Not seeing a Scroll to Top Button? Go to our FAQ page for more info. Qué ignorita más bonita. Relatos, fotografía y filosofía.: El truco de la fortuna. (Relato)

29 de septiembre de 2015

El truco de la fortuna. (Relato)

Dibujo de un hombre en un banco



Una hoja amarillenta, marrón por los bordes, baila la danza del  viento. Es una lámina fina y ondulada, que desciende y parece sucumbir a la gravedad, pero inmediatamente remonta el vuelo hasta sentarse en el banco de enfrente. No es la única  que se coloca ahí. El suelo de la plaza está alfombrado por cientos de ellas. Pero me propuse seguirle el rastro a esta, a la más rezagada de cuantas cayeron del árbol por el último golpe del viento, comprobar cuál será su trayectoria durante las tres horas que he de permanecer en la plaza. Aquí las estaciones no siguen el ciclo natural y las hojas se desprenden cuando les da la gana o el árbol se harta de ella. Siete, ocho o nueve se instalan a lo largo del banco y van ocupando diferentes posiciones, en la base del respaldo o en los apoyabrazos. Sin embargo, esta amarillenta de bordes marrones es la mayor y con la forma más perfecta. Me gusta cómo se sitúa ahora, en una punta del espaldar, preparada para remontar el vuelo y emprender un viaje planeando por todo el parque. Parece casi tan huérfana como yo, sin asentarse fija en ningún lugar concreto, cambiando de sitio a cada momento, como me ocurre a mí esta mañana. Será que estoy más inquieto que en otros días.
Menos mal que hoy me toca venir a este lugar, a dejar correr la jornada aquí, porque tiene una bonita plazuela. El quiosco que está en el centro me gusta bastante: es de estilo neo—mudéjar, amarillento y circular, con ventanas acabadas en medio arco, de cristales coloreados; lo que más me agrada son el techo de madera y los barrotes  del segundo piso, muy labrados ambos, y al que se accede por una escalerilla también de madera e igual de repujada. Por lo que se ve, me ha cundido el tiempo para fijarme bien, pero es que el jueves anterior subí los peldaños y un anciano que me estaba vigilando, habitual del lugar, me informó que se suele utilizar esa parte superior para que toque la banda de música en las fiestas. El señor hasta subió donde estaba yo, con esfuerzo el pobre, y durante un rato me describió todas las festividades del pueblo y las actuaciones de la orquesta. Puso tanto entusiasmo en su relato que me transmitió la impresión de que debían de ser bastante  agradables de ver y oír. También el quiosco alberga un bar que ahora está abarrotado de extranjeros en bermudas, a las once de la mañana de un día ventoso de junio. A la derecha e izquierda del quiosco, dos trozos de jardines, en realidad dos cuadrados largos y anchos, vallados a corta altura, lucen sus plantas, y para mi gusto  demasiado ordenadas: setos, arbolitos, flores y césped se distribuyen en un equilibrio excesivo. Deberían dejar que crezca la vegetación más a su aire. Un toque salvaje la favorece.
Digo que esta es la plaza a la que vengo los jueves, pues cada día voy a un sitio distinto en diferentes pueblos, lejos de donde vivo. Durante la primera semana del mes escojo una localidad, vagabundeo un poco por ella hasta que capto cinco lugares agradables que me sirvan para sobrellevar la mañana.  Hay ciudades o villas afortunadas que disfrutan de más de cinco; hay otras que no llegan ni a tres, pues son como polígonos industriales; pero, si alcanzo a encontrar sombra o un bar modesto que me sirva para almorzar, me acomodo. Lunes, martes, miércoles,… un enclave distinto de la población, excepto sábados y domingos; luego el lunes inicio el ciclo de nuevo. Así no me doy a conocer demasiado ni levanto sospechas. Al mes siguiente, otros cinco diferentes y venga a rodar la rueda. En esos parques o plazas transcurro unas seis horas. Le echo un vistazo al periódico o leo un libro (en esta época nómada que estoy atravesando he devorado más de treinta, lo bueno es que mi mujer ni se ha enterado, si no sospecharía de dónde saco los minutos para consumir tanto libraco, menos mal que como ella no lee ni se fija); a media mañana me tomo un café o una cerveza, según la ocasión, si siento frío  o calor; callejeo también por los alrededores (pero evito caminar indeciso para no parecerme a un vagabundo, por lo que lo hago como si supiera perfectamente a dónde me dirijo, aunque vaya lento); a veces hasta les compro algún cachivache a los hijos o a Pilar y sobre las dos suelo irme. Más tarde almuerzo en algún bar económico de la zona, que haya conectado la televisión y sirva menús caseros (no quiero que se me estropee el estómago más de lo que lo tengo, o que me salga muy caro); luego, me echo una ligera siesta en el coche, a la sombra si la pillo y, si no, dentro de un parquin de algún centro comercial. Ahí no me satisface especialmente, pues temo perder la noción del tiempo por la oscuridad que hay en su interior  y  se me pase la hora de volver.  Después de otro café, acabo la jornada con  un paseo para despejarme y, finalmente, regreso a casa a las seis. Esta es mi agenda de trabajo, descrita al detalle.
¿Vida envidiable, verdad? No tanto. Tiene su lastre, y ya me gustaría a mí librarme de él. Pero no me decido. Estoy aplazando el instante de la confesión, en el que me deba enfrentar a la cara de mi mujer y contarle toda la verdad. Al principio fue duro y no sabía bien qué hacer, pero las cosas fueron saliendo solas y ahora me he acostumbrado. Soy lo que se dice un ser cobarde, para qué negarlo y no sé muy bien cómo desenredar el lío en el que me he metido. Pero yo no elegí lo que me tocó y no sé qué inventar para no complicarme más la existencia. En realidad, sí hice una elección, pero no me quedó más remedio. Ya me entenderán ustedes cuando lo explique: probablemente todos actuarían como yo.
La hoja se ha bajado del asiento y vuela a ras del suelo. Cansada del viaje corto que inició, termina por quedarse quieta cerca de otro banco próximo al primero. Si quisiera escribir poesía, me introduciría en su piel, y desde una visión  animista expresaría mi afición por los bancos: “soy un gran pétalo desgajado, acostado, paladeo mi sitio con calma y arriendo este lugar de pino y de hierro fraguado”. Todo acaba en o y las dobles r se me resisten, no me vale: hubo un tiempo en que soñé con ser poeta.  Volviendo a la realidad, observo a una mujer que da de comer una compota al hijo pequeño; el pobre, cómo lucha contra los tirantes que le atan al carro, pero la madre ni se da cuenta. Qué ocurrencia, elegir este sitio ventoso para alimentar a un crío. No está la plaza para que se aposente nadie hoy, solo los perdidos como yo.
Mi mujer no sabe que así transcurren mis jornadas. Me cree en un trabajo productivo, ganando dinero honrado para sostener a la familia. Ella estará ahora ocupada en casa, seguro que ya ha preparado la comida, o quizá esté pasando la aspiradora o rellenando sus crucigramas. No creo que Rosa venga a visitarla hoy, fue el martes pasado y suele ir una vez en semana. Sin embargo, yo estoy tirado aquí, y no hago sino taparme los ojos para que no me entre el polvillo de la tierra. Me siento incómodo con este viento, pero ni las ganas de moverme me animan. Veo pasar gente y resulta entretenido. La madre ya acabó de darle el tarro al niño y se está levantando. Menos mal que se va, ya me estaba poniendo nervioso, sobre todo el hijito, que se revolvía molesto en el carro. Si es que hoy no está la calle para chiquillos.
En esta tesitura, vegetando por los parques llevo desde noviembre del año pasado, cuando la compañía decidió no renovar más mi contrato. Malditos jefes. La culpa de este vagabundear de pueblo en pueblo, durante este tiempo interminable, es  de ellos. Me prometieron que me harían fijo enseguida, pero no cumplieron su palabra. Tras cuatro contratos encadenados, de seis meses cada uno, me llaman una tarde y me exponen que lo lamentan muchísimo, que se me ve con buena disposición, pero, como la empresa está atravesando un mal momento quieren reducir costes y, debido a que un comercial en esas circunstancias no es imprescindible, no les queda otra opción; tal vez contarían conmigo más adelante, si la situación volviera a ser favorable. Petrificado permanecí, como el cemento que usan en las obras los albañiles. Yo me había hecho ilusiones y mi matrimonio, gracias a mi  empleo, marchaba mejor que nunca. Ya hasta habíamos planeado  meternos en la compra de un piso, firmar la hipoteca de uno que nos encantó, lleno de cristaleras y justo en el centro de la ciudad; menos mal que a última hora nos lo pensamos mejor y fue aplazado para más adelante; pero el coche sí tuve que comprarlo. Para ir al trabajo no podía ir siempre en guaguas; me pillaba la parada lejos y debía coger más de tres enlaces, y tempranito, si quería estar a los ocho en la puerta de la empresa. Si el día está soleado es llevadero, pero con lluvia y viento es imposible. Por eso me compré un coche, por la necesidad, no porque me hubiera precipitado a despilfarrar o quisiera presumir. Gracias a que lo adquirí de segunda mano, uno  pequeño, sin ningún lujo, a pagar a plazos, y aún no he acabado.
No creo que deba culparme por lo que sucedió. Si no me hubieran despedido, no hubiera estado al día siguiente de acabar el contrato deambulando por las afueras de Güímar, por ese malpaís que llega hasta la playa o por sus escasas plazoletas, pensando en cómo le diría a mi mujer que de nuevo estaba en la calle: no nos podríamos mudar de vivienda, tendría que vender el coche y apenas habría dinero para las Navidades que se acercaban ya, rápidas, impacientes. Imaginaba la cara que reflejaría al comunicárselo y me entraban ganas súbitas de ir al baño. Últimamente nos iba bien, ella ya no me ofrecía, si yo intentaba tocarla, aquel semblante desganado de dos o tres años atrás, cuando yo buscaba una ocupación, y no obtenía ningún resultado.  Por aquel entonces, solo me ofertaban trabajillos eventuales que duraban pocos  meses. Y es que uno nunca debe confiar en la fortuna, cuando parece que todo está resuelto —dado que ya va siendo hora, porque tengo edad para merecerme una vida estable—, me veo de nuevo sin ninguna perspectiva.
La hoja ya no vuela. Descansa cerca de las otras, al pie del árbol del que cayeron. El viento ha amainado y por eso casi ni se mueve. Hay más personas transitando por la plaza. Un hombre mayor, con boina de las que ya apenas se venden, acompañado por un chucho menudo y con cara de incordio, se acerca a ellas, a las que están arrimadas al roble. El perro levanta su patita y las rocía bajo la atenta mirada del señor, quien luego las  remueve con un zapato y se aleja apoyado en su paraguas, usado de bastón, no sin echarme antes una ojeada inquisitiva. ¡No, no, caballero, no se confunda usted, yo no soy un gandul: las circunstancias me han llevado a esto! No termino de acostumbrarme a esas miradas insolentes, como si estuvieran preguntándose qué hace un hombre joven, a esas horas y en edad de trabajar, tirado por los parques. Me fastidia la curiosidad de los demás.
Como dije, el día después, me vi vagabundeando sin rumbo, botado en una terraza en aquella mañana, en otro día incluso más ventoso que este. Si no hubiera estado allí, no lo habría visto y, desde luego, no lo habría recogido del suelo como hice; lo habría dejado en su sitio o entregado a las autoridades; mejor, quizá hasta la habría llamado, que es lo que debí haber hecho; o haberla avisado cuando me la tropecé después. Mi vida no se vería en este nudo del que no sé por dónde comenzar a tirar. Pero, cómo resistirme, y cómo no apropiármelo, si parecía la mejor solución a todas mis incertidumbres. Es verdad que durante un tiempo no tendría problemas de dinero, puesto que preparé los papeles del paro enseguida y me notificaron que me correspondía por los dos años de trabajo ocho meses, pero la inseguridad me apremió y lo cogí, lo guardé, lo conservé.
En un principio no pensé nada, me dejé llevar por el camino más fácil: la inactividad, la espera. Durante semanas estuve alerta, comprando todos los periódicos, oyendo la radio local, espiando los telediarios en busca de noticias que me informaran si había sucedido algún hecho anómalo, diferente, que me diera pistas para adivinar qué camino debería seguir. Pero no oí nada. Transcurrieron los días, las semanas, los meses y la ausencia de aquellas, si en un principio aumentó mi incertidumbre, luego me  tranquilizó, volviéndome incluso perezoso, descuidado ante mi seguridad, la cual podía, o puede, correr un grave peligro.
Quien no se ha callado, en cambio, ha sido mi conciencia. Cada día que salgo de casa me martillea insistente. Cuando me despido de Pilar por las mañanas, cuando le digo que he cobrado mi presunto sueldo mensual —le aseguré que me lo habían aumentado y se volvió más alegre: por fin somos una familia feliz—, cuando la escucho hablar de lo orgullosa que está de mí y, sobre todo, cuando la oigo mencionar la necesidad de ser honrados, mi conciencia suelta alaridos y yo siento como si la cabeza fuera a estallar en mil trozos. Pero no puedo contarle nada ni la puedo condenar a la zozobra como a mí. Ella siempre ha sido muy honesta y no tolera la mentira. Se ha separado de amigas por artimañas que le parecieron inaceptables; por ejemplo, de Elisa, hace ya cerca de cinco años se fue distanciando poco a poco, desde que le llegó el chivatazo de que sisaba una parte de los ingresos de la caja del local donde ambas trabajaron unos meses; sé que nunca ha aceptado quedarse con nada ajeno, por pequeño que sea y aunque se encuentre en situación desesperada. También le ocurre que se asusta con facilidad, si bien de primeras pueda parecer muy lanzada, soy consciente de que no lo es, por lo que si se enterase de la procedencia de mi suerte, nunca viviría en paz. Cada noche, antes de acostarse, comprueba las cerraduras de todas las ventanas exteriores, dos o tres veces, y eso que están protegidas por verjas; vivimos en un primero y el dueño las instaló ante los requerimientos  de ella. No quiero pensar cómo se comportaría si le contara todo lo ocurrido. Aunque parezca un poco tosca, sé que Pilar tiene rectos principios, que posee una inteligencia natural, espontánea, de esas que brotan solas con poco que se las alimente.
En el banco de enfrente se han sentado unos adolescentes ruidosos. Se  acercaron en grupo, custodiados por lo que me imagino serán sus profesores, y se han dispersado en tríos o cuartetos colonizando la plaza. Menos mal que han respetado mi banco. Pero desde donde estoy ubicado no puedo evitar oír sus chistes y risas. Se van a quedar largo rato, pues tras las indicaciones de los adultos, vigilantes, sacan unos bocadillos y unos refrescos. Puedo mirarlos cuanto me dé la gana, ni siquiera han reparado en mi presencia. Imagino que para ellos soy un adorno más de este lugar, como la hoja, que aún mojada y sin fuerzas para volar, descansa al pie del árbol del que se desgajó.
Fue un martes el día que se me acabó el contrato. Los entendidos, los sociólogos y periodistas, suelen comentar que los viernes suelen despedir a  más gente (el drama se diluye mejor en víspera de festivos), pero a mí me tocó pasar el mal trago tres tardes antes. Para tranquilizarme me decía que no fue un despido exacto y así pensaba contárselo a mi mujer cuando llegara a casa. Me habían dado el aviso con bastante antelación pero dejé pasar los días sin atreverme a anunciárselo. Creo que esperaba que la empresa, aunque fuera en el último momento, se arrepintiera o se diera cuenta de que me necesitaban.  Pero no fue así; el último día, después de recoger mis pertenencias —las metí en una bolsa de basura y no en una caja como se ve en las películas americanas—,  el jefe de personal me dio un apretón de mano —gesto que me extrañó: no perdió sus modales el hombre, ni siquiera en esas circunstancias—, me miró hasta casi con pesar y, por última vez, me avisó que, si cambiaban las circunstancias, me llamarían sin dudarlo.
Es duro que a uno le despidan, eh. Mis ánimos, mi moral, deshechos por el suelo, y la mente golpeándome con la convicción  de que yo no servía para nada, de que era un completo inútil e incapaz de conservar ningún trabajo. Desde ahí miro con envidia a los que cada día acuden a sus faenas, pensando que por lo menos sus vidas tienen sentido, contribuyen a la sociedad, se ven útiles, su mujer y sus hijos los respetan. Ahora,  cuando voy por la calle, imagino que todos se han enterado de que me han echado y percibo que me miran con desprecio, pensando: “Mira, ahí va un desecho de la sociedad, un gandul, incapaz de conservar su puesto, incapaz de sacar adelante a su familia”. Mi autoestima ha caído en picado. Cierto es que mi carácter no es el más apropiado para ejercer de comercial, continuamente no podía ocultar mi timidez y era grande el esfuerzo que empleaba en lucirme o en mentir delante de la clientela, o en salir por ahí a convencer de que teníamos los mejores productos, de que éramos  los más eficaces, los más rápidos y de que nunca engañábamos a nadie; me costaba creer  que los clientes eran lo primero de todo, pero intentaba aplicarme y estos no se habían reducido, lo normal por la crisis; creo que yo era eficiente, sin alardes, pero lo era.
No obstante, tenía que echarle pecho al asunto y enfrentarme a lo que fuera. Cuando regresé a casa el último día que fui a trabajar, sobre las  siete, abrí la puerta decidido, preparado para recibir llantos y reproches. Sabía que reaparecerían las caras largas, las tensiones, las Navidades de pobres regalos; el control estricto de la gasolina —lo que implicaba que habría que reducir los paseos de los domingos—, de la luz, del agua o de los comestibles —cambiar a las marcas más baratas: vaya a usted a saber de dónde provendrían—, para no gastar. Volvería a enfrentarme a la cara entristecida del chico y a la falsa indiferencia de la niña, como si aquello no le importara. Entré por la puerta con un nudo en el estómago, dispuesto  a todo, sabiendo que quizá Pilar, al principio, se desmoronaría, puede que se enfadara, o estuviera de caras largas durante un tiempo; puede, incluso, porque ella tenía ese lado malo o rencoroso, que me lo hiciera pagar en la cama. Sabiendo todo eso, crucé el umbral envalentonado.
Nada más girar la llave en la cerradura, mi mujer me llamó aprensiva; el niño se había roto el labio y un diente estaba mellado. Sucedió corriendo con la bicicleta, pues siempre iba como un loco, sin casco, a su bola, sin hacer caso de lo que le advertíamos constantemente. Vi que estaba sentado en una silla de la cocina, con un pañuelo apretado contra la boca y cuando entré se me quedó mirando con aquellos ojazos negros y tristones, que dicen que son iguales a los míos. Pilar estaba a su lado, observándome  con toda la inquietud posible concentrada en su rostro. Marisa también se hallaba, aunque más tranquila que unas pascuas, a su rollo como solía ir, y sentada a la mesa  con un montón de lápices esparcidos por todo el hule. Qué dibujos más bonitos pinta mi hija; en lo de conversar con nosotros no sobresale mucho, pero a través de sus pinturas sí refleja todo lo que se guarda, o por lo menos eso nos comunicó una vez su tutora, con esas mismas  palabras. Es introvertida y en apariencia dura, como si nada la afectara, pero desde que hablamos con la profesora hemos intentado dejarla más en paz. En cambio, quien sí estaba muy impresionada era su madre. Y eso que ya por la tarde, en urgencias, habían intentado tranquilizarla, asegurándole que eran más las apariencias que un daño real. Pero aún no se había repuesto del susto; seguía viéndole la boca llena de sangre y como se le caía encima de la ropa. Menos mal, me dijo, que luego se comprobó que las consecuencias del golpe eran inferiores a las que se suponía en un principio. Por supuesto, me traspasó el sobresalto a mí. Me dio pena el chico, con la boca fruncida, sin querer hablar, con su miranda mansa dentro de los ojos azabaches. Y, en esas circunstancias, cómo iba a hablar de despedidas, contratos o ajustes. Al día siguiente habría mejor oportunidad. Por eso tampoco fue culpa mía que tuviera que aplazarlo. No me quedó más remedio.
El quiosco mudejar

2

Esta mañana me siento desganada. Ya llevo un rato en la cocina, pensando en que ya es hora de que cambie el mantel, la mesa, las sillas y todo lo que pueda. Entre tanto, revuelvo el azúcar en la taza de café y sé que se me va a enfriar como no me espabile. Me encanta este estimulante; no podría vivir sin él y en esta pequeña de cerámica me sabe  mejor. He tenido de diversos tipos: de vidrio transparente con un asa de acero o de aluminio plateado (no sé exactamente de qué metal sería); de porcelana china de los almacenes de todo a un euro; o japonesa, muy frágil y decorada con samuráis que se peleaban por toda la tacita hasta desbordarla; de arcopal (¿eso de qué estará compuesto?); y esta de cerámica blanca, como debe ser, un poco gruesilla y alta para que conserve el café más caliente, y de color claro para que se aprecie mejor el marrón cremoso del líquido. Un café, si está frío, si no es denso y si sabe a quemado, es una grandísima  porquería y al camarero que se atreva a servirlo deberían darle cien latigazos, por burro.
Menos mal que ya me he quitado de encima el almuerzo; suelo prepararlo después del desayuno, así, un peso menos. Guisé la comida preferida de Miguel, papas con carne, habichuelas y zanahorias. Como mínimo una vez al mes tengo que cocinarla y me ha debido de quedar buenísima porque la vecina de arriba ha exclamado sulfurada (se habrá levantado con el rabo alzado): "¡Ese olor!", mientras cerraba bruscamente la ventana que la comunicaba al patio. No me ha molestado el comentario; me hizo gracia el tono encrespado e incluso me confirma que debió de haber quedado sabrosísima por el aroma tan intenso que, ¡ja!, invade hasta los patios de mis queridas vecinas. Además, ya faltaría que “La del quinto” no me dejara cocinar. Claro, como de su casa solo sale olor a fritanga, tendrá envidia. Eso de la envidia es una cosa muy curiosa. Para mi tía hay muchas vecinas que siempre les tienen celos a las demás y les desean lo peor. Yo recuerdo que de pequeña le preguntaba, cuando se lo oía decir:
—Tití, ¿y por qué envidian a María? —otra tía con mucha mala suerte; según parece, todo el mundo le tenía celos, es decir, y ojo al dato, los celos provocaban su mala suerte—. ¿Si la pobre no es muy guapa, ni ha estudiado, ni ha tenido novio, y los trabajos no le duran?
—Pues, por eso, boba, porque le hacen mal de ojo; la niña no ha tenido suerte por la envidia de los demás, que les corroe la  sangre y no le dan oportunidades, con lo que ella vale —y ya, cuando se ponía a hablar de sangre y de corrosiones, yo  enmudecía de miedo.
Bueno, después de todo hoy no me puedo quejar. He guisado con  el merengue y la bachata de Juan Luis Guerra que salían por los resquicios de la ventana de la vecina del tercero, la irritada por el guiso no, la otra, que es más alegre y festiva. La chica es sudamericana y le gusta más unos cánticos que, como dice el dicho, a un tonto un lápiz. Ahora mismo comienza:

“Te regalo una rosa
la encontré en el camino
no sé si está desnuda
tiene un solo vestido
no, no lo sé”

¿Es bonita? Ni idea, no entiendo gran cosa de música. Esa me la sé de memoria; la vecina la repite, la repite, la repite y, además, hace años sonaba a cada rato y mi marido me conquistó mientras bailamos con los acordes de su son. Pero no crean que por eso le guarde mayor aprecio a la melodía. No es nuestra canción ni tonterías de esas: no hay. Y si hubiera llegado a serlo, con la pesada del tercero ya se me hubiera esfumado el enganche. Porque oye, si te obligan a lo mismo una y otra vez, al final les coges asco. Podría salir a la ventana y soltarle a la tía tamaño suspiro para que se entere; pero no, no quiero más líos, que con los míos propios ya me sobran para repartirle a todos unos cuantos. Si es que yo no sé ni cómo todavía ando con ánimos para hablar, para adecentar la casa, para sonreírle al marido, para atender a los niños, con lo que estoy padeciendo.
Puaff, se me ha derramado el café; tengo que controlar mis arranques, que lo pongo todo perdido. A este paño le queda poca vida,  vaya, algo más que me pide a gritos que  lo eche a la lavadora o, mejor, que lo tire a la basura. El amarillo ya se ha trocado marrón; ja, ¡trocado! A mi marido siempre le sorprende mi habilidad para las palabras; yo le repito que es por los crucigramas. No veas, se aprende un montón y es mi afición favorita. Antes los rellenaba en papel, en los librillos que venían; me zampaba unos cuantos al día. Desde que me conecto a  Internet la mayoría los completo allí, pese a que sigo prefiriendo las libretillas: puedo guardarlas cuando los haya acabado o llevarlos conmigo a donde quiera. Él se asombra, sin embargo, pues es el leído de la familia. Acabó  Magisterio malamente y se fugaba a cada rato; según dice no soportaba las tonterías que le enseñaban allí; pero leer siempre le ha entusiasmado  y devora mamotretos, que no sé ni cómo puede, yo creo que hasta a escondidas lo hace, y el inocente piensa que no me doy cuenta, como si una fuera boba. Yo creo que de tanto leer es por lo que en otras cosas es tan… así… como tan… ¿guanajo? No, el pobre, con lo bueno que es. Lo único que le falta es un poco de sangre. Supongo que por eso es por lo que ha tenido tantos problemas con los trabajos y por lo que nunca quiso ejercer de maestro, por terror a los niños. Y con toda la razón, para que me lo maten, mejor que se dedique a otra cosa; aunque, si hablamos de dedicarse, a poco se dedica, la verdad. En cambio, yo acabé el BUP y bastante fue. A mí lo que siempre me ha gustado leer son las novelas del oeste, las de Marcial Lafuente Estefanía, Keith Luger, Silver Kane, aunque ya no suelo verlas en los quioscos con tanta frecuencia como antes. El chico era un calmoso (a mí me parecía como un papá, por aquello de paternal, que lo era exageradamente; pese a ser hombre y joven era muy sensato y se veía obligado a darle un par de nalgadas a la chica revoltosa: en aquella época no estaba diagnosticada la violencia de género), rubio y de seis pies y medio, se llamaba Johnny y la protagonista caprichosa Joan, la cual debía enfrentarse a la aburrida Mary, que también bebía los vientos por  Johnny, el larguirucho, y todo ello mientras cabalgaban por las praderas de Dodge City. Me chiflan, y hacer crucigramas.
La de arriba le ha dado a repetir la canción: no parece que haya avanzado de estrofa. Ni me he enterado. Ahora suena:

“si la riega el verano
se embriaga de olvido
si alguna vez fue amada
tiene amores escondidos”

Amores escondidos… Ya me gustaría a mí que lo mío fuera un amor escondido. Por lo menos no lo viviría tan mal. Habría misterio, excitación, zozobra recompensada; pero esta mierda que me agobia… Qué mala suerte, carajo, como exclama mi abuelo a cada rato, el venezolano: mi querido caraqueño, más bien. Después de regresar de América se quedó con aquel nombrete, para los restos. No obstante, sólo estuvo diez años por esas tierras que, comparado con otros que se fueron con él, no es tanto, pero vino con las palabras carajo por aquí, carajita por allá; que si tus  pantaletas están sucias, o qué comida más chévere; y estas últimas: no andes jurungando entre mis corotos. Qué gusto oírlo. Retornó con las palabras cosidas a la boca y ni lavándose las bembas, como él aseguraba, aunque esa también es nuestra, ha logrado que se les despeguen. A mí me da que además de las palabras se le fijó otra cosa, otra nostalgia de alguien de allí. Un día, si lo cojo a solas, le sonsaco, aunque, pobrecito, ya tiene el tino extraviado y seguro que lo recuerdos se le desordenan; cómo para hacerle caso.
Pues sí que tengo mérito yo; todavía con ganas de  indagar en los líos de los demás. ¿Y el mío cómo lo resuelvo? Maldita hora en la que mi prima vino contándome lo del viejo. Y ella creyendo que me concedía un gran favor, que me vendría bien un poco más de dinero, tal y como se estaban poniendo las cosas. Bueno, si soy franca, la culpa no fue de ella,  solo mía. Andrea solo me incentivó o, expresándolo mal, puso el anzuelo y yo, únicamente yo, tiré de la caña; aunque quien tentó con más carnada fue el desgraciado del viejo. Pero es que me angustié  cuando me enteré de que a Miguel lo habían despedido. El iluso, creyendo que me ha mantenido engañada todo este tiempo. Verdad es que al principio, cuando llamé a su trabajo y me informó aquella sorprendida secretaria que mi marido había dejado la empresa en noviembre, ¡hacía ya  cinco meses!, me quedé anonadada —tal y como dicen los de la tele—, y mis ánimos fueron del asombro a la indignación en menos de diez minutos. Durante el resto de la mañana estuve de un humor de perros, pero cuando lo vi aparecer, con cara  de desánimo, y me fijé bien que la traía enturbiada, la jeta digo, que era diferente a la de los otros días, o será que la aprecié con distintos ojos, no pude menos que desear abrazarle, aunque me hice la desentendida y no moví ficha. Tampoco lo descubrí; ya habría tiempo. Además, a quién le avergonzaría más la pérdida de su empleo sino a él. Pero me agobié hasta caer en la desesperación días después y se lo chivé a Andrea (la amenacé con que no abriera la boca). Y claro, ya está el dicho inventado: la prisa es mala consejera. Seguro que en el refranero español hay muchas frases de la misma guisa (esta es otra del crucigrama).

“eres la rosa que me da calor
eres el sueño de mi soledad
un letargo de azul
un eclipse de mar, pero...”

Rosa que da calor, un eclipse de mar… Pero qué tonterías se escriben en las poesías; por eso no puedo con ninguna. A mí en este momento nada me da calor y los deseos de eclipsarme los poseo todos. Cierto es que si yo no me hubiera confiado a la prima, nada hubiera sucedido; luego, la culpa fue mía. Menos dinero sí, por supuesto, pero viviría más tranquila y, como dice el dicho, ¿o fue el título de una película?: “pobre, pero honrada”. Me suena más a película, de esas de los años setenta, de las que echan por la tarde en Cine de Barrio, no sé si con la Concha Velasco, ay, qué mayor está la pobre, aunque aún se conserva bien la mujer, con los años que debe de tener. Yo, sin embargo, sigo pobre,  pero con mi honra  para rifarla en un concurso.
¿Qué me dijo Andrea para engatusarme? A ver si lo recuerdo bien, tampoco hace tanto de eso; solo dos meses y medio.

“Un letargo de azul
un eclipse de mar, pero...”

Aletargada la cabeza la tengo. Ya, que había un respetable señor, ¡puaj!, me río yo del respetable señor, que buscaba una mujer para que le limpiara un poco la casa cada dos días, se la ordenara, le planchara la ropa y le guisara algo de comida. Sólo serían unas tres horitas. En mala hora… Aunque nadie viendo al señor adivinaría que iba a ser cómo luego se destapó. Era un finolis, de manos cuidadas y afiladas, pelo muy blanco, peinado para detrás y el rostro pálido igual que los folios en los que pinta mi hija. Parecía un cromo dedicado a los actores antiguos, y antiguo por lo de  viejo: todavía alto y flaco, de buena presencia, si no lo conoces bien y lo miras con buen ánimo; vamos, sacado de una peli de esas alemanas o suecas, llena de bosques y embarcaderos, que están echando estos días en la sobremesa de la 1. Debí de haberme llevado por mi primera impresión, la que me transmitió aquellos ojillos pequeños, azules y punzantes. No me gustó su mirada ni su aliento; tan lumbrera como era y no sabía la importancia de la higiene bucal: seguro que esos dientes  amarillentos no habían sido rozados nunca por el hilo. Y es que sé reconocer a la perfección, desde la distancia, quienes apenas se lavan la dentadura, no  se cepillan la lengua y hasta quienes no se pasan el hilo dental: tienen un aliento putrefacto a caverna desagradable y si son viejos como éste, bastante más, porque lo arrastran desde que vinieron al mundo.
Él, muy amable, me hizo entrar, me pidió que me sentara, que si quería un café, un refresco, un dulcito,…Todo sonrisas y consideración; aunque debí haber estado más atenta al repaso que me echó en la puerta: efectuó una revisión exhaustiva de arriba abajo que me hizo coger una tremenda colorada. Confieso, sin embargo, que no sospeché nada, como esas miradas las llevo tan prendidas dentro me fie;  estoy tan acostumbrada a que los hombres lancen sus ojeadas calibrando lo que se les aparece delante, que para mí fue tachado de grosería normal y se lo justifiqué creyendo que, como había sido todo un señor abogado, jubilado ahora, se le habría quedado el rastro astuto de su profesión. Qué estúpida, Dios, y nunca me lo diré las veces suficientes.

“ayayay...
te regalo mis manos
mis párpados caídos
el beso más profundo
el que se ahoga en un gemido, oh”

Menos mal que de eso me libré, de lo que se nombra en esa memez de canción, de que me regalen párpados caídos, ¿para qué una quiere eso? Qué pesadilla la chica del tercero con su musiquita. Mi sueño es que algún día tengamos una casa propia y podamos irnos de aquí. Cuando Miguel comenzó en el nuevo trabajo casi lo conseguimos. Estuvimos ahorrando, incluso, llegamos a abrir una cuenta para un adosado. Todas las noches, antes de irme a dormir, soñaba que desayunaría cada mañana en mi futura  terraza,  mi café, mis revistas, ¡jo! Sueños de los que se despierta una como si cayera de la cama abajo, chocando la cabeza contra el suelo.
El viejo abogado, don Manuel me rogó que lo llamara,  ya sabía por mi prima que yo era ordenada, limpia, que no le haría ascos al trabajo y me encomendó que empezara cuanto antes. La chica que le iba  se despedía esa semana. Ese hecho debió de haber despertado mi desconfianza, especialmente cuando me dijeron en la carnicería del barrio, días después, que las asistentas solían durarle unos pocos meses. Pero me pareció tan  caballeroso el hombre, tan correcto, exceptuando la visual que me echó el primer día y el detalle del aliento, que no desconfié. Había enviudado hacía unos pocos años y sus dos hijos vivían en el extranjero. La chica en América y el varón en no sé qué lugar de Europa. Pero no me explicó a qué se dedicaban, solo que cada año pasaban el verano con él, quien, a su vez, los  visitaba en Navidades. Qué afortunada es esa gente con pasta, con tanto viaje de un lado para otro, y nosotros, los pringados, trabajando para ellos por dos míseros euros.

“te regalo un otoño
un día entre abril y junio
un rayo de ilusiones
un corazón al desnudo”

Así perdí la cabeza e hice lo que hice, por la sensación de injusticia que me producen todos estos pijos señorones. Impropio de mí, pero fue la necesidad la que me obligó; hasta hace poco ni un céntimo me había quedado de nadie, siempre respetando la propiedad ajena, las normas, el orden. Y como dice la tonta canción esta, un día, entre abril y junio, un rayo de ilusiones me llevó a cogerla, tan tentadora, tan bonita en su caja y me dejó al desnudo, y no solo a mi corazón. Qué humos más poéticos se me suben a mí también, es que si no le echo guasa al tema, empiezo con llantos hasta que se me rebose el cubo de fregar. Por cierto, se me están pasando las horas aquí a lo bobo, con todas las faenas por hacer. Pero es que los recuerdos se amontonan de la rabia que me domina.
Imagino que me puso el cebo adrede, el mal nacido ese. A los pocos días de trabajar para él, entró en la habitación como un zorro, en silencio, con la excusa de buscar un suéter, y se acercó donde yo limpiaba la cómoda, una de madera oscura, exageradamente adornada, observó lo que hacía y se puso a dar vueltas por el cuarto, con la vista fija en mí, mientras yo ordenaba los adornos que había encima y desempolvaba la tremenda caja de fieltro azul marino, colocada debajo del espejo, uno grandote que medio colgaba de la pared, y digo medio, ya que me lo encontré torcido en dirección a la puerta, sería vigilando la entrada, ¡ja!, los objetos compinchados y con cámara oculta. Pues sí.
—Cuidado con el joyero, niña —desde el principio me llamó así, y por cuanto apelativo cariñoso, tramposo más bien, se le iba ocurriendo—. Hay verdaderas maravillas  ahí dentro. Bien es cierto que ya nadie  las usa. Eran de mi difunta esposa, que en paz descanse, pero ahí permanecen, sin que ningún cuello elegante las pueda lucir. Hay tantas que ni siquiera sé muy bien el valor de todas ni lo que, con exactitud, contiene el cofre. Cada vez que lo abro, pocas veces he de declarar, observo prendas nuevas.
¡Qué relamido ese hombre hablando! Disimulé mi desagrado e hice un gesto, preguntándole  si podía abrirlo. Con sus ojillos avariciosos me consintió; porque el de los ojos avariciosos era él, yo, al contrario, la de los precavidos o asustados: ya había comenzado a inquietarme el futuro, y por eso fue.
—¡Guau, qué preciosidades! —había gargantillas de oro blanco, amarillo, pendientes de perlas, de piedras que yo desconocía. Muchas joyas en el interior de la caja, unas estaban sueltas y otras debían de estar en sus cajitas, aunque estas no las abrí—. ¿Pero cómo que nadie las luce? ¿Y su hija?
—Qué va, divina; mi hija es una chica moderna, algo “hippie”, de esas que no les gustan las alhajas ni las ostentaciones. Afirma que no le interesan y yo no sé qué hacer con ellas. Algún día las regalaré, pues… ¿para qué las quiero, mi princesa? Quizá te deje, entonces, escoger la que tú quieras.

“ay, ayayay, amor
yo soy satélite y tú eres mi sol
un universo de agua mineral
un espacio de luz
que solo llenas tú, ay amor”

Repite, repite, repite. No sé ni cuántas veces las misma canción. “Ahora yo soy un sol y él mi satélite”. Sí, así soy yo: un sol y él mi satélite girando a mi lado continuamente. O sentado y yo moviéndome a su alrededor, muerta de la vergüenza, y todo debido a que me creí lo de “Hay tantas que ni siquiera sé muy bien el valor de todas ni lo que, con exactitud, contiene el cofre”. Ni sol ni satélite, un carajo.
¡Uy!, me puso la mermelada en la puntita de la lengua y la esperanza dentro, incrustada se quedó en el sentido, en el ánimo. Y cada día que iba las cogía en mis manos, me las colocaba en el cuello, en las muñecas,  en los dedos, en el lóbulo derecho un arete largo, y en izquierdo uno corto, para comprobar el contraste. Aprovechaba que él estaba en el salón o en su escritorio, entre sus papeles, escribiendo, leyendo, recogiendo notas de los periódicos. Y había una especial, con la que me adornaba todas las veces. Reposaba —sí, sí, parecía que estaba descansado a la espera de que yo le diera vida— dentro de una cajita achatada, más grandota que las otras, de terciopelo granate. Cómo relucía aquel juego: una cadena gruesa de oro blanco y una lágrima enorme enroscada en sí misma con una piedra roja brillante; a juego dos pendientes con sendas lágrimas idénticas. “Sendas”, mira por donde he encontrado la oportunidad de usar otra palabra del crucigrama. La cultura me desborda, coño. Y qué mal hablada, a veces. Pero me sé cortar bien, delante del abogado nunca he soltado ninguna palabrota, y mira que no paran de ocurrírseme; escribe para los periódicos, tiene fama de “buena gente” y, no sé  por qué, pero el tipejo ese me impone.  A cada momento lo oigo por la radio, en la tertulias, charlando de política, tan respetable que aparenta ser, acudiendo a cada poco a los homenajes celebrados en su honor; todos implorando sus valiosas opiniones sobre la actualidad; si estos  supieran…

3

No he encontrado la oportunidad de contárselo a Pilar; se han deslizado los días, las semanas y los meses; se acabó el otoño, vino el invierno, se presentó la primavera, se anuncia el verano, pero no he vislumbrado  todavía la ocasión correcta. Me ha ocurrido lo mismo que el que quiere ponerse a régimen pero, por un motivo u otro, lo invitan a cada momento a meriendas, almuerzos, bodas y celebraciones y no encuentra el instante exacto para comenzar a reprimirse: el pastel que le ofrecen es muy apetitoso para que pueda rechazarlo, o no quiere hacerle un feo a quien lo ha convidado, no fuere que nunca más lo llame o se considere herido; ya mañana se vería. Pues así me sentía yo. Vinieron los reyes, los carnavales, los cumpleaños, Semana Santa,… Cómo iba a fastidiar la concordia en la que vivíamos todos.
Bueno, va transcurriendo el día y ya queda menos. No sé por qué hoy se me ha hecho la jornada tan larga. Aún las dos y media. Será por lo ventosa que está la plaza, ese siroco insoportable que contraría los ánimos y coloca a uno en el malhumor; el polvo de tierra seca que se cuela por los resquicios, los huecos de la nariz, se mete en la orejas, se mezcla en el pelo, luego la tierrilla que azota los ojos impide ver y si uno se los restriega se instala en el párpado inferior o forma bolillas secas en la carúncula lagrimal.  A cada momento me las quito. Y qué molesto para leer; así no pude en toda la mañana. Gracias a que aquí se está más confortable.
—¿Ya sabemos lo que vamos a comer?—me preguntó el camarero, a la vez que abría el botellín de cerveza y servía un poco en la jarra, procurando no hacer espuma.
—Sí, un arroz a la cubana. ¿Cuántos huevos trae el plato?
—Normalmente le freímos dos; pero sí usted quiere más no hay problema.
—Así está bien. No tengo mucha hambre.
El local es correcto; lleno de trabajadores, como debería ser yo. En una mesa de la entrada hay cuatro mujeres de mediana edad comiendo; qué raro, no suele ser lo habitual. En otras, hombres solos o en grupos de dos o tres. La barra con escasos clientes. Para ser tan barato el restaurante el mantel es de tela,  el típico damero rojo y blanco, pero no voy a exigir más, que con que haya varios camareros, la decoración sea acogedora (hay unos frondosos helechos cerca de la puerta), huela bien, a aceite limpio y a comida casera, me doy por satisfecho. A Pilar le gustaría el sitio, le parecería impecable. Lo mejor, la tele de 42 o 40 pulgadas, por ahí debe de andar. A la guapa presentadora hasta se la ve más hermosa mientras nos anuncia que hoy se estrenan en el gobierno la mayoría de los alcaldes. Pues sí, señor, hasta el de mi pueblo tomará posesión. Total, que se estrenen o no, poco afectará a la intendencia del municipio. La decisión más importante que adoptará es  si cambia el teleclub a la sede en la que estuvo hace unos años, donde lo había dispuesto el otro  de su mismo partido, el que estuvo gobernando hace dos legislaturas; o, si por fin, ya le conceden el permiso de reapertura a la guardería que cerraron el año pasado por ciertas irregularidades; y eso que era de su sobrina. Digo yo, ¿para eso sirve un alcalde? ¿Eso no lo puede decidir cualquier funcionario del ayuntamiento? Será que como es un pueblucho pequeño, si el hombre no se entretiene de esa manera, no tendría, entonces, nada que hacer. Ah, cobrar  su sueldazo de 25500 euros al año. Parece que no es tanto, pero para lo que arbitra le sobra. Ya lo desearía yo.
Sin embargo, a mí el mes que viene se me acaba el paro. Estoy cobrando de prestación unos 900 euros; para que alcance mi salario  anterior debo completarlo con dinero de mi cosecha.  Sé que esto no podrá alargarse en el tiempo, ¿pero cómo encuentro el momento oportuno para comunicárselo a Pilar? Además, a ella, ahora que lo medito con calma, en los últimos tiempos, la noto de malhumor, distraída.  Si encima aparezco yo con mis problemas la hundo; pero, en fin, tampoco son solo “mis problemas”, no son asuntos de mi exclusiva incumbencia. Ella también podría trabajar. A mí el cuento de que como no estudió una carrera, a ver en qué se va a emplear, o de que está dedicada por completo al hogar y a los hijos, no me satisface, disimulo que me lo creo para tener la fiesta en paz. No entiendo por qué me debo avergonzar yo de estar sin trabajo y no ella de andar por la casa, escudándose en su matrimonio. Limpiar el hogar y cuidar de los hijos es como bañarse y cuidar la salud: son tareas privadas y obligatorias para cada uno si quiere vivir con decencia. Uf, me enerva que ella se salve de ser tildada de vaga si se queda en casa, yo en cambio no. Además, desde que ando en el paro, aunque Pilar no lo sepa, como me siento culpable colaboro casi al cincuenta por ciento en las faenas, por lo menos los fines de semana; ella me lo permite, vaya si me lo permite. En un principio se negaba, pero hace unos meses hasta me mira con cara aviesa si no me espabilo pronto y suelto el libro con el que me pilla a escondidas. Parece mentira, como si fuera mi madre.  Pero es  buena mujer; no tengo ninguna queja. Quizá es un poco introvertida, se lo guarda todo para sí misma; pero bueno, así también soy yo y así salieron los hijos. Me aventaja en que, lo reconozco,  se toma las cosas con más humor. Es más alegre o será que posee más mala uva y, la mía, en cambio, me la reprimo.
—¿Le parece así suficiente la bandeja?
—Sí, sí, está completa.
Desde luego: dos huevos, papas fritas, un montón de arroz blanco y dos plátanos asados. Qué detalle, en vez de kétchup, me traen  un cuenco aparte con salsa de tomate. Qué lujo. De todos modos, desde hace unos meses he perdido bastante el apetito. Sé que esto no debería prolongarse más, puesto que afecta a mi salud; me preocupa lo que haré  cuando acabe la prestación, ¿durante  cuánto tiempo más podría disimular?
Pero cómo relatarle que un día esperé a que se fuera una mujer, en una buena plaza, en otra ventosa mañana para abalanzarme, sin consideración ninguna, sobre la presa. ¿Cómo se lo redacto para no parecer un ave de rapiña? ¿Qué? ¿Comienzo diciendo que me sentía injustamente tratado, enfurecido por el cese y que vi los cielos abiertos?  Cómo le justifico que al día siguiente del despido me levanté más hecho polvo que nunca; primero, el chico transcurrió la noche entre quejas por su caída de la bicicleta y apenas dormí; segundo, por la rabia y el desánimo que acumulaba encima. Me preparé y desayuné como un día cualquiera, hasta permití que Pilar se levantara a la vez que yo, como hacía siempre, y me ayudara con el zumo. Comimos los dos comentando las molestias que debió de haber pasado Toño durante la noche. ¿Cómo le iba a echar más penurias sobre sus espaldas? Así que le di el beso de todas las mañanas y me eché a la calle fría, más destemplada que nunca. Estuve dando vueltas con el coche sin rumbo; hasta que fui a parar por fuera del trabajo. Parecía un tonto, allí oculto dentro del auto, mirando las ventanas, igual al asesino que regresa a la escena del crimen. Aunque todavía no le había infligido daño a ninguna persona. Al cabo de un par de horas, ya ligeramente desahogado tras insultarlos a todos a medida que los veía salir a almorzar —eso sí, para mis adentros—,  me alejé de allí. Nada me hubiera gustado más que haber entrado en dirección a las oficinas y descargar mi rabia contra esos imbéciles, pero qué va, soy incapaz de matar una mosca, de levantar una palabra por encima de la otra. Todo se queda en mi interior; hasta el coraje.
Así, taciturno, con restos de ira, primero anduve deambulando por el borde del paseo que comunica  el malpaís de Güímar con la costa. Es un buen camino, pero mi decaimiento tampoco me permitía apreciarlo bien, además, el viento dificultaba el andar, y ver una choza improvisada, de plásticos y bolsas negras de basura, que se había montado un tío entre las rocas, en un entrante del mar, me dejó peor cuerpo. Ya me veía arramblando los bártulos para instalar la nuestra cerca de los pedruscos vecinos. Salí del camino raudo, cogí el coche y fui a parar a una plaza a la que nunca había ido. Parece que eso fue una premonición del lugar al que mis pasos iban a dirigirse cada día de las semanas siguientes. Y ese de noviembre era desapacible como hoy, más ventoso todavía, pero aquel, recuerdo bien, terminó en lluvia, la cual se inició sobre las seis y media de la tarde, ya de regreso a casa: lluvia de temporal. Pero el momento en el que yo me encontraba allí, solo el ruido furioso de los árboles y los nimboestratos  que se divisaban a lo lejos, muy a lo lejos, podrían presagiar el tiempo de más tarde. Por eso no terminaba de comprender qué hacía yo sentado en esa terraza, en medio de la plazoleta, en vez de entrar a la parte más habitable del bar. Me resultó llamativa  aquella mujer y por eso me quedé petrificado en el sitio, parapetado tras mi periódico. Me era útil para esconderme, aunque apenas me concentraba en él.
Había en ella un atisbo de algo extraño, discordante, tanto en sus gestos como en su ropa o en su peinado. Parecía una señora con dinero, pero también burda, sin mucha clase: el pelo teñido de rubio, de un amarillo intenso, corpulenta, usaba una chaqueta que parecía cara, anudada a la cintura y que le caía por debajo de las caderas, unos pantalones cubiertos por unas botas marrones, muy altas y con profusos  adornos, de esas que ni siquiera mi mujer se atrevería a calzarse, ni regaladas, diría ella. Llevaba la cara maquillada en exceso, sobre todo los ojos, cuyos párpados brillaban de un negro oscuro. Pero no era solo el aspecto; quizá sus movimientos, su manera de mirar a derecha y a izquierda —ahora ya sé por qué; ella no miraba, vigilaba, no obstante, a mí no me tuvo en cuenta, prescindió completamente de mi presencia anodina—, su revolver continuo dentro del bolso, sacando, ordenando, volviendo a meter cachivaches, su fumar continuo y, también, que no parecía estar a gusto allí, sin embargo, no se iba.
—¿Estaba bueno? Veo que la bandeja está limpia. ¿Desea algo de postre?
—¿Eh? Sí, sí, me gustó; al final, hasta se me abrió el apetito. ¿Flan o quesillo tienen?
—Por supuesto, caballero, marchando un flan. ¿Le traigo café luego?
—Sí, café solo, por favor, expreso.
El camarero me sacó de mi ensimismamiento. Debo de llevar un rato abstraído porque las mesas de al lado se han desocupado y ni me enteré.
Dicen que la intuición es femenina, tremenda tontería, yo capté de inmediato algo raro en aquella mujer. Contemplarla me mantenía distraído, me alejaba de mis problemas y, como no parecía darse cuenta de mí, seguí, escondido tras el periódico; unas veces, lo levantaba un poco para que mi cara permaneciera semioculta, otras, extendía las hojas sobre la mesa y fingía concentración. Así vi cómo se sentaba a su lado un hombre, este sí tenía pinta de ser un señor de los que regentan un banco, o una empresa de lustre; si hasta casi era similar a mi exjefe, y eso que la mía de poco postín podía presumir. Me llamó la atención que tampoco permaneció mucho allí; de hecho, ni siquiera pidió una consumición. Visto y no visto: una cita rápida. Y al rato, ella se levantó y se fue, sola. Caminaba normal con su gran bolso asido del hombro, de esos gigantescos que usan las mujeres, y que uno piensa, Dios, llevarán la casa a cuestas, metida ahí dentro.
—¿El flan solo o con nata, cómo lo quiere?
Vaya con el camarero, con lo que me cuesta retomar el hilo. Ahí está detenido, con el flan en una mano y en la otra un bote de nata chantillí, ni me mira, puesta su atención en la tele, si es que le está prestando más importancia a los goles del día que a mis palabras.
—Con un poco de nata, gracias…; un poco de nata, gracias.
Despierta de su sueño y espolvorea generosamente sobre el flan, pese a que le advertí que deseaba poco.
Vuelvo a mis recuerdos, al viento de aquel día, a las hojas que, como hoy, también volaban y regreso al momento en que mi mirada, ignoro el motivo, se detuvo donde ella había estado sentada minutos antes; se paró primero en la mesa, en el té o la infusión que debió de haber consumido, en el resto de servilletas arrugadas en torno a la taza —se  comió un sándwich—, en las colillas de su cenicero. Y bajé la vista al suelo, al lado de la pata de la mesa, cerca del hermoso laurel de indias, que, frondoso, concedía su buena sombra a aquel rincón. No sé por qué motivo me puse nervioso; si aún no había cometido ningún  delito. Pero ya estaba decidido; me acerqué con disimulo, para ver el árbol con detenimiento, como si fuera un doctor en botánica o quisiera copiar para mi jardín la orfebrería del pequeño vallado de forja que lo rodeaba. Pisé el sobre con el pie primero, y sí, imité la conducta de los ladrones furtivos en trances similares, lancé un vistazo hacia dentro del bar y como vi al camarero entretenido con sus botellas, reubicándolas mejor, me agaché, cogí aquel sobre manchado, marrón por una parte debido a la huella de mi pisada, y lo guardé en mi chaqueta. Salí huyendo de allí: pagué el cortado, el montadito y me fui, como si hubiera comenzado, de repente, a entrenarme para ganar la maratón. Tanta prisa me di que me la crucé a la vuelta de la esquina; pero ni me vio —qué suerte disfrutar, cómo no, señor, de un aspecto  tan insignificante como el mío: nunca me vanagloriaría más de él que en esa ocasión—; yo disimulé, echando una ojeada a la derecha, a los coches que circulaban a nuestro lado por la calzada. La mujer regresaba a la plaza; probablemente  se le habría perdido alguna cosa.

Mesa de la plaza bajo el viento


4

La música la sustituye durante la tarde por la televisión. Es indudable que no va estar todo el día con la misma mandanga; pero, a veces le ha durado la cuerda para horas. Aunque, pobre chica, si hasta me cae bien. Me saluda contenta cuando me la tropiezo por las escaleras, aunque ignoro si tendrá motivos reales para ese ánimo sandunguero. Por lo que intuyo vive sola. Hubo un tiempo en el que veía salir y entrar a una señora mayor por las tardes, pero últimamente nadie traspasa la entrada. Por eso me da pena, tan joven y tan solitaria, ni siquiera un chico que suba a escondidas, seguro que le daría alguna alegría, o un buen gustito. Y romántica debe ser por las cancioncillas que pone. Pero bueno, que cada poste aguante  su farola, ¿no?; algo así decía el refrán, o que cada palo soporte su vela; pues hale, eso mismo.
“Hay tantas que ni siquiera sé muy bien el valor de todas ni lo que, con exactitud, contiene el cofre”. Esa fue la frase embaucadora, la golosina. Y así se lo confesé antes a Rosa, porque ya no soportaba más y tenía que expulsarlo fuera. Yo sé que ella no me censura, buena está mi Rosita para condenarme, con lo que ha sufrido. Eso le ha dado un aire descuidado, como…,  a ver si encuentro la expresión, como si le resbalara el bien o el mal, bueno, no es exacto, como si se excediera en  tolerancia, en comprensión. De ahí que nunca se asuste por nada y de que entienda a la perfección las desgracias ajenas; también es cierto que no se implica gran cosa. Le expones tus problemas pero su cabecita anda más dispersa que la mía y sale siempre con preguntas que te dejan descuadrada. El caso es que se lo cuento casi todo, también sé que se le olvida pronto, y no irá por ahí chismorreando a mi costa.
Vino a tomarse un café rápido, de diez minutos, justo después del almuerzo, y se quedó hasta las cuatro, a la hora que regresan los chicos: por lo menos logré más su atención que en otras ocasiones. Ella es grandiosa, en todos los sentidos, a lo largo, a lo ancho y por dentro; me saca una cabeza y 10 kilos más, y eso que yo ni muy baja ni  muy delgadita soy, normal. Siempre entra arrasando, muerta de risa y de sudor; lo primero, porque es de esas personas que abren la boca y se meten en líos con todo el mundo, pero de los buenos, de los que alegran la mañana al personal; y, lo segundo, por lo enorme que es y por lo cargada de trastos que va siempre y que lleva con ella a todos lados. Es bastante mayor que yo y, desde que se le murió el marido hace sus buenos años, dice que se dedica a la vida loca y a arreglar vueltos de pantalones para varios comercios o para quien vaya a su taller. Y es buena cosiendo, a mí me deja la ropa como nueva, aunque es impuntual como ella sola y, para  no perder la amistad, se la mando a otras (uf, pero voy a escondidas).  
—Sí Rosita de mi alma, como oyes, me dejé llevar y se lo levanté: todo el juego, gargantilla y pendientes. Me creí que no sabría cuántas guardaba y que, por supuesto, no se iba a dar cuenta. ¿Con tantas que brillaban dentro del cofre, apetitosas,  ese señor iba a fijarse en que le faltaría una? ¿Los hombres saben la cantidad de joyas que han atesorado sus señoras? Pensé que si a la hija no le interesaban y el otro, su hijo, vagabundeaba por esos mundos de Dios, qué daño iba a hacer yo, si, total, me dijo que quizá me regalara alguna.
—Pero mujer, ¿por qué no esperaste? Si llevabas poco tiempo.
—Sí, sí, pero es que tampoco sabes  esto: Miguel está en el paro desde noviembre. Él tan feliz, como si yo residiera en Marte. Ni se imagina que un día lo  llamé al curro y una me lo comunicó, que lo habían botado desde esa fecha. El pobre, es simplón hasta para mentir. ¿Cómo uno va a estar tanto tiempo así, callándoselo?; ¿qué se cree?, ¿tentando a la suerte todos estos meses? Y se le va a acabar el paro ya, por lo que pude contar.
—¿Y para qué quieres esas joyas? ¿Qué te van a solucionar?
Concentrada estaba Rosa por una vez, sin levantarse a beber agua, sin admirar lo preciosas que crecían las orquídeas de mi balcón, sin enseñarme sus liosos bordados o sin recitarme los mejores chistes que circulaban por los almacenes. Es de esas con memoria prodigiosa para retener todas las cuchufletas  que corren de boca en boca. Cuando viene a mi casa, menos de lo que quisiera, la verdad, me suelta cuatro o cinco, entre sorbo y sorbo, luego se  manda a mudar, explotada de risa. Yo la mayor parte de las veces no entiendo un carajo esos chistes, pero me río igual,  contagiada por sus carcajadas.
—Es que las vendí —no sé si ella me veía como yo me adivinaba, pero seguro que mi cara debía de estar como la pimienta colorada. No voy a asegurar, para dejar la frase expresiva, que nunca había sentido tanta vergüenza ya que se puede caer más bajo, mucho más bajo,  hasta sufrir una quemazón en la cara como si esta se prendiera  en mil llamaradas, y no estoy exagerando, pese a lo que pueda parecer.
—¡¿Qué?! —vi que la boca se le quedó abierta dibujando una  O mayúscula,  y sus ojos más: el conjunto entre signos de exclamación. Qué bueno sorprenderla, a pesar de todo me estimulaba su asombro.
—En una tienda de compraventa de oro, de las que prometen discreción y ninguna pregunta. Me recorrí varias y en muchas me pidieron el DNI; hasta que me fui a Santa Cruz, y tras dar tumbos durante toda la mañana, pillé un comercio de mala muerte con su cartel rojo y amarillo (no sé por qué la mayoría son iguales), entré asustada y vi una cortina que tapaba el interior; por un momento dudé si se trataba de una casa de putas o una tienda de compraventa de oro y plata. Aparté la cortina —¡con un tremendo dolor de estómago, amiga!—, y detrás de un mostrador cutre,  cutrísimo, un hombre moreno, marrón oscuro,  negro no, parecía hindú pero no estoy segura, me atendió más o menos amablemente, y en un español chapurreado me murmuró que confiaba en mí, que se me adivinaba buena persona, ¡bah!, cuentos, y que no era necesario mi carnet. 8500 euros me dio por todo: creo que me estafó.
—¡Guau!, lo que cobro al año de “freelance” con la costura.
—Ya, pero tú completas con la pensión. La cuestión es que el tema no quedó ahí. El tipo me pilló.
—¿Qué tipo? ¿El de la compraventa de oro?
—Noooo, el viejo. Nada, yo las vendí y seguí yendo a limpiar como si tal cosa. Los primeros días iba nerviosa, continuamente espiando su jeta, a ver si le notaba algún cambio, pero el hombre me siguió tratando igual, de ese modo babosillo y atento que, según los días, me revolvía las tripas. Yo iba decidida a despedirme, no porque me hubiera enriquecido, sino que no quería tentar a la suerte ni tentarme a mí; sobre todo a mí, no te creas. Entonces, a las dos semanas, le avisé que me marchaba. Y me dijo que no, que no podía.
—¿…? —esta vez Rosa no preguntó nada, solo levantó las cejas y  también alzó su cuerpo para servirse agua del grifo. Mi mirada la siguió, censurando que no bebiera de la jarra a pesar de mis consejos. No creo que esa agua clorada y con exceso de flúor fuera recomendable. Hasta en el periódico salió que se abstuvieran los consumidores de beberla; pero ella, ni caso. Ignorándome. Yo me quedé callada, en parte a la espera de que volviera a sentarse, en parte para aumentar la intriga, y en parte debido a que la vecinita del tercero le había dado por el merengue de nuevo, esta vez había cambiado a Juan Luis Guerra por otro desconocido, pero que sonaba similar.

“Soy el ladrón furtivo de las estrellas
apoderarme de tus ojos endrinos busco
robar quisiera tu boca  encarnada
hurtar tu cuerpo grácil deseo”

—Vaya, qué mona la canción. Y qué oportuna, chica, unos robando bocas, cuerpos, ojos y otras… ja, ja, ja.
—No te rías jodida, qué esto es serio.
—Está caliente el agua, puaff —rechazó el vaso con asco y volvió a sentarse— ¿Te dijo el viejo que no quería que te fueras, por lo maravilloso que debes “limpiar”, o qué no podías, simplemente?
—Que no podía. Eso mismo, con sus dos palabras: “no podía”.
—¿Y eso? ¿Qué explicación te dio?
—Agárrate bien que te caes de la silla: debía recompensarlo.
—¡Vaya! ¡¿El tipo se enteró de que le habías robado?! ¿Cómo? ¿Y en qué se basan esas recompensas?
—Uf, espera que es largo. Le dije, inventándome una excusa, que mi marido no quería que trabajara para nadie, que desde que iba a su casa me  trataba raro, como si estuviera enfadado conmigo, y que yo, por el bien de nuestra familia, no podía permitir esas malas caras en el hogar delante de los niños; que el ambiente se había enrarecido un montón y los chicos andaban preguntando, a todas horas, que qué le ocurría a papi y por qué peleábamos tanto últimamente, ¡bah!, un rollo patatero. El tipo me respondió: “Pues qué pena, niñita, cuánto lo siento. Entonces tendrás que informarle a tu esposo lo que contenía el cofre y que, por desgracia, se extravió. No quiero retenerte contra tu voluntad, entiendo que la familia es lo primero, pero, tienes que restituir las joyas que se te perdieron. Mira a ver si las encuentras y llegaremos a un acuerdo pronto”. Yo me quedé como el mármol del baño que acababa de fregotear; con una cara de estúpida digna de ser grabada con cámara oculta.
—Ja, ja, ja, qué descojono. En YouTube para todo el mundo: la ladrona pillada con las manos en el joyero. Qué bien se expresa ese señor, para eso sirve ser abogado, ¿no? Para decirle con estilo a alguien que es una “extraviadora”;  me troncho de risa con el viejo.
—Cabrona, te lo pasas pipa, ¡eh! —ahora fui yo la que me levanté a coger un vaso de agua y de pie seguí contando—: No me reveló cómo me había descubierto, aunque más tarde me lo dejó caer, sí lo que me había llevado, y además tuvo el detalle de indicarme cuánto valía, por supuesto, más de lo que me pagaron por él, pero me quedé callada; tampoco era asunto ahora de ser tachada, encima, como una imbécil, aunque ya…, total, de perdida al río.
—¿Pero no lo negaste, criatura? ¿No aprendiste de niña que una es inocente de todas las acusaciones?; que a mamá y a papá nunca se les cuenta la verdad, que después no te salvabas de una buena ración de nalgadas, y que con quien únicamente debías confesarte, si los remordimientos te superaban, era con el cura, quien solo te castigaría con sus cinco aburridas avemarías y, hale, a casa con el alma reluciente. Chiquilla, ¿nadie te dijo dónde podrías confesar tus delitos, o tus pecados, de la manera más barata?
 —Comencé negando, claro que sí; pero luego no solté ni una palabra más. Me dejó largar un rato, yo hecha toda ingenuidad, hasta que me propuso lo siguiente: si yo creía que era inocente no me importaría que se iniciara una investigación, sería una tontería puesto que había pruebas (visuales, aseguró, de las que no se prestaban a confusiones), pero si encontraba la manera, pese a todo, aunque muy difícil sería, cuestión de magia incluso, de hallar alguna a mi favor, no debía devolverle nada, ya que nada se habría perdido —vamos, casi en trabalenguas me lo expresó el tío lioso—; o, la opción más perfecta, él haría la vista gorda, yo seguiría realizando mis tareas, tan pulcra como acostumbro, y —la guinda ya viene— trabajaría sin cobrar hasta que cubriera el valor de todas las joyas, con cierto interés, pero tan baladí, se me quedó grabada esa palabra para mi colección, que no rechazaría la oferta.
—¿Baladí? Ah, pues qué bueno el hombre, mira por dónde nos salió una fabulosa  persona.
—¡Ja! Espera, que ahora viene lo mejor. No vayas tan deprisa. En un principio me dijo eso solo y yo, como estúpida que soy,  chica, ni que estuviera practicando para acudir a un concurso,  me quedé primero pasmada, y luego consentí enseguida, no sea que se arrepintiera y me  fuera a denunciar. El tío, como abogado que era, seguro que conoce gente de poder y yo solo soy una “mindundi” atontada. Y se precipitó mi perdición: ya estaba reconociendo mi culpa. Entonces me miró fijamente con la sonrisa torcida e introdujo una nueva condición, o mejor, el interés baladí que él había mencionado antes. Me da un poco de sofoco contártelo —cierto, nunca pensé que me diera vergüenza hablar de aquello con Rosa. Entre nosotras había bastante confianza desde hacía tiempo. Pese a que ella era de esas mujeres alegres, salerosas, que se llevan con medio mundo, a la hora de contar sus problemas era reservada y yo era de las pocas que disfrutaba de su confianza, aunque  me llevaba más de diez años. Aún no la conocía cuando su marido se murió tras las secuelas que sufrió por un accidente de circulación. Con el tiempo, me enteré de que permaneció en coma durante bastantes meses, hasta que, así me confesó abiertamente, por fin se murió dejándola con tres hijos. Es cruel su historia,  pero ella no se lamenta. Empezó a llorarlo desde el primer segundo en el que la policía le comunicó por teléfono la tragedia. Asegura que los niños no le concedieron ninguna tregua para comenzar el rosario de la queja. Mi Rosita es fuerte y, por supuesto, no quería que se le muriera el hombre, se amaban y se llevaban bien, pero los meses que pasó, mientras él permanecía en la UVI, no se los deseaba a nadie.  Para ella casi ya había fallecido desde que el médico le anunció que nunca se recuperaría.
—Ay, niña, ¿sofocos conmigo? ¿Estás tonta?
—Bueno… El muy cerdo dijo que debo hacerlo desnuda.
—¿Eh? ¿Hacer desnuda el qué? —guau la cara de Rosa, si parecía un entrecejo arrugado— ¿Te obligó a acostarte con él?
—No, no; después de que yo aceptara el trato, en mala hora me di tanta prisa, con esa sonrisa atravesada que pone el tipejo a veces, me hizo un recuento de los días que tendría que ir y concluyó que de esa manera no llegaría a pagar mi deuda, mientras él estuviera vivo. Que tendría que añadir un plus para acortar los días.  Es de locos, la verdad. El viejo no quiere acostarse conmigo.  Solo quiere que le planche desnuda,  sin ropa,  en bolas,  con la tetas colgando y todo… ahí… al aire.

“te ansío desnuda delante de mi
sin velos tupidos para mi mirada
Descúbrete entera mujer
despójate de vanos tules”.

—Vaya, vaya, con tu vecinita de arriba y la música que enchufa. ¿No me digas que no es oportuna?  Como dice la letra, sin velos tupidos para su mirada. ¿Y todo el día está la niña esta con el sonsonete? —Y sin esperar mi gesto con la cabeza,  siguió preguntando—: ¿Te ha intentado meter mano? Fuerte cerdo.
—No, yo creo que ya no se le pone, lo que tiene entre las piernas se murió.  Él se sienta en el sillón,  enfrente de mí, en el cuarto de la plancha,  y con un  periódico entre las manos se aposenta a contemplar. Nada más, sólo me mira, con su sonrisilla guarra. Al principio le amenacé con que lo iba a denunciar, pero me afirmó que no me obliga a nada, que si quiero ir a la policía soy libre de presentarme allí.  Evidentemente, continuó, no me debo olvidar de declararlo todo, y he de tener presente que el robo de diez mil euros es un delito.
—¿Y se queda ahí, enfrente de ti, mirándote pasmado, sin intentar nada? ¡Qué alucinante!
—Pues sí, no me hace nada. Bueno, el primer día me pasó su manaza por varios lados, yo me indigné y alterada le solté que eso no estaba en el trato, luego me dejó en paz. Solo quiere que mientras planche, esté en cueros, nada más, que me dé vueltas por toda la habitación,  que me agache a recoger cachivaches. Desde hace poco, hasta las sábanas he de planchar y el tío me ordena que se las cambie varias veces a la semana. No me toca ni un pelo, pero paso humillaciones con su mirada fija en mis tetas casi todo el rato. Los apuros no se me han ido ni creo que se me vayan nunca. Mientras plancho la rabia y la vergüenza se me mezclan. Antes me enorgullecía tanto de mis pechos y ahora solo deseo que desaparezcan, quiero ser una tabla lisa para no darle el gusto. Hasta creo que he llegado a odiar mi cuerpo.
—Chica, así te has puesto a la línea en los últimos tiempos,  más delgada se te ve. Si es que todo está recogido en los refranes, no hay mal que por bien no venga.
—Ay, Rosa, ¿pero tú no crees que soy mala mujer? ¿Qué piensas  qué debo hacer? —me senté enfrente de ella de nuevo y le agarré las manos.
—¿Mala mujer? Tonterías… —dijo sacudiendo los hombros— ¿Qué es eso de buena o mala mujer? A veces una es, simplemente, lo que la vida le marca. Afortunados los que pueden elegir y no les sobrevienen las decisiones de golpe. Qué suerte los que tienen tanto para escoger que pueden ser responsables de lo que hacen, a otros, en cambio, las cosas los llevan por un solo camino y tienen que enfrentarse a ellas como puedan, sin escapatoria. ¿Tú has visto las hojas de los parques, cómo se mueven por las rachas de viento, sin voluntad propia? Pues nos parecemos más a esas hojas de lo que creemos. No, querida, no seré yo quién te juzgue.
—Dime entonces, ¿qué hago?
—No sé, chica, ¿y contárselo a Miguel?
—¿A Miguel?, si no sabe ni que ando trabajando en casa del viejo.  Ni sé los motivos de habérselo ocultado. Será porque él no me ha dicho que lo dejaron parado.
—Pues ni idea, mi amor, no sé qué debes hacer. Calcula para qué sirve confesárselo, en qué lugar lo colocas si se lo dices. Creo que la sinceridad no siempre es el mejor camino; para mí que le han dado, de boquilla siempre, demasiado valor. Aquí lo que importa es qué podrán hacer los dos, tú y él por separado, después de que se lo reveles. Date cuenta de qué papel le adjudicas en todo este fregado. Pero tampoco debe estar engañado toda la vida.  Igual te comprende y te anima para que denuncies al viejo por chantaje. Pero mira cómo tú te quedas. Aunque estoy segura de que Miguel te quiere de veras y te ayudará en todo. No sé,  tú consulta con los dos angelitos que tienes arrimados a tu cama.

Mujer desnuda contemplada por señor mayor


“Desnuda delante de mí
sin velos tupidos para mi mirada.
Descúbrete entera mujer
despójate de vanos tules.”

5

El viento había amainado en la isla, excepto en esa localidad, que lo tenía incorporado a su orografía y clima: siempre era ventosa, como una seña de identidad. Un bello paseo al borde del mar, de varios kilómetros, y que convertía al pueblo en muy atrayente, se llenaba los domingos de turistas locales que caminaban cubriéndose el rostro o sujetándose el pelo. A un lado, una amplia acera, y separada por un murete de piedra la arena de la playa y el mar inquieto; al otro, la carretera y las terrazas de los bares. Para acercarse a tomar un refresco había que cruzar la calzada. Ese domingo, la pareja que estaba sentada en el primer bar, una cafetería y heladería, que según la publicidad fabrica helados artesanos,  habían hecho las dos cosas. Primero, cogidos de las manos, y como otros tantos domingos, se habían confundido entre los visitantes ocasionales que, después de que le hubieran rezado a la virgen y echado monedas en la fuente de la plaza de la basílica, decidieron acabar su día festivo con un paseo y una pizza compartida en una de las terrazas.
Sus edades rozaban los cuarenta y sus aspectos eran similares. Cierto es que muchas parejas terminan por identificarse tanto entre sí,  que sus presencias se aúnan  confundiéndose en una sola persona, a veces masculina, otras femenina.  Ese día iban solos. Sus hijos habían salido cada uno  por su cuenta, el chico a casa de un compañero de clase, y la jovencita con las amigas. Esto no sucedía siempre, pero esta vez ellos habían forzado la oportunidad para estar sin más compañía.
—Entonces,  ¿sabías desde hacía varios meses que estaba en el paro? Lo has disimulado bien.
—Claro, tonto. Pero, ¿por qué no me avisaste? Creías que me enfadaría, ¿no?
—No sé, te lo contaba cada día en mi cabeza, pero luego en la realidad,  siempre ocurría algo que me llevaba a posponer el momento.
—Bueno,  no eres tú el único que oculta secretos —dijo la mujer muy despacio, arrastrando cada letra—. He de confesarte dos cosas. Espero que ahora no seas tú el que te enfades.
—¿Qué sucede? —El tono del hombre sonó levemente alterado—. ¿Tiene que ver con nosotros?
—Sí y no; todo lo que le ocurre a cada uno, ¿afecta al otro, verdad? —Ella intentó mordisquear la pizza para tranquilizarse; estaba comenzando a notar los nervios—. Pero no tiene que ver con nuestro matrimonio.
—Ah, vale. Pues adelante,  lo que sea,  ya sabes, lo llevaremos juntos.
—Sí, eso pienso.  Yo, por lo menos, no te dejaría en la estacada. Y creo que lo mejor es la sinceridad,  ante todo.
—Venga, cuenta.
Ella no respondió enseguida. Parecía que sopesaba sus palabras, o se había distraído con los ancianos que estaban entrenándose en el gimnasio del paseo, frente a la terraza. Estos formaban un grupo de cinco personas, tres hombres y dos mujeres, muy atrayente.  Rondaban los setenta,  pero se les veía contentos, animados; entre bromas cada uno esperaba a que el otro acabará de usar el aparato para él comenzar a practicar. Quizá estuviera pensando que de mayor querría ser igual: vestir ropas de colores, cómodas, o usar un chándal vistoso como el de la señora rubia.
—Estoy trabajando para un abogado, o ex, no sé si cuando se jubilan dejan de serlo. Le voy a limpiar tres veces por semana y le preparo la comida para varios días. Aunque ahora me está pidiendo que vaya con más frecuencia, al filo del mediodía,  para hacerle el almuerzo.
—Mujer, ¿y cómo no me dijiste nada? ¿Cuánto tiempo llevas?
—Como tres meses. Cuando me enteré de lo tuyo me asusté, pensé que tendríamos problemas de dinero…
—Por eso no te preocupes —la interrumpió rápido— Hay dinero, mucho dinero, y no sé qué hacer con él. Cómo ponerlo en circulación.
—¿Qué dices, Miguel?  ¿Por qué hay mucho dinero? ¿Qué has hecho?
—Nada mujer, yo no he hecho nada. Te lo cuento breve, para que no te amargues: un día ventoso como este, estaba sentado en un banco de una plaza, cerca del trabajo,  y cuando me iba vi que debajo del asiento, tirado, había un sobre manchado de tierra.  Lo cogí, por supuesto,  ¿qué harías tú, si no? Estaba repleto de billetes,  de 500 y 200 euros.
—¡Ay, Dios mío, Miguel! ¿Cuántos?
—Con los billetes de 500 no puedes contar. Me enteré de que cualquier transacción que se haga con ellos el banco debe informar a Hacienda. De esos hay 10. De los otros, de los de 200, hay, había, 120 billetes, bien apretados en un mazo; tuve que coger estos últimos meses unos pocos para completar el sueldo: en total, 29000 euros.
—¡Madre mía! No me lo puedo creer.
—Chist, cuidado.
Sentados a las mesas ya quedaba muy poca gente. El domingo estaba cerrando la puerta y el bullicio de la avenida apagándose. El día se había tornado en una noche calmada, de muchas estrellas y pocas nubes: noche sosegada y limpia que presagiaba un luminoso verano.
 —Antes me dijiste que debías confesarme dos cosas. Llevas una.
—Espera, deja que me recupere. ¿Y te encontraste ese dinero sin más, tirado debajo de un banco? ¿No tienes ni idea de quién es? ¿Por la tele han dicho algo? ¿Se te pasó por la cabeza entregarlo a la policía?
—Ay, cariño,  tú tan honesta como siempre.  ¿Y qué ocurre si lo entrego en una comisaría? ¿Qué harán con él? ¿Y qué tipo de persona lleva encima 29000 euros? Trigo limpio no será y por la tele, ni hablar, por ahí no sale esas noticias. Lo bueno de esto es que nos dará para sobrevivir un tiempo hasta que encuentre otro trabajo.  Hasta tú puedes dejar de limpiarle la casa a ese señor, que no creo que nos rindan mucho las dos perras que te pagará.
—Uf, espera, cielo, me gustaría dejarlo, pero me da pena de él. Se ha portado muy bien conmigo. Echó a la otra asistenta por mí, parece muy contento con mi modo de trabajar; si hasta le plancho. No creo que sea de recibo dejarlo plantado ahora. Pero no te preocupes, cariño,  que en unos meses, como mucho un año, ya no trabajaré más.  No sé si me dijo  que pensaba irse a vivir con su hija. Además, lo que cobre limpiando las dos boberías por las que les paso el paño, y el fisco de potaje que le preparo, nos viene muy bien. Yo hice cuentas, y es como unos 8000 al año. ¿No está mal, verdad? Doce meses se pasan rápido, ni te vas a enterar. Ah, la otra cosa que te iba a decir..., nada, que te quiero muchísimo. Era por si te enfadabas por haberte ocultado mi trabajo, pensaba declararte mi amor de nuevo,  que nunca nos lo decimos, y eso no se debe perder por muchos  años de casados que cumplamos. Y a partir de ahora, debemos contarnos siempre la verdad, confiar el uno en el otro como si fuéramos una sola persona, pase lo que pase.
—Claro que sí, tesoro. Yo también te quiero mucho.
 Los camareros estaban recogiendo, deseosos de terminar ya con aquel domingo agotador. En la oscuridad rota por las luces se apreciaba cómo la gente abandonaba las terrazas. En la de al lado había comenzado a sonar una canción melancólica, cantada por una voz masculina, muy ronca, como una especie de quejío, mezcla de flamenco y blues; mientras, ellos salían del bar y se alejaban abrazados bajo la noche estrellada.

“Eran dos que semejaban uno
parecían uno pero eran dos.
La misma hoja con dos caras,
el mismo puñal con doble filo,
idéntica ruta por doble camino.

Eran dos que semejaban uno.
Un compartir entre dos hambrientos,
apegos en doble vivir,
misma vida para dos desconocidos.

Parecían uno pero eran dos.
Frases que no se dicen,
mentiras que  se cuentan,
cariños en doble consumir.

Eran dos que semejaban uno
parecían uno pero eran dos.
Un mismo paisaje ante dos miradas
idéntico lienzo para dos visiones
un mismo error y dos confusiones.”



Ilustraciones de Ángeles Impíos y Guillermo H. R


Registrado en Safe Creative


El truco de la fortuna -
CC by 4.0 -
AngelesImpíos

19 comentarios:

  1. Manuel Melguizo29/9/15 12:44

    Siempre nos guardamos algo, ¿verdad? Magnífico relato.

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    1. Indudablemente, siempre se oculta algo. Y no sé si debería contarse todo. Me agrada que te parezca un magnífico relato. Un beso.

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  2. Tu relato es tan real y tierno, a la vez que cargado de pinceladas de humor, que realmente lo recomiendo, por no hablar del interesante eje reflexivo en torno al que gira la construcción de todo el relato y que el lector irá descubriendo. Muchas felicidades. Ah, y los dibujos, preciosos, como siempre. Fíjate que me apetece volver a leerlo. Lo haré un día de éstos de nuevo, pues me lo paso bien haciéndolo. Por cierto, lamento decirle a la prota que a mí me encanta el disco Bachata rosa. Lo tengo en casa. Bailándolo en Carnavales tengo muy buenos recuerdos, pero dile que no se preocupe, que si me pongo a analizar la letra, seguro que pienso como ella. Pero no, no pienso hacerlo. Me gusta mi recuerdo. Y por último, que esto parece un testamento, el quejío final es poesía. Insisto, me gustó mucho.

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  3. Muchas gracias por ambos comentarios, y comparto contigo, Alma-amater, el gusto por la Bachata rosa. También tengo muy buenos recuerdos, se remontan a principios de los años noventa y también por Carnavales. Y esta canción junto con Burbujas de amor me gustan mucho, por eso la coloqué por aquí, para que se oiga mientras se lee. Yo no sé porque a esa mujer no le gusta, pero no parece que le agrade la música. En eso yo discrepo, porque a mí me encanta. Je,je, poesía.

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  4. Me ha encantado. Comienzas con una descripción muy delicada, cierta tristeza despierta el personaje masculino! !! Me ha gustado mucho como vas enlazando la historia de uno y otro.
    Y por supuesto EL FINAL! !! Como debe ser.
    Muy buenas descripciones de "todo"
    Hay alusiones a cosas que conocemos??? "Lugares comunes" FELICIDADES y continúa escribiendo!!! Eres buena!!!

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    1. Muchas gracias, mi Candi linda, gran amiga.

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  5. Guau Ángeles! Me ha encantado! Con qué facilidad intercalas pequeñas anécdotas, mientras la historia principal sigue su curso. Humor, tristeza también y mucho de lo que necesita el ser humano para vivir y sobrevivir: honradez, sinceridad, y sus contrarios imprescindibles, para entender las dos caras de una misma moneda. Lo dicho, siempre es un placer leerte. Gracias

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    1. Gracias a ti, Carol, por pasarte por aquí y leerme. Me encanta que te encante. Un abrazo.

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  6. Me gusta, y parece que vas depurando ideas y construcciones, como si los ladrillos(palabras) estuvieran dando forma a una edificación. Con esto solo quiero decir que espero una segunda parte o algo así, pues me quedó la sensación de que había mas cosas por decir, aunque la verdad no sea desvelada nunca y sólo nos aproximemos a ella.

    No se a donde llegarás pero yo me sentiría orgullosa.

    Un abrazo

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    1. Tienes razón, Ana, el tema da para una novela y para seguir investigando en todos esos personajes. Pero hay tantas historias y cosas en la cabeza. Quizá los retome algún día. Un fuerte abrazo.

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  7. Ángeles, te felicito por la construcción narrativa de tu relato, has ido enlazando el "fluir de la conciencia" de estos personajes enfrentados a sus propios dilemas y miserias. El tema tiene resonancia en mí: la incertidumbre del paro, la precariedad económica, nuestro desamparo ante esa ruleta de la fortuna, el sentirse acosado entre lo que "debería" ser y lo que efectivamente "es". Aunque lo que cuentas es ficción, está sucediendo hoy, quizás dos puertas más allá de mi calle, gente precisada a desnudar su dignidad simplemente por escapar. Todo esto me conmueve, lo reconozco. Gente acosada por deudas impagables, con intereses inmorales, amparada en una sociedad que ha legalizado el robo y la injusticia ¿Quién no ha soñado con ese sobre lleno de billetes, que solvente tanta necesidad, tanta ilusión marchita? Decía Sartre, en un libro que perdí en Caracas, que la literatura es siempre revelación de lo humano, de la complejidad misma del vivir. En fin, tú perdona la deriva social que he hecho de mi lectura, pero tu relato bien lo resiste. Además, el cuento dice mucho más de lo que aparenta: ese hombre que pasa las horas en una plaza, esa chica latina que aparenta estar sola y llena sus horas con música, esa mujer que hace crucigramas y sus amigas tan peculiares, los camareros, el abogado y su aliento (¡todo un símbolo!). Como en "La Colmena" de Cela, o el "Manhattan Transfer" de Dos Passos, quizás nos encontramos ante el germen de una novela circular. No pierdas de vista estos personajes que habitan tu imaginario, a ver que te cuentan cuando cae la tarde. Un abrazo.

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    1. Pues mira, me encantó "La Colmena" y "Manhattan Transfer" y me encantaría escribir algo en ese estilo. Algo que refleje la realidad pero teniendo en cuenta cómo se enfrenta cada uno a ella. Es muy buena sugerencia, a madurar. Me ha encantado tu deriva social, como tú bien dices. Siempre, si hay recursos, y tú los tienes, unas ideas nos llevan a otras. Un abrazo, Marcelo.

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  8. Muchas gracias, Ana y Marcelo, parece que los dos apuntan en el mismo sentido: que puede profundizarse más en esta historia y conseguir algo más sustancioso. Me lo pensaré, si no ampliar ésta, sí construir otra con más personajes, deteniéndome más en sus vidas. Como sugerencia, resulta válida. Reitero, muchas gracias por sus comentarios.

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  9. Bárbara Álvarez Escobar12/12/15 22:38

    Imaginaba que podías hacer algo muy bueno, pero la calidad de lo que acabo de leer supera con creces lo que esperaba... Me encantó, me entretuvo, este relato de "El truco de la fortuna".

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  10. Qué bueno, Bárbara, que te acerques a mis obritas y, por supuesto, que te parezca la calidad superior a lo que esperabas. Superar las expectativas es un gran elogio. Bueno, ya que empezaste a leerme, espero que no te decepcione el resto. Un beso.

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  11. Marina Trujillo13/12/15 21:53

    Hola, soy Marina. He leído el relato y me ha sorprendido gratamente. Me ha resultado ameno y ligero de leer. Me sentía llevada por él como la hoja que tan bien describías. Los dibujos me gustaron mucho.
    Además, me parece que hay una extraña mezcla de drama y sufrimiento (en él ) y cierta comicidad (quizás más en ella). Me atreveré a decir que lo único que me chocó fue el nombre de las nubes. En general resultaba muy nuestro, y muy natural.
    Felicidades Angeles
    Un abrazo.

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    1. Sí, Marina, esas fueron mis intenciones. Quise, por su argumento, reflejar un personaje masculino más dramático y culto (de ahí que conociera hasta el nombre de las nubes) y a ella deseé reflejarla más coloquial, más espontánea, con más sentido del humor. Me agrada que pese a lo largo, pues más que relato casi se acerca a ser una novela corta, te haya resultado ameno y te hayas metido dentro de la historia. Un beso.

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  12. Ángeles, no te había leído esta novela. Dices que te ensalzamos demasiado. Pero es que no nos queda otro remedio que hacerlo.
    Lo que nos cuentas, es la vida misma. Resalto, como siempre, esa humor tan fino que tienes.
    Leyéndote hay momentos que lo pasa uno fatal. Pero siendo el tema tan duro,menos mal que nos lo arreglas con más de una situación muy divertida.
    Estas palabras que escribes; guanajo, jurungando, corotos ... y más cosas, es lo que me atrae de tu lectura.
    Por cierto, la canción que liga toda la novela, a mi me pare muy buena --lo contrario que a Pilar jejeje.
    No se si vas a leer este comentario, pero de todas maneras lo dejo. No me he podido aguantar de hacerlo.
    Un abrazo

    Miguel Zoraquiain


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    1. Sí leo tu comentario, porque a la trastienda del blog llegan todos. Esta mininovela la publiqué cuando todavía no éramos amigos de Facebook. A mí me gusta especialmente, por eso lo puse como entrada destacada. A mí también me gusta la canción de Juan Luis Guerra (las otras son inventadas por mí). Me alegra que no hayas podido dejar de escribirlo, porque siempre es agradable que haya un comentario nuevo en el blog y si, encima, te gustó, pues mejor.
      Un abrazo, Miguel.

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