo. Le respondí que muchos siguen defendiéndose de la mujer reduciéndola a un cuerpo criticable, a una "cosa". Saben que eso le duele más a ella, debido a que al cuerpo femenino siempre se le ha dado más valor, tanto en sus aspectos positivos ("bella mujer"), como en los negativos ("vieja y gorda asquerosa").  Al hombre se le critican más sus actos, sus palabras; a la mujer todo lo anterior pero, si además no es muy agraciada, se ensañan en su físico para descalificarla más.

Como dije más arriba, resulta incomprensible que un sector de la izquierda masculina (y no menciono a la derecha, dado que los más conservadores siempre han sido  más favorables a una sociedad patriarcal) ignore la peculiar situación en la que se encuentra la mujer y no haga esta causa como suya. He visto a estos hombres con la boca llena de consignas izquierdistas mandando a una amiga a que le vaya a buscar un café, o criticando las conductas sexuales de ellas (del varón no, porque para comprender al macho se recurre al argumento de su naturaleza sexual, para la mujer, en cambio, al el decoro social: doble rasero). 

Igualmente, los he visto ridiculizando los problemas femeninos, como si no estuvieran en el catálogo de lacras sociales a resolver. Y no me refiero a los políticos organizados sino a gente de a pie, a votantes de partidos de izquierdas, a quienes parece que les resulta indiferentes los siguientes asuntos femeninos, no ya de nuestra sociedad, sino del mundo en general: inferior posibilidad de acceder a puestos de poder, peores salarios, malos tratos o explotación, matrimonios y prostitución obligada, ablación, tratamiento desigual de la justicia, pobreza, poco acceso a la higiene o atención médica,... Muchos de estos problemas, algunos del ser humano en general, se recrudecen en la mujer por su vulnerabilidad. 


Del mismo modo, los he visto creyéndose, y defendiendo con energías arrebatadas, que los hombres que "están" (en las listas de los mejores pintores, escritores, chefs, modistos, fotógrafos, limpiadores de esquinas,...) son por sus méritos propios y no por pertenecer al insigne género masculino, muy del gusto del jurado también predominantemente masculino. Por eso rechazan las cuotas, o la discriminación positiva, como si las mujeres fuéramos solo elegidas por ser mujeres; como si los requisitos para nosotras no fueran más exigentes; como si nuestra valía y nuestros éxitos no les resultaran sospechosos en incontables ocasiones. 

Se quejan también de la obsesión por el lenguaje antisexista. Aquí puedo concederles una parte de razón. Este afán por un lenguaje correcto es solo una herramienta, a veces delirante, para combatir estereotipos. La pena es que nos  centremos más en resolver las diferencias de género mediante el lenguaje, mientras que por otro lado seguimos fomentando  actitudes de más calado machista o las contemplamos impasibles para no ser tachadas nosotras de fundamentalistas (estamos vencidas en la actitud y en los valores por miedo a ser criticadas). El lenguaje es importante en la medida en la que crea esos mismos valores, ofrece visiones de la realidad, o visibiliza acciones y profesiones antes negadas a la mujeres. Pero habría que evitar caer en un delirio linguístico absurdo. Resulta cansino, e incoherente, el uso reiterado de la doble terminación o/a o de la @  para designar ambos géneros; pero, sí se podría defender el nombre femenino de las profesiones; modificar el significado peyorativo de las palabras que se refieren o se relacionan con la mujer; contribuir a modificar el de muchos conceptos que aplicado al varón tienen una connotación y referido a ellas otro distinto (como las alusiones a la conducta sexual).

Reitero, tanto el hombre como la mujer deberíamos ser feministas, teniendo en cuenta que todavía ése es el término que existe para designar la igualdad entre ambos y no hay otro. Si su intención es destacar lo femenino en un mundo de machos todavía no hay un concepto que reúna en sí ese significado. Humanismo no lo es,  porque este al final es cercano al varón. Humano viene del latín humanus, que se compone de humus (tierra) y anus (procedente). Y hace referencia al primer individuo hecho de barro o arcilla; luego volvemos otra vez al inicio sexista del meollo: primer hombre. Hay quien propone igualitarismo pero, por muy loable que sea su definición (al igual que la  de humanismo), no hace suya la causa de la mujer de un modo específico ni presentan acciones concretas a seguir. No son movimientos activos, son solo teorías, y la discriminación femenina, para que pueda ser combatida, necesita primero un enfoque propio y, por eso, debe partir de una palabra que recoja implícitamente su objetivo y a través de ella aglutine las acciones. Para acabar, el camino que queda por recorrer es tan amplio que centrar el debate en rechazar ese concepto y, por ello, no asumir la tarea de conseguir la igualdad entre géneros es quedarnos en lo accesorio. Además, qué mejor término que feminismo si hemos sido las mujeres, las féminas, las que hemos iniciado la lucha justa por igualarnos al hombre.  




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